Pocas carreras literarias hemos visto madurar tan rápidamente como la de René Avilés Fabila. Los tiempos modernos tienen su propio ritmo, y ya hemos observado, con asombro, cómo un estadio se hace en un año, una ciudad olímpica en diez meses, cuando todavía eso en otros países tarda muchos años, y aquí los requería hace algunos; pero pensábamos que en la gestación literaria no se habría aplicado todavía ese cultivo intensivo, que ya se aplica a las gallinas para que pongan más velozmente huevos que, es verdad, resultan más frágiles, de cascarón más quebradizo, que los viejos huevos de rancho, calculábamos que un autor, como un niño, todavía tardaba en hacerse el tiempo normal y antiguo; ya vemos que no, que la industria se ha perfeccionado hasta poder improvisar, en un año, famas literarias que antes costaban un decenio.
Ayuda la prensa y mucho las editoriales; así ha surgido José Agustín, que desde su infancia tiene ya fama y gloria, y así saltó a la celebridad, como un gazapillo, Gustavo Sáinz, con una sola obra. “Esos jóvenes, dijo don Arturo Arnáiz y Freg, que escriben su autobiografía cuando ya tienen auto, pero todavía no tienen biografía”.
Más relampagueante, sin embargo, nos parece que va siendo la carrera que hace René Avilés Fabila. Apenas el año pasado publicaba él mismo, por falta de editor responsable, su primer libro, Los juegos, que al mismo tiempo que un grupo de admiradores le ha atraído uno de enemigos vengativos e irreconciliable esa primera edición casera se agotó pronto, y vino una segunda, que suponemos que vuela, porque el libro es picoso, y eso gusta; después Avilés Fabila ha dirigido, con mucho acierto, una serie de ediciones del Instituto de la Juventud; un cuento suyo fue incluido en la antología de cuentistas jóvenes que prologó Margo Glantz y escogió Xorge del Campo para la editorial siglo XXI, y una firma de gran prestigio y seriedad largamente establecida por treinta años de labor, el Fondo de Cultura Económica, publica con su sólido pie de imprenta un haz de cuentos del novel artista, Hacia el fin del mundo, que hemos leído con delicia.
No se mete ya con nadie en este libro Avilés; ya no hay por qué tenerle miedo, ni por qué guardarle rencor; ahora ya no mezcla la diatriba con la literatura, ni revuelve el veneno con la tinta, sino simplemente compone bellos cuentos, llenos de imaginación, de libre y rica fantasía, y los escribe bien, con seguridad y maestría raras a su tierna edad de hombre que todavía no cumple treinta años, y que apenas habrá tenido tiempo para leer poco más de un millar de buenos libros, hemos de atenernos a una clasificación que nos parece falsísima, pero que por mucho tiempo ha sido aceptada, y según la cual los cuentistas mexicanos no pueden ser sino una de estas dos cosas, o rulfistas o arreolistas (como si Rulfo y Arreola hubieran inventado el cuento mexicano, que ya encontraron hecho y maduro, aunque lo enriquecieron con sus creaciones admirables y magníficas) René Avilés Fabila pertenece a la que a nosotros nos parece la más interesante de las dos mitades, la arreolista. El cuento es en sus manos, como en las de Juan José, y como lo fue antes en las de otros cuentistas mexicanos, argentinos o de cualquier parte, un juego de la imaginación, un soñar despierto, un recorrer de caminos cerrados, que conduce hacia el absurdo; pero la reducción al absurdo es uno de los más sanos ejercicios de la lógica, y uno de los más fecundos; en poesía, y en la narrativa, lleva a descubrimientos magníficos, y no son despreciables los muchos que en su breve y bello libro hace Avilés desde el cuento inicial, que nos recuerda al mejor Papini, con su escultura gorgónica, o sus ingeniosos, satíricos, imaginativos proyectos publicitarios a base de sirenas y de arpías, hasta los últimos cuentos que nos parece que se nos desvanecen de entre las manos como una camelia que se despetala, dejándonos la tristeza de su desaparición mezclados con el contento que nos produjo el goce de su efímera belleza.
Si un defecto hubiéramos de poner al libro de cuentos de René Avilés Fabila es solamente el de ser breve, el de acabarse pronto, cuando quisiéramos más, cuando hubiéramos deseado que nos durara un año, como el tomo de los cuentos de Pirandello.
El año pasado, con Los juegos, amanecía René Avilés Fabila para las letras; hoy, por procedimientos industriales admirables y eficacísimos, ha madurado, y este libro suyo que el Fondo nos ofrece es ya no el de un primerizo, sino el de un autor que ha ganado respeto, consideración, y ojalá que también perdón y olvido de quienes se sintieron lastimados en alguna forma por aquella travesura juvenil que fue Los juegos. Que Hacia el fin del mundo lo absuelva de aquellos pecados, si lo fueron. Por nuestra parte, lo aplaudimos y lo disfrutamos sin las menores reservas.
* Publicado en el periódico El Nacional. Suplemento Revista mexicana de cultura. México, D.F., 4 de mayo de 1969.