René Avilés Fabila tiene el don de la fantasía y, además, el del humor. Cuando nos sentamos juntos ante una copa de vino, de buen vino por supuesto —los de poca calidad son como la vida barata, no valen la pena beberse—, da rienda suelta a su imaginación, a eso que en francés se llama clásicamente “faire de l’esprit” y los dos nos evadimos hacia otra realidad, otro universo vivaz y jubiloso: al del lado cómico de la existencia humana.
El ingenio es un genio de forma, de detalles, de pormenores; un genio industrioso, casi mecánico. Es esa maña del genio que vamos partiendo con el correr de los años y los sinsabores de la vida, malogro que viene a representar, para mi sentir, una de las manifestaciones más palpables de la vejez. Conservar el ingenio y no perder el humor son signos que retratan mucho más la juventud de la persona, que ostentar el pelo negro o tener la piel tersa.
El humor posee, como pocas cosas en esta vida, un poder confortador que nos permite hacer marginalmente de un lado al mundo en aspectos desagradables. Ejemplo de ello es aquel gitano que llevaban a ahorcar un lunes y que en el camino iba diciendo: “¡Qué mal empieza la semana!”
El hombre posee, por medio de la imaginación, la capacidad no sólo de evocar su pasado, sino de adelantarse al futuro mediante sus representaciones fantásticas. De igual modo que puede reproducir o vislumbrar lo real sin que haya sido percibido sensorialmente. En este sentido, la fantasía es de vital importancia para la creación artística y se encuentra estrechamente relacionada con la imaginación creadora y ambos términos llegan, incluso, a confundirse en ciertas ocasiones. Algunos piensan que la fantasía es una actividad propia del artista, mientras que lo imaginativo se da en la generalidad de los hombres; pero la realidad es que la faceta de imaginación creadora sólo aparece en el que crea.
¿Qué sucede, me pregunto muchas veces, con los artículos, ensayos o cuentos que aquellos que escribimos y publicamos en editoriales, suplementos culturales de periódicos o en revistas? ¿A dónde va a dar todo ello? Simple y sencillamente al día siguiente, el lunes, se tira a la basura o al boiler aunque alguno que otro no merezca tal destino.
René ha tenido el acierto, y también la fortuna, de reunir y publicar en un volumen de más de seiscientas páginas, un gran acopio de cuentos, historias y anécdotas. Todo ello escrito con ironía, con agudo sentido del humor, bajo una prosa clara, limpia y fácil, porque otra de las cualidades del autor, y se lo he hecho notar varias veces, es la de escribir como si hablara. Y es que todavía en nuestro tiempo de los ordenadores, el buen escritor sigue siendo aquél que dice las cosas más complicadas del modo más sencillo.
En ocasiones, en sus Fantasías en carrusel, lo que René reúne no son cuentos, narra anécdotas, escribe frases, emite opiniones a veces a lo Jardiel Poncela o a lo Shaw, como ésta: “Si la fiesta brava es considerada por muchos como arte, ¿entonces por qué razón aparece en la sección deportiva de los diarios y no en la cultural?”, o aquel otro que titula: “En fiesta de intelectuales”: “en seguida supe que era pintora: hablaba bien de los escritores”. Entre los cuentos me encantó el de “Mirabel”, la esposa bruja, o la historia de aquellos políticos mexicanos que por orden del caudillo en turno, van a París a encargarle a Auguste Rodin una estatua ecuestre del padre de la patria y, cosa rara, se gastan el dinero en bacanales en Maxim’s para finalmente comprar con lo que les quedaba del presupuesto una estatua cualquiera en el “marché des puces”; pero no pretendo relatarles uno a uno los cuentos: léanlos.
Desde Las bacantes; de Eurípides, El asno de oro, de Apuleyo o Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, La herida del tiempo, de J. B. Priestley o Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, el hombre ha ido potenciando su fantasía y elaborando con ella su propia fábula, a veces para desenmascarar a la sociedad civilizada como en la obra de Swift o en otras simplemente para entretenerse él mismo.
Cuenta René que cuando llegó a Buenos Aires en 1971 fue a visitar a Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional y que al llegar éste lo recibió con una catarata de elogios:
“-Mexicano, junto a ustedes los argentinos somos rústicos, aldeanos, primitivos, toscos, burdos, rudos.: Su fineza, su cultura.
“Francamente desconcertado y sin olvidar que los argentinos de aquella época mal sabían del resto de América Latina, lo interrumpí:
“-Perdone Borges, ¿a cuántos mexicanos ha conocido usted?
“-Sólo a Alfonso Reyes, mi maestro.
-Ah.”
Yo estoy seguro que años después Borges hubiera citado a varios más, con toda probabilidad no a muchos, pero entre ellos seguramente a René Avilés Fabila.
Lean el libro, pasarán un buen rato.
René Avilés Fabila. Fantasías en Carrusel (1964-1994). Colección popular. Fondo de Cultura Económica, 1995.
* Artículo aparecido en Excélsior. Suplemento cultural El búho. Domingo 21 de Enero de 1996.