Para la concepción romántica —en que poesía y filosofía se consustanciaban a menudo— la ironía, en su condición movible de efectos contrapuestos en antítesis ingeniosas, representaba la libertad absoluta frente a cualquier realidad o hecho, definición que deja entrever fugitivos vislumbres del concepto griego del acto irónico considerado como uno de los extremos de las posibles posturas ante la verdad. Lo cierto, es que la ironía, en su acepción contemporánea, que recoge la tradición griega y romántica desde luego, es la actitud que disminuye implacablemente la importancia de personas, circunstancias e individuos relacionados con uno mismo. A lo largo de la historia literaria, tenemos obras arquetípicas de este género con las de Voltaire y Jonatahn Swift que despliegan placidez, ductilidad y atractivo lozano y restallante en su afán por rebajar a pura nada los sueños de la razón y la razón misma.
En América Latina, son recientes cultivadores de esta fórmula artística Jorge Luis Borges y Juan José Arreola, quienes llevan a la más feliz cima el humor que va tamizando todo linaje de acontecimientos despojándolos de sus aspectos solemnes y apesadumbrados para dar paso a otros de acariciadora ironía. Dentro de achicados términos inflexiblemente prefijados, en una versión hemeopática de insinuante atractivo, Cuentos y descuentos (México, Universidad veracruzana, 1987) de René Avilés Fabila, se inserta en esta tendencia.
En “La verdadera historia de Sansón y Dalia” establece graves cuarteaduras en el aspecto histórico de la Biblia que, por lo demás, en vano pretende ser armadura de una sola pieza. Con espíritu escéptico y burlón, un neurólogo británico que se reviste de poético realismo dictamina que Sansón padecía defectos del sistema inmunológico y que, en consecuencia, la pérdida de sus fuerzas fue ajena a sus cabellos y también a la voluntad de Dalila, tan inclinada a ideas de venganza traidora. Por supuesto, el científico, no está en tensión imaginativa vigorosa, como lo estuvo el autor del Antiguo Testamento.
Concluye Avilés Fabila que Dalila, a quien destaca graciosa en la ornamentación humorística del texto, sólo merece ser honrada poniendo su nombre a una peluquería o a una fábrica de champú. En cuanto a Sansón, cuyo arrojo indomable el autor pone en entredicho, únicamente debe ser considerado precursor de la rebelión juvenil o, en una versión pesimista, producto de una regresión cavernícola.
Dentro de la escuela fantástica, de la que el autor se declara discípulo entusiasta, la estampa que examinamos es deliciosa y abre larga perspectiva. Con grato artificio imagina adimentos anecdóticos que añade a la leyenda, cuyo núcleo histórico desde luego carece de importancia pues es sólo un mero sostén de la fábula. Y al final, René aumenta sus audacias para subestimar humorísticamente, en raudo, brusco e irrespetuoso impulso, a los legendarios Sansón y Dalila haciendo trizas un relato de por sí tan lleno de precipitaciones.
Análoga fortuna tienen otras composiciones en que tan mal parados como los personajes bíblicos salen los materialistas que niegan el más allá, el destino universal, el alma del mundo - “La existencia de los espíritus”-, y los escépticos que no creen en él descubrimiento de “La Piedra filosofal”, entre otros. En el primer texto, Avilés Fabila sobrepuja con ventaja a quienes rechazan la trascendencia del hombre, pero no acata a las religiones que aceptan la inmortalidad del alma. Situado en un “justo medio”, siempre considerado nocivo por la gente de poca cultura, René habla de una inmortalidad relativa: los pobres fantasmas también mueren y esta vez desaparecen para siempre. En consecuencia, de nada vale ahuecar la voz para invocarlos en el trance final, puesto que jamás tendremos sus noticias. Y mejor así, porque de lo contrario el mundo padecería sobrepoblación de espíritus y nunca podríamos dejar nuestro sueño —y aun nuestra vigilia— libre de su tutela.
En “La piedra filosofal” por mano del propio descubridor -quien a través del estudio pasó a hombre perfecto y barbado, en plena sabiduría y colmada virtud natural-, un lingote de oro queda convertido en plomo de la mejor calidad. Con júbilo contagioso, con exaltación auténtica aparece, pues, una burla sangrienta contra el afán de riqueza medieval que por cierto jamás desapareció del todo y al que, acrecentado a términos increíbles, muchos en la actualidad le dan nueva vida.
Pero el ingenio de Avilés Fabila decrece en forma alarmante al abordar la “protesta social” - “La huelga” y Libertad”- tan frecuentada antes como hoy mal explorada. El autor personifica en los afanes de un huelguista-Gerardo- y un mártir, la oposición del capitalismo a los principios morales y sociales, pero lo hace con tanta intensidad que resulta frustrado el “efecto final”: el inexistente triunfo de una revolución que salva a los huelguistas y liberta al muchacho. Conclusión utópica, más sarcástica que irónica y aun literariamente absurda pero que no invita a la risa ni a la sonrisa, sino a una exigencia de verosimilitud. En suma, el desenlace aparece tan vacío de la vengadora revolución como de la trágica conciencia de no desear su aparición salvadora.
Pero no vayamos demasiado lejos en nuestros reparos: en el texto, el tema de la injusticia crece, se intensifica a tal punto que no resulta pedestal adecuado para una respuesta, como la que ofrece el autor, a la perenne interrogación del hombre sobre la razón de la virtud: la simple violencia. Y es que los medios expresivos de René, tan fáciles, picantes y graciosos se desenvuelven con más acierto en las alusiones satíricas que en el patetismo de la protesta social que tuvo grande arraigo en obras de mediados de siglo, algunas de las cuales han perdurado más allá de lo que merecían.
Al lado de estos relatos poco risueños, hallamos otros en que el autor se burla venturosamente de las realidades eternas. Al respecto. “La puerta del cielo” resulta un ejemplo de humor puro, sin tesis ni razonamientos moralizadores que lo ensombrezcan:
| “Las puertas del Cielo son parecidas a las del campo. La única diferencia es que las primeras están vigiladas por San Pedro. Como es de imaginarse, pocos son aquellos que las utilizan; los pecadores prefieren rodearlas para fácilmente entrar en el Paraíso, sin hacer trámites parecidos a los aduanales”. |
Para finalizar nótese que la influencia de Borges y Arreola, casi exclusiva, con la de otros autores europeos del género fantástico, en muchos narradores de América Latina, es relativamente secundaria en Avilés Fabila. El autor de Cuentos y descuentos acude más a su propia inspiración en todas sus perspectivas abiertas, aunque su “En defensa del plagio” dé pautas para ejecutar impunemente lo que para algunos escritores, es un hecho corriente, un principio fundamental de la educación literaria: la imitación que a menudo cae en dóciles calcos, en ecos flagrantes de obras ajenas. Hay, pues, una especial fisonomía en el libro que comentamos, que por cierto continúa con riguroso método y aguda penetración los textos de Hacia el fin del mundo (1969) y Los oficios perdidos (1983). Especial fisonomía que combina elegantemente lo real y lo fantástico, lo popular y lo clásico en composiciones de viva, reidera y desenfadada realidad, rota por inexplicables designios que atribuyen a cosas y personas una importancia mucho menor que la justa entre humorísticos tonos llevados a la exageración y apoyados en juicios caprichosos. En suma, con la vehemencia y la impulsión ardiente de su temperamento irónico, René Avilés Fabila nos ofrece, en su aparente inconsistencia, una inquietud trascendente muy, alejada del humor improvisado y callejero.
* Artículo aparecido en El laberinto Dominical, Lima, Perú, 8 de noviembre de 1987.-