René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Avilés Fabila: una reiterada ironía*

Mauricio de la Selva

Nueve relatos reúne René Avilés Fabila en su más reciente libro: La lluvia no mata las flores, título que denomina también a uno de aquellos, por cierto -y de una vez- no de los mejores aun cuando logre caracterizar al joven desajustado, tímido y violento, esclavo de los grandes proyectos.

Avilés Fabila, ex becario del Centro Mexicano de Escritores, autor de una novela que produjo escozor por sus ironías y latir burlas encaminadas en su momento contra los grandes “hacedores de la cultura”, y de dos libros de cuentos nada despreciables, continúa en el presente volumen ciertos enfoques temáticos no obstante las diferencias innegables que existen entre la primera, Los Juegos y los últimos, Hacia el fin del mundo y Alegorías.

En La lluvia no mata las flores hay tres relatos que no son superiores por distintos a los otros seis, sino que contradicen al editor cuando en la presentación de su joven autor -treinta años de edad- afirma que el libro “está formado por variaciones sobre un mismo tema infinito: la corrupción del amor o el fracaso de la pareja”; pues si bien ello es una constante definida de tres o cuatro relatos, no lo es de los nueve.

Puede ser que haya variación, por ejemplo, entre “Triángulo perfecto” y “Casa de1 silencio”, y exigiendo un poco más incluso podría aproximarse el relato denominado “Alicia”; al mismo tiempo, estos se ven uniformados por un elemento que no los favorece: lo común expuesto sin modalidad alguna.

Tres relatos intermedios, entre los mejores y los citados, serían “La lluvia no mata las flores”, “Nuevo amor” y “Los amantes”, el segundo contiene, además de una grata ironía, una expresión muy humana de las múltiples sorpresas de la vida: la respetable directora de escuela, señora también de respetable edad que se vale de un ardid para gozar una aventura con el joven y codiciado profesor; y el tercero, “Los amantes”, es una muestra de cómo los hechos comentados suelen carecer de veracidad que les otorgan quienes los comentan: dos jóvenes de uno y otro sexo que prácticamente acaban de conocerse, se suicidan; pero lo que se hilvana alrededor del hecho es bien distinto:

“Nuevo Mayerling... Buscaron la felicidad en el más allá, porque no lograron encontrarla aquí, donde nunca se les comprendió. Descansen en paz, Romeo y Julieta del siglo XX sus nombres ocuparán un lugar en la historia trágica del amor”.

Los relatos restantes, los mejores en nuestra opinión, resultan a su vez desvinculados entre sí y con uno que otro acercamiento a los demás. El de mayor creación literaria es el noveno, el último en la ordenación del libro “La otra dimensión o la dama del cuadro”; así lo ratifica tanto el manejo del tema de invención como el ritmo para narrar y redondear el relato.

Con reminiscencia marcada de la novela de René Avilés Fabila, Los juegos, se siente crecer la narración del denominado “E1 viento de la ciudad”; sus páginas, además, resultan sin proponérselo precisa crónica, festiva, ridiculizadora de una serie de confusiones, de lo intelectual y lo intelectualoide, de lo seudo artístico, de lo literario como disfraz para realizar una vida que nada concatena con la literatura. Invocando la magnificación del arte, la liberación del individuo y el vanguardismo de jóvenes medio centenarios que tienen toda su obra por hacer, los personajes que Avilés Fabila mueve aquí ilustran el ambiente con sus propias existencias:

“Carlos era un producto natural de esa clase media abominable que produjo la Revolución: vagaba por las calles de su colonia en busca de cuates que fueran como él y un día se perdió, siguió caminando y de pronto, como si fuera Alicia, se halló en el país de las maravillas: un lugar mágico y encantador con gente extraordinaria. Embriagaba: color rosa en los árboles, en las fachadas, en todas partes, niñas bellísimas en minifaldas, intelectuales in, cosmopolitas barbones, sitios donde divertirse, caifanes peliculescos, en fin pura persona interesante… Desde que Carlos encontró tal maravilla, poco volvió por su colonia natal: la Guerrero”.

Utilizando como forma otro tipo de crónica, Avilés Fabila narra “La muerte del misántropo”, la historia de William Tood, del ex cabo de infantería de marina, del veterano cuya ceguera fue provocada por una esquirla; este héroe condecorado por su Gobierno, reconocido como tal por muchos de sus conciudadanos, es integrado en personalidad por el pasado y el presente vistos desde ingeniosas perspectivas.

EL autor de La lluvia no mata las flores aparenta objetividad para no comprometer la opinión del lector; va dando elementos de juicio en la forma más natural como se podrían dar los datos útiles para un cuento infantil; habla, por ejemplo, de la enfermera que lo cuida, que lo anima al principio, que parece interesarse por él, pero que al día siguiente ya no lo atiende, desaparece, ¿motivo? “encontró entre sus pertenencias varias orejas que William cortaba a los cadáveres de comunistas como recuerdos de guerra. Horrorizada vio un collar formado por despojos humanos”.

* Aparecido en Diorama de la cultura, suplemento del periódico Excélsior. México, D.F. Domingo 10 de enero de 1971.