Si René Avilés Fabila hubiese nacido en la India, a la manera de los saktas ya hubiera fundado una religión del amor y del sexo, y entre nubes de incienso permanecería rodeado de sacerdotisas ataviadas con minúsculas faldas, medias negras y excitantes ligueros; además, todas ellas serían obsesivas lectoras y fieles guardianas de mágicas bibliotecas.
En Cuentos de hadas amorosas y otros textos (Fondo de Cultura Económica, 1998, 124 pp.) el más reciente libro de René Avilés Fabila, se despliegan numerosas historias donde los personajes femeninos muestran sus gracias y se portan generosas con el hombre sediento de amor y sexo.
Hay un extenso número de hadas con variados rasgos de carácter. No obstante, todas ellas giran alrededor de un personaje principal, que es el mismo siempre aunque se cambie de profesión o de nombre. Para “anclar” el relato y darle visos de crónica, Avilés acude a tres procedimientos básicos: llama con el nombre de “René” al protagonista, pero no es el mismo René de esta realidad historiable en la que vivimos, sino que se trata de una recreación, de un narrador protagonista de sus cuentos. Por eso no es tan fácil afirmar que sus textos tienen un sentido autobiográfico, sino que son un tanto más complejos que el reflejo fiel de su vida.
Segundo truco: Sus hadas también son como él, recreaciones de seres que pueden tener el mismo nombre de algunas personas conocidas, las que incluso pueden estar leyendo este texto, pero a la hora de traducirlas al lenguaje literario ya no son las mismas, son otros seres recreados por la imaginación del autor.
Tercer elemento: Los espacios de la acción en Cuentos de hadas... son las urbes, los bares, las calles, las cantinas, las casas de los amigos; sitios fácilmente identificables.
Cuarto: El tiempo de la narración se puede ubicar en las tres últimas décadas. Las coordenadas temporales están bien definidas para dar verosimilitud a los textos.
En fin, los cuatro recursos antes descritos funcionan muy bien para “anclar” los relatos, según aconsejaba el maestro Roland Barthes.
Los tiempos de pareja
En términos generales, podríamos decir que el propósito de René Avilés Fabila es la búsqueda constante de la mujer ideal, pero también de una nueva y especial forma de enfrentar el fenómeno de la pareja.
Detrás del conflicto amoroso, sexual, se puede hallar otro más vasto y complejo que es el conflicto social: la lucha entre los sistemas económicos en la época que se desarrollan algunos cuentos y, sobre todo, en el periodo de formación del escritor.
El autor proviene de la izquierda mexicana donde se incubó un modelo de pareja alternativo, un paradigma al cual debían ceñirse los militantes. Se trataba más de una afirmación por contraposición a lo negativo de la pareja tradicional mexicana que un proyecto nuevo, acabado. De manera natural, en esta pareja, lo básico era el componente político, como atributo ideológico fundacional de la misma; esto juega el papel dominante y es lo que va a nuclear la actividad práctica-amorosa-sentimental de los individuos.
Hombre y mujer participan de un ideal político-ideológico al cual van a dedicar -al menos en teoría-su vida. Las parejas se constituyen de este modo como “parejas militantes” o por lo menos políticas.
Naturalmente que, dada la diversidad de grupos y tendencias que componían la izquierda mexicana, esto va a tener distintos matices. Dependiendo del tipo de organización a la que se pertenezca, va a ser más abierto o más cerrado el universo vital de la pareja. Si el grupo es clandestino o semiclandestino, y si sigue una línea violenta, esto es guerrillera, la pareja agrega a los factores antes dichos los atributos propios de la vida clandestina. Por ejemplo, había organizaciones mexicanas en las que el Comité Central o el Buró Político decidían quién podía casarse con quien. Lógicamente que, muchas veces, no había “química” en esto. A veces la mujer o el hombre corrían con suerte, pero por lo general, no...
“Con mis mejores amigos” es el cuento de René que más ilustra esta aberración de la que hablamos: “Gerardo pidió la palabra no sin antes dejar como fondo una sui generis versión de La Internacional con Elvis Presley. La atención fue para él. Docenas de ojos claros y oscuros se clavaron en su vestimenta de obrero manchada de aceite. De entre el paliacate extrajo una llave de tuercas y unos papeles mugrosos. Ambas cosas provocaron temor. Es un poema, dijo Gerardo, un poema de amor para la Muñeca. Mi novia, y también suya, se estremeció de emoción y vanidad. Estaba más bella que nunca, radiante, cínica, provocativa e hija de la chingada. El silencio fue completo. Gerardo se colocó en el centro de la sala y comenzó su poema: Muñe, Muñeca, te amo con amor revolución/ no con amor de burgués, de señorito (mientras me señalaba con desdén y yo apretaba mi vaso de ron como si fuera copa de champaña)/ ¡Juntos, juntos, tú y yo, haremos la Revolución! /Destruiremos al capitalismo ruin para hacer un Paraíso obrero, juntos, yo y tú, sin divisiones sociales/ Marx vive, Lenin también, tú y yo vivimos, estamos preparados. Socialismo, un cielo rojo. ¡Patria o muerte, socialismo, tú y yo venceremos! Te amo, y el mío es un revolucionario amor, teñido de la sangre de los obreros y campesinos...
“Puta madre, siguió así como quince minutos. Miré de reojo a la Muñeca: estaba llorando, posesionada de su papel de la Pasionaria y Tina Modotti juntas. Yolanda se alejaba discretamente de Luis, pensando que era un pequeñoburgués incapaz de adentrarse en la Revolución que se iniciaba y yo estaba simplemente aterrado de aquel poema horroroso.”
Las bases sobre las que funciona este tipo de pareja son el repudio al Estado (al gobierno), a la religión y a la familia. Obviamente, la fidelidad (y ésta es una de las contradicciones más curiosas) debe funcionar entre las parejas no por razones de orden “moral burguesa”, sino para no afectar a la organización, para evitar que por ahí se cuele la policía. En la práctica venía resultando lo mismo que en la pareja tradicional: la fidelidad debía ser para la mujer solamente.
En el caso de la religión, la confrontación contra los símbolos religiosos, contra las instituciones religiosas, excluía ir a misa ( ¡qué horror!) y casarse por la iglesia.
El tercer aspecto, el repudio a la familia, va a producir parejas “transitoriamente estables”.
Éste es el ambiente relativo a las relaciones sentimentales en el cual se encontraba inmerso el escritor René Avilés Fabila, su marco de referencia, que de alguna forma lo va a tocar, pero contra el cual se va a rebelar —y esto es lo decisivo— cada vez que puede como muchos otros que participamos de aquellos ritos.
RAF, el rebelde
Un gran mérito del René “real” y del narrador René es oponerse a estos cánones; se trata de una doble rebelión: contra la moral y los prejuicios impuestos por el orden burgués, y también contra la moral y los prejuicios derivados del socialismo dogmático.
Al leer los cuentos de RAF, encontramos una profunda rebeldía respecto de los dogmas de uno y otro bando. Su contacto con la literatura europea, sobre todo la francesa, lo hizo nutrirse de elementos de juicio para tomar distancia de estas aberraciones. Su antireligiosidad, no es sólo un anticristianismo, sino un gritar iconoclasta junto con Epicuro: “Odio a todos los dioses”. No únicamente los del cielo sino a los de la tierra, a los santones que inventamos en la política o en la literatura, desde Marcos hasta Monsiváis. Por eso, René parece exclamar con Albert Camus: ¿Qué es un rebelde? Un hombre que dice no.
Éste es el armazón ideológico que subyace en la obra de RAF en general y en particular en Cuentos de hadas… Y es esta rebeldía lo que le da uno de sus principales atractivos a su obra, lo que la hace fresca y juvenil a pesar del tiempo. Muchos de sus lectores son jóvenes menores de 25 años.
Es, por consiguiente, el retrato de una época, una crónica de los acontecimientos, de un tiempo perdido, de un modo de pensar y de actuar de los jóvenes, de muchos que como él no aceptaban esta manipulación de los mundos dogmáticos.
Obviamente, este modo de concebir la pareja lo lleva también a una idea más o menos acabada de lo que debe ser la mujer ideal. Mientras que en el modelo de pareja militante, para relacionarse con una mujer, ésta debe tener sobre todo un acuerdo político fundamental o la disposición para ser “politizada”; debe, además, ser honesta, fiel a la causa (y al “compañero”), aguantadora (para las brigadas, mítines, manifestaciones, plantones, etc.), valiente, comprometida, no necesariamente inteligente y (algo muy importante)... fungir como “el solaz del guerrero”.
En el modelo de RAF no importa la afinidad política para relacionarse con alguien, no tiene que ver que ella sea ejecutiva de una compañía transnacional, que no sea fiel, no le interesan las sufridas, abnegadas y dogmáticas, le interesan las mujeres limpias, que visten bien, que se maquillan, que usan medias negras (sobre todo eso hasta la obsesión), que tienen hermosas piernas, que son cultas e inteligentes. Pero sobre todo el acuerdo básico sería, para establecer las relaciones, la pasión, la religión del cuerpo, el amor, el gusto por las bebidas, por la buena mesa y el buen lecho. En una palabra, el trato con mujeres que se quieren a sí mismas.
Los personajes femeninos
De este modo, los personajes femeninos de RAF se van construyendo con sus aspiraciones más caras, con sus anhelos no necesariamente cumplidos -incluso con sus miedos-, pero todos marcados por un patrón definido:
Son mujeres libres como Alicia o Alma que no están atadas a ningún hombre: “Atrás se quedó el hombre que la acompañaba, que la miró ponerse de pie abruptamente para acercarse a nosotros. Atónito, vio cómo recogía sus cigarrillos, el encendedor y el bolso. Nada hizo por detenerla, quizá por la sorpresa o quizá porque ésas eran las reglas entre ambos.”
Son mujeres que tienen iniciativa propia para el amor, como Inés del alma mía: “Sentí cuando Inés me tomó de la mano y me atrajo hacia ella”.
Tienen capacidad orgásmica: “Comenzó una hermosa relación con Nidia. En la cama era una maravilla. Sabía el momento adecuado para cada cosa y solíamos terminar juntos”.
Demuestran cultura como “El hada en mis sueños: En mi sueño, esa hermosa mujer, alta y esbelta, de sedoso cabello negro, misteriosa, acepta mi conversación. Hablamos de pintura.”
Como Yolanda, son “ganadoras”, como ahora se estila decir “Habló de sus estudios, de sus expectativas de triunfo, de poner su propia empresa de bienes raíces Rebeldes contra su destino, como Julieta Elena, “El hada prostituta”: “…me besó en la boca y dijo eres admirable y valiente, nadie se le había enfrentado a Pantoja, el idiota está que se lo lleva la chingada; sigue encerrado con Mireya. Vine a recompensarte. Lo he visto hacer lo que le viene en gana cien veces y nadie lo puso en su lugar...
Sin represiones sexuales como Amorata: “Quisiera ir al (hotel) Posada Sureña. Tragué saliva, no lo conocía y lo imaginé muy costoso. La enfrenté: no sé dónde está. No te preocupes, sigue por Insurgentes. …Hola, buenas noches, señor vigilante, ¿me recuerda? Claro, señorita, dijo el aduanero y se dispuso a escuchar a mi compañera: Sea buenito, no nos de la cabaña tres, el aire acondicionado no sirve, mejor la diez, que tiene jacuzzi nuevo. Claro, señorita como usted quiera.”
RAF ha podido construir con base en todas estas hadas y con otros personajes de cuentos tan admirables como “Miriam” (uno de sus mejores y “El misterio de las pinturas rupestres”, mi favorito), con los amores de Gustavo Treviño en Réquiem por un suicida, o con Tantadel un arquetipo de mujer, un personaje que es todas estas mujeres juntas; no es la suma de sus particularidades sino una síntesis de ellas interesante y vital. Es un personaje colectivo con muchas voces, con variados nombres… es simplemente la mujer a la que se aspira.
Con mucha frecuencia, suelo reparar en los autores que son capaces de crear personajes femeninos que derivan su fuerza de su inteligencia o de su pasión. Para no ir muy lejos, a la literatura griega, rusa, francesa o alemana, en México hay ejemplos notables de estas mujeres: en Sergio Galindo encontramos a una Otilia Rauda, personaje profundamente trasgresor, complejo y brillante, dueño de una sensualidad inacabable. Otro personaje es Aura, de Fuentes, con una vida interior admirable y, obviamente, Susana San Juan, de Rulfo.
El desamor en RAF
Pese a los encuentros apasionantes y apasionados, lejos de orgasmos y caricias, más allá de la fogocidad de las mujeres y su liberación (o tal vez por eso) las relaciones en los cuentos de RAF no cuajan, no terminan consolidando una pareja. Siempre me ha llamado la atención esa imposibilidad de amar que tienen sus personajes, sin caer por ello en lo sensiblero y melodramático. Una explicación tal vez esté en algo que dijo la escritora Hortensia Moreno: el amor eterno dura tres minutos.
La mayoría de las mujeres de los cuentos dejan al personaje principal: Alma, Nidia, Doña Inés, Olga, Yolanda, Amoreta, Sally y, hasta Julieta Elena, el hada prostituta. En otros casos, ellas son abandonadas por él, pero sin caer en los desgarramientos o asesinatos. Son relaciones civilizadas, todavía escasas en México.
Tal vez la explicación del fenómeno del desamor en RAF se halle en uno de los cuentos titulado “Cero en conducta”, en donde Margarita destaca como mujer bella y culta, que hablaba varios idiomas, etc. No obstante, pasado el tiempo, el narrador protagonista la encuentra y expresa con desaliento: “Me habló de sus hijos, de que impartía clases en no sé qué universidad privada. Su aspecto era descuidado.” Luego concluye: “Hasta hoy detesté mi incapacidad para amar verdadera y pasionalmente a una mujer. De mañana en adelante sólo me felicitaré”.
Tiene razón RAF, el amor “eterno” también representa peligros muy grandes: el envejecer al lado de otro y no darse cuenta, y no sólo me refiero al especto físico sino al espiritual. Abandonar lo que a uno le gusta hacer, caer en la espantosa rutina, dejar de amar, de encontrar otras mujeres interesantes, —aunque no se haga el amor con ellas, sino simplemente gozar de su hermosura y estar como diría el Arcipreste de Hita a la sombra del árbol aunque no se coma del fruto—, perder, en suma, el gusto por la vida... Y al perderlo, peligra por sobre todas las cosas —y éste es el miedo más grande— la creación artística o literaria.
Sería un mal final para la novela que uno escribe con su vida terminar barrigón, achacoso, lleno de canas, fofo, con la mirada perdida, sentado en cualquier cantina de cuarta o lo peor: frente a la televisión viendo la telenovela de moda, llevando a pasear media docena de chamacos a Chapultepec, ir a visitar los domingos a la suegra y fingir que la queremos. Eso no puede ser vida.
La otra explicación de la imposibilidad del amor en la obra de RAF estaría en la dificultad para encontrar en otra persona todo lo que se espera de una relación: Compañía, sexo, amistad, cultura, diversión, protección, cariño. Algunas mujeres ofrecen sólo algunos de estos aspectos, y es casi imposible encontrar todo en una sola mujer. Lo mismo les debe pasar a las mujeres inteligentes: es casi imposible que encuentren todo en un individuo.
Entonces, ante la imposibilidad de encontrar la pareja ideal se recurre a dos trucos, a dos sucedáneos: se da la eterna búsqueda del otro o bien se recrean mujeres ideales en nuestra literatura. Este segundo aspecto es el favorito de RAF, aunque él no excluye el primero, por su puesto. De esta forma, mientras que 90 millones de mexicanos resuelven —o dicen resolver— su imposibilidad de amar cantando boleros, RAF escribe espléndidos cuentos.
* Publicado en el periódico Excélsior, Suplemento El Búho, No. 678, septiembre 6, 1998, p. 4-