¿Quién lo dijera?, 25 años atrás René Avilés escribía Hacia el fin del mundo. Ahora, todos nos damos cuenta: nuestra época termina y advertimos angustiados el ocaso del Quinto Sol. Avilés Fabila dio cuenta de ello, tal vez por ser un perseguidor de utopías. Así, el autor de La desaparición de Hollywood penetró en éste, inasible futuro que hoy nos es doloroso presente. Quizá por eso, a la manera del profeta, ya nada le entusiasma. Penosa confesión de un ser extraordinariamente perceptivo, que envuelve en ironía la hiperestesia emocional que lo caracteriza.
René es fiel heredero de los ideales de la Revolución mexicana. El hombre con quien se identificó de niño, su abuelo peleó como mayor en las filas carrancistas. El viejo odiaba a porfiristas y maderistas, a zapatistas y villistas; como consecuencia René abomina por igual al PAN y al PRD, al PARM y al PRI. También a causa de ello y del mal gobierno, René es miembro de una generación frustrada por el poder. Decepcionado de la política escribe editoriales contra el sistema y Memorias de un comunista, deliciosa ironía contra la izquierda mexicana. Pero no por ser expulsado del partido comunista, ni por estar desengañado del sistema mexicano, cancela la esperanza: con fe a veces infantil ingresa en angelinos grupos a sabiendas que nuestro futuro es la incertidumbre y el malestar, oscilante entre la descomposición, ahora evidente, y el cambio ¿hacia dónde?
Duda existencial que acalla con exaltada pasión erótica. Capitán Lujuria que no llega a soldado raso. Intento por conocer el alma femenina que en el fondo significa el anhelo por ser y existir de modo diferente. Su novela Tantadel así lo manifiesta. Ensayo vano pues termina en el desamor. “Nadie escribe para sí mismo”, nos dice en esta obra. La mujer termina por disolverse en un suspiro, levedad del aire, disolución de la concreción, metáfora de la realidad mexicana.
Lo suyo termina por ser una denuncia: la existencia es una envoltura tenue para la pasión que se agita en su interior. Como consecuencia decide casarse con el ardor y construir una entelequia. Afán por entregarse al ideal de un amor inexistente. Principio encamado en una mujer concreta que siempre es: Rosario y en el alma femenina que deja de ser. Acosador de sueños su vida es una búsqueda. ¿Qué otra cosa somos, sino experimentos de vida?
Y en ese tránsito entre dos oscuridades, al que llamamos vida, el autor de El gran solitario de Palacio y Fragmentos de la bitácora de Noé, en ese camino, digo, nuestro amigo topa con la muerte. No podía ser de otra forma, vio morir a su hermana a los 13 años y conoció el suicidio de un primo. Amor y muerte, constantes de su vida, de toda vida, por ello escribe La canción de Odette y Réquiem por un suicida, sabe, a la manera de Camus, que el verdadero problema del hombre una vez nacido, es morir. Y así tenuemente, a veces sin notarlo, como olitas de una laguna, fluctúa entre el bipolo amor y muerte, teniendo como eje la política, otra forma de ambivalencia afectiva, ¿cuál es, señor, el sentido de la vida?
Como Capitán Lujuria se aferra al amor, como escritor casto y pulcro, al análisis racional, por ello, para trascender su contradicción es hombre lúdico y de excesos. La vida sólo puede ser vivida en esta forma y deja, para los burócratas, el término medio, “vidas plomizas, vidas sin vida, muertas”.
Minado por el pensamiento que adquiere a temprana edad, conoce de la literatura por su padre, maestro de secundaria, escritor de Leonora, relato sobre la muerte de su hermana. Con su progenitor, no podía ser de otra manera, a la buena usanza mexicana, establece una relación de amor-odio. Amor por la literatura, claro; odio por los mandarines que hicieron de un pueblo, talentoso y creativo, uno pobre y decepcionado. Qué sino eso son análisis políticos, editoriales hebdomadarios, que invariables cuestionan el sistema político que nos heredó el capitalismo.
El escritor de Los juegos confesó que el humor lo heredó de su madre; él sabe que la alegría, a pesar de su tristeza, es muestra de sabiduría, sólo los inteligentes dicen chistes. Quizá por eso muchos políticos no ríen, Fidel Velázquez incluido, apenas pueden respirar. La fina ironía del autor de La lluvia no mata las flores lo lleva a burlarse del reaccionario pesimismo; que el hombre que no ríe es apto para la traición. La risa franca de René es sinónimo de su lealtad.
Él, eterno enamorado, construye una teoría del amor, aun cuado sabe que todo es producto de imaginación; que la mujer ideal, perfecta, no llegará nunca, que la esperanza permanecerá escondida en la caja de Pandora. Pero insiste en la búsqueda, no se fatiga en su pesquisa, así es como camina el hombre; nuevos sueños engendran nuevas realidades; perseguidor de utopías contribuye a que los sueños utópicos se vuelvan historia. Él concibe que la vida como eterna lucha y para descifrar el combate, que todos padecemos, escribe cuentos, leyendas, mitos. La literatura es fervor por conocer lo humano. Construye amantes ideales, esposas perfectas, aun cuando sabe que al final del camino se encuentra la desilusión y el desamor. Admira a Marx a Sartre, a Engels y a Guevara cuando conoce de sus fracasos. Pertenece a una generación de apariencia antiintelectual, que opone a la fría ilustración la cálida ironía y a la pedantería la carcajada. A estas alturas del camino, se ha desideologizado, desilusionado, desenamorado y vuelto a amar e ilusionarse. Los judiciales en algún momento estuvieron a punto de desmadrarlo, no fue así, todo quedó, para nuestra fortuna en desilusión del sistema.
La búsqueda del amor no es fácil, la de las utopías y ucronías tampoco, él sabe que el amor degrada y el poder corrompe, aquí yace parte de su desencanto. Pero incansable se repone y retorna al combate, su vitalidad lo rescata a la misma vida y nos deja como recuerdo una gran inteligencia y una enorme carcajada. Su risa ilumina nuestro horizonte ¡Felicidades René! Ojalá y continúes muchos años cazando utopías, hostigando ucronías, imaginando mundos, donde la enfermedad y la muerte, el dolor y la injusticia, el desamor y el odio sean inexistentes. Ojalá y el nuevo fin del mundo que escribas dentro de 25 años, sea el principio del que anhelas.
* Publicado en el periódico Excélsior, Suplemento cultural El Búho. Domingo 23 de octubre de 1994.