René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Fantasías en Carrusel y la crítica por el Humorismo*

Gerardo de la Torre

El cuento es un relámpago, una iluminación momentánea que debe convertirse en lenguaje. Según la teoría clásica es acontecimiento, y ya lenguaje todos los elementos que en él confluyen pretenden lograr un efecto único. Esto, desde su primer libro (Hacia el fin del mundo, 1969), mostró haberlo asimilado bien René Avilés Fabila, quien ahora nos ofrece la recopilación de casi todos sus textos breves, Las fantasías en carrusel.

La cuentística de Avilés Fabila presenta invariablemente (salvo algunas incursiones en el realismo llano) una temática apoyada en el relato fantástico, el mito y la leyenda, en ocasiones de muy remoto origen. Pero los temas, los motivos, han sido objeto de reubicación en un ámbito urbano tecnológico y tecnocrático, enajenante y opresivo. Como en antiquísimas literaturas, remontándonos si se quiere al relato contado alrededor del fuego en bancos de la plazuela pública, en la obra de Avilés Fabila aparecen demonios y fantasmas, asoman espantosos seres mitológicos, perviven fuerza ciegas. Mas aquí tales seres y tales fuerzas han perdido su carácter trágico, su carácter caprichoso de enviados del destino.

El autor de Fantasías en carrusel marxista confeso, acepta que “la necesidad sólo es ciega en la medida en que no es entendida”. De allí que en una sociedad que ha perfeccionado su instrumental científico, imagine a un vampiro explicando la consecuencia, sometido. Si antes el conde Drácula o sus epígonos atemorizaban, hoy, al incluirse en una urdimbre social con menos niebla mística, son ellos quienes padecen pavores y escalofríos. La fuerza ciega, venida de un ignoto más allá, se humilla ante el avance tecnológico, ante la racionalidad.

Pero la explicación científica que nos permite aclarar y dominar al destino (designios de un hipotético orden superhumano), no basta para dar al hombre poder sobre los fenómenos políticos y económicos del sistema capitalista. Avilés Fabila extrae al fantasma y al vampiro de los escenarios que les dieron vitalidad y sentido. Arrancados de la tiniebla y lanzados de golpe a la ensordecedora sociedad moderna, los asustadores son ahora asustados. Nuestra sociedad de neón y viajes espaciales cobra en ellos venganza por los terrores que sembraron en otros tiempos. Pero los monstruos sociales, irracional creación de la racionalidad, asustan a los asustadores y también al hombre. La revancha nos hunde juntos a la Esfinge de Tebas y a mí, inventor de sistemas sociales.

Hallamos a la Esfinge en un zoológico fantástico, formulando acertijos para deleite de los niños que la visitan. Allí mismo la Hidra de Lerna agita sus nueve cabezas para atrapar las golosinas que le son arrojadas. Los dragones despojados del fuego legendario, pasean su aburrimiento tras el enrejado ¿pero acaso no somos, los visitantes del zoológico, seres igualmente consumidos por el tedio, cabezas ávidas de golosina, ingenios capaces a lo más de proponer como misterio el resultado del próximo partido de futbol?

Si el sistema social impone la deshumanización del hombre, Avilés Fabila, responde con la “desmonstración” del monstruo, vale decir son su humanización, pues lo iguala con el humano en su indefensión y desvalimiento. Lejos de plantearnos algún tipo de misterio urbano mediante la irrupción de un elemento situado por encima de la explicación, lejos también de las intenciones alegóricas, el autor se propone hallar, a partir del elemento “antiguo”, la distancia necesaria para emprender una crítica mordaz de su sociedad. Enfrentando a ese horror de signo superior, el personaje tradicionalmente horroroso ya no puede inspirar temores.

En la ciudad el hombre lobo es objeto de continuas burlas por su desastrosa apariencia y, en la angustia muere al buscar un refugio en una caverna que resulta un túnel del metro. Un vampiro despistado y hambriento sucumbe al beber la sangre de una víctima leucémica. El Minotauro invencible en los ruedos, es sojuzgado por la ambición mercantil de una empresa taurina.
Una de las constantes en Fantasías en carrusel es la crítica del dinero como elemento rector de las relaciones humanas; y más allá, la crítica de la publicidad. Un nuevo cabaret, El Averno, abre sus puertas y los publicistas colocan en la entrada al Cancerbero; desde luego, la competencia abre los cabarets El Purgatorio y El paraíso. En otro texto las sirenas son utilizadas como reclamo por un balneario. En un tercero las arpías anuncian vitaminas y complementos dietéticos.

Dijimos, al principio de la nota, que los cuentos de Avilés Fabila hallan sustento, sobre todo, en la fantasía, el mito y la leyenda, más no en todos los textos aparecen fantasmas vampiros, hombres lobos o seres mitológicos. Una buena parte de estos cuentos fantásticos toma la forma de anticipaciones; es decir, se adelantan en el tiempo y muestran, mediante una sencilla reducción al absurdo de ciertos elementos hoy presentes, una visión ominosa del futuro. Transplantes de cerebro para contener la creciente oposición política. Milagros colectivos operados a través de la televisión y por consiguiente nacimiento al culto del cinescopio. Exportación por los países pobres de sus únicos bienes, ilusiones y esperanzas. Práctica de la estatuaria mediante la conversión de humanos en materiales duros. Publicidad parlamentaria, al hallársele uso comercial a los discursos que se pronuncian en las Cámaras.

Quizás el texto que mejor refleja las intenciones de Avilés Fabila es el titulado “Reportaje de un invento extraordinario”. El invento es una máquina traga-helado que, como ahora el automóvil o refrigerador, gracias a la publicidad se hace indispensable para toda la familia norteamericana. Al final, los insaciables monstruos mecánicos y la exigencia social de producir helado para alimentarlos, aniquilan a la otra maquina floreciente economía de Estados Unidos.

El humorismo se despliega a lo largo de casi todas sus 229 páginas de Fantasías en carrusel, y por esa virtud vale la pena leerlas. Kafka, Poe, Borges, Arreola son influencias que el autor no niega ni oculta. Como ellos, RAF es un creador de orbes cerrados temáticamente y formalmente, y persigue como ellos la originalidad y la intensidad de los textos: a diferencia de ellos, pero en sus propias vetas de ingenio erudito, agrega la crítica sociopolítica.

Una última observación: en uno de los textos finales del libro, como para no dejar duda sobre su actitud, Avilés Fabila nos da la clave de sus intenciones. No hay monstruo más poderoso y lleno de maldad que el Estado, nos dice, el Leviatán de Tomás Hobbes. Contra esta terrorífica criatura, invención humana, apunta sus dardos literarios.

* Aparecido en Revista mexicana de cultura, suplemento del periódico El Nacional, Número 62. 11 de marzo de 1979 México. D.F.