René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

La lluvia jamás matará las flores*

Jesusluis Benítez M.

A primera vista, de primera intención y evidentemente, en La lluvia no mata las flores, relatos del profesor René Avilés Fabila, hay miles de elementos que cumplen un sentido primordial de la literatura: Conmover -y por lo tanto involucrar- al lector, hacerlo partícipe del drama, introducirlo en el ámbito narrativo con tal fuerza que él mismo se sienta integrado de manera absoluta a la problemática planteada en el folletín.

¿Que cómo logra esto René Avilés? Pues en base a una sinceridad rotunda e impecable que les da a sus personajes, los cuales están y existen de una manera concreta en el volumen, merced a que recurre a todas las posibilidades de la narrativa: lo mismo a la transcripción sicológica fidedigna, como en el relato que le da título al libro, hasta la concentración del relato en los hechos, en las circunstancias mismas, como en “El triángulo perfecto”, o cualquiera de las narraciones, que brinda momentos espléndidos del buen relatar. Al mismo tiempo, se observa cómo todos y cada uno de los cuentos -si bien unidos por el destino- recorren caminos diferentes, se integran a sectores disímbolos y convergen sólo -parcialmente- en el uso de un lenguaje desenfadado y a ratos bestialmente irónico.

Ésta, por cierto, es una cualidad que René sacó de la manga desde sus primeras fábulas -relatos que publicara hace varios diluvios en Mester- la mítica y legendaria revista editada por los miembros del taller literario del ticher de tícheres: Juan Joseph Arreola. El lenguaje es un medio que permite a René evidenciar con soltura y salero -entre otras muchas cosas y por principio de cuentas y cuentos-, cosas que él cree que están mal. Pero lo que nos interesa, al menos en esta parte de tan candentes líneas, es la naturaleza de su lenguaje, más que su esencia: este manejo del idioma en el cual se mezclan albures de la más fina tesitura de la picardía mexicana -la cual, por cierto, no tiene absolutamente nada que ver con el libro de similar titulo, de A. Jiménez- con párrafos de una envidiable coherencia satírica, en la cual y por vía de mientras, existen tantos ecos y recovecos como el lector pueda, sepa y quiera encontrar. Desde obvias situaciones sociales hasta verdaderas y antológicas, minuciosísimas evidenciaciones de ciertos aspectos de la vida interna del hombre: el espíritu golpeado y motherado por medio de ese lenguaje que aglutina toda clase de expresiones y corroe hasta el más íntimo hueso del hombre, ya sea de su estructura ornamental: física, o interior: espiritual.

Esta calidad fabulera se vio más tarde expresada nuevamente, pero en una tesitura abiertamente opuesta, en Los juegos, fabulosa y excitante novela que fue un verdadero acto de profesión de fe en la honestidad, usando para realizar tal profesión, por ejemplo, el escarnio del tan abyecto medio intelectual mexica.

Hacia el fin del mundo y Alegorías eran otra cosa: el lenguaje sí era expresivo, pero la burla y la saña contra ciertos aspectos nacionales o internacionales de la política y otras áreas, se encontraban implícitos en el contexto y RAF no recurrió a evidenciar sus intenciones a partir del lenguaje, sino por la anécdota: por medio de ese afán crítico notable en él.

Gracias a ese pleno dominio de la palabra -como escribiría RCC-, René integró de una manera estupenda sus relatos: en “La lluvia no mata las flores”, por ejemplo, en donde la violencia reprimida, la búsqueda de ámbitos diferentes, de distintas ondas, se confronta sutil y tranquilamente con la enajenación: el fracaso absoluto. Hablo del relato así llamado, no del libro en total.

“Alicia”, fíjense, es una narración en donde la atmósfera simplifica elementos narrativos que en cualquier otra pluma hubieran resultado tremendistas o cursis, para otorgarles una sencillez ejemplar que esencializa su fondo sarcástico.

Pero basta de hablar parcialmente, el libro renesiano compendia y comprende varias fases del tan azotado mundo que nos rodea, pero a partir de situaciones amorosas casi, mediante las cuales se puede ver que es mejor pájaro en mano que ciento volando, es decir: que el amor es irrealizable casi en la enajenación, que dentro de un sistema que denigra los valores esenciales del hombre a base de opacarlos por medio de superficialidades y represión, el amor sólo puede ser un escape, una fuga, de ninguna manera el sentimiento en sí: si nadie me entiende porque no hay comunicación, me juntaré con la primera mujer que llegue, dicen los mexicas, lo cual resulta la antítesis de la onda de Jimi Hendrix: La necesito porque la quiero, decía (dice, dirá siempre) Jimi y los nacos contestan: la quiero porque la necesito. Esa frustración del hombre, su imposibilidad para externar sus verdaderos sentimientos, se encuentra transcrita con fidelidad plena y no es para menos, René es el amo de la prosa libre en este libro, revalora sus intenciones y explora con mayor detenimiento los personajes, logrando verdaderos caracteres, que subyugan, integrando así, como decía antes, al lector a la recreación vital del texto.
De lo cual se desprende que escribir con vocación, sentido y responsabilidad, entrega frutos sensacionales.

Avilés Fabila, Rene: La lluvia no mata las flores Nueva Narrativa Hispánica, de Joaquín Mortiz. México, 1970. 141 pps.