Nuestro país tiene excelentes tradiciones en lo que se refiere a cultivadores de la prosa breve. Género difícil a más no poder, alcanzó verdaderos pináculos a principios del siglo XX, cuando varios exponentes de la Generación del Ateneo de la Juventud y sus compañeros de ruta se turnaban de mano en mano libros recién llegados a través del mar. Debieron haberse deleitado muchísimo con las lecturas, en esos momentos absolutamente vanguardistas, de Gaspar de la noche o de Mimos o Vidas imaginarias o de algunos volúmenes de Jules Renard, quien junto con Aloysius Bertrand y Marcel Schwob eran admirados hasta la locura entre esos muchachos que andando las décadas se convertirían en ejemplos a seguir, porque apostaron sus cartas —y en muchos casos ganaron la partida— a la concentración de pequeños, redondos, perfectos poemas en prosa y de lúcidos, irónicos, atinados ensayos de unas cuantas líneas. Ni un género ni el otro eran cosa común en las letras mexicanas; pero quedaron instituidos a partir de Alfonso Reyes, Julio Torri, Mariano Silva y Aceves, Carlos Díaz Dufoo Jr. (cuya posmodernidad resulta hoy día asombrosa, como asombroso es el entusiasmo que despierta entre los lectores jóvenes que logran conocerlo), Genaro Estrada y el más conciso Francisco Monterde digno de ser revalorado. La lista puede agrandarse con gran facilidad. No viene al caso. Y sin embargo, si de orfebres literarios tratamos el nombre de Juan José Arreola queda inscrito con letras doradas.
Hablo de este linaje y de Arreola, pues precisamente en su taller daba acogida a muchachos que se le acercaban con ánimo de aprenderle secretos que él divulgaba con enorme generosidad. Y ahí se inició René Avilés Fabila a quien imagino como ahora, ávido, pulcro, cuidadoso de su arreglo personal, con la mirada muy negra prendida por lucecitas humorísticas.
Aunque a René se le agrupa algunas veces con los “onderos” (por cuestiones generacionales y por la temática de algunos cuentos), y a pesar de que ha trabajado también narraciones largas e incluso novelas, y no obstante que tiene una larguísima trayectoria editorial bien conocida, para mi gusto su producción más esmerada se finca en textos pequeños por su tamaño que exigen cultura, sentido del humor, gusto por la alta cocina y los buenos caldos literarios. Borges y yo constituye un ejemplo esmerado para comprender cabalmente a lo que me refiero. Y lo mismo diría de “En una fiesta de intelectuales”, que le hace la competencia con su único renglón al célebre dinosaurio dormido de Tito Monterroso. Y podríamos añadir otros cuantos títulos “Wells y Einstein”, “Cinematográficas” (I, II y III), “Fábula del pato inconforme” y muchas más entre los que no olvido “El último trabajo”, uno de los mejores. Textos que requieren una biblioteca detrás (no en balde todos los escritores mencionados, salvo quizá Juan José que bebe siempre en sus mismas fuentes, tenían sus estanterías atestadas y gastaban su sueldo en libros exquisitos). Necesitan vampiros que —como alguno descrito en estas Fantasías en carrusel— esperan las altas horas nocturnas para chuparle la tinta a sus autores amados, y nutrirse con sus hallazgos, ocasionalmente imitarlos sin empacho. Prosas concebidas, como las de su especie, con una gran dosis de malicia eficaz para lograr carambolas de tres bandas. No provocan carcajadas francas sino, la sonrisa inteligente. Mutilan sin piedad los planteamientos de cualquier relato tradicional. Conservan la parte medular del asunto haciendo alarde de síntesis. Y persiguen y buscan y consiguen la complicidad de sus lectores que entienden lo que se insinúa y no terminan de decirse nunca.
* Texto leído en el Fondo de Cultura Económica en la Presentación del libro Fantasías en carrusel , publicado en el periódico Excélsior. Suplemento cultural El búho. Domingo 19 de noviembre de 1995.