La crítica literaria mexicana se ha ocupado poco de la narrativa en torno al movimiento estudiantil del 68 y de su dramático desenlace con la matanza de Tlatelolco. En cuanto a la existente, se aprecia una actitud vacilante para aceptar esa producción como un corpus relativamente delimitado dentro de la narrativa mexicana, aunque, por otro lado, algunos críticos sí la admiten, pero sin suficientes precisiones. Un mínimo repaso de dicha crítica así lo muestra. Por ejemplo, Federico Patán afirma:
Sin duda nuestra primera preocupación debe ser el preguntarnos qué entenderemos por novela del 68; o quizás, más al punto, ¿existe una novelística del 68? 1
Finalmente, parece admitir la existencia de un ciclo narrativo del 68, cuya cúspide observa en Manifestación de silencios, 2 de Arturo Azuela, esgrimiendo para ello el argumento de calidad que ofrece Evodio Escalante para discernir estéticamente sobre esta producción, con base en la lograda creación de un clima histórico del 68 y sus secuelas 3.
Por otra parte, Mario Muñoz distingue una “Generación del 68”, considerando a los escritores que llegaron a la mayoría de edad alrededor de ese año, pero aclara que se trataría de un conjunto heterogéneo de autores “que han vivido un acontecimiento histórico trascendental que ha dejado una profunda huella en su campo vital y que es el signo que de alguna manera los une. Es una marca que los identifica aun cuando la orientación que sigan sus escritos no se refiera necesariamente a este hecho. Lo importante es que alcanzaron la mayoría de edad en el centro de la turbulencia y que esta sacudida perdurará como un destino” 4. A pesar de que Muñoz identifica a esta generación como tal por haber vivido un hecho histórico de enorme importancia que “perdurará como un destino” -cosa bastante grave que no entiendo cómo no tendría consecuencias en el modo de sentir y percibir la realidad a los efectos del quehacer literario-, advierte que no necesariamente escribirán sobre este acontecimiento. Y estoy de acuerdo en que así puede ser, pero entonces me preguntaría por qué no lo hacen directamente y si no existen marcas textuales que puedan entenderse, según lo sugerido por Escalante, como afines a un clima histórico del 68 y sus secuelas. Pero, además, Muñoz afirma:
La literatura no dio una respuesta orgánica al 68, como a menudo se piensa pues su reacción no fue en cadena, sino en calidad de manifestaciones esporádicas expresadas por medio de esta temática, que no constituyó por sí misma la configuración de un discurso narrativo diferente a otros paralelos es decir, no fue una concepción intelectual o artística alterna que estuviera articulada alrededor de un nuevo modelo literario, sino que en varios casos pasa a la categoría de testimonio personal; en cambio, en otros es una mención pasajera dentro de una trama que desarrolla conflictos de otra índole o bien es una variante del realismo testimonial en cuanto al manejo de la violencia en sus más variados registros denunciando así, oblicuamente, la degradación social propiciada por un sistema que valida la injusticia 5.
Lo dicho por Muñoz merece un desglose y algunos comentarios. Sólo recordaré la narrativa de la Revolución Mexicana -sin querer analogarla con la del 68 precisamente—, la cual fue escribiéndose, según algunas historias, entre 1916 y desborde ese periodo, desde luego-, al mismo tiempo que Contemporáneos y Estridentistas exploraban otras modalidades de escritura. Ese corpus, así reconocido, no sin dificultades primero, resultó innovador por la necesidad misma de testimoniar, documentar hechos a manera de crónicas o memorias, violentando las convenciones del género novela o del cuento. En la actualidad, además, el testimonio mismo ha pasado a considerarse una forma narrativa literaria dentro de América Latina o un nuevo modelo literario, como lo pide el crítico. Asimismo, vale la pena traer al diálogo a Brushwood, quien precisa, según él, algunos de los rasgos que definen la novela mexicana entre 1967 y 1982:
En una revisión de la novela mexicana desde 1967 hasta 1982, la característica que destaca con más insistencia es la metaficción, es decir, la observación, por parte del autor, de su propio acto creativo. Sobra decir que este fenómeno no es nuevo en la prosa de ficción, pero tal concentración de autoconciencia en las novelas publicadas en 1967 señala una circunstancia excepcional. El año siguiente confirma en México la importancia de esta forma narrativa y la metaficción se sostiene como uno de los recursos característicos de este periodo.
La importancia de este recurso en la novela contemporánea no es un fenómeno exclusivamente mexicano, sino de índole universal. La obsesión por la exposición y el análisis del proceso narrativo no se explica con facilidad. Es posible relacionarla con la tendencia de una sociedad a refugiarse en los detalles de procedimiento para no enfrentar los objetivos. O, desde un punto de vista muy distinto, se puede relacionar el parecido entre esta forma de narrativa y la tendencia en otras manifestaciones artísticas para crear obras que se refieran solamente a sí mismas sin representar ninguna otra realidad aparte de la propia obra. Cualquiera que sea la causa elegida para explicar el fenómeno, éste atrae nuestra atención hacia el acto creativo y la creación, desde luego, quiere decir cambio. Por eso, nos parece explicable que el empleo de la metaficción se desarrollara extensamente durante el periodo de disturbios estudiantiles, ya que estos siempre enfatizaron la creación espontánea, la revisión de valores y el cambio.
El movimiento estudiantil en México culminó con la tragedia de Tlatelolco en 1968. La presencia espectral de este acontecimiento es otra característica de la novela mexicana contemporánea. Conviene recordar que la referencia a este tema, independientemente de que se refiera a un pasaje específico de la historia de México, posee una connotación universal. Un lector extranjero comprenderá más de lo que significó Tlatelolco (simplemente con saber que se trata del movimiento estudiantil) que de la misma Revolución Mexicana, por ejemplo. Por supuesto este asunto es cuestión de temas y naturalmente tiene un significado especial para los mexicanos, puesto que ocurrió en su país. Este significado despierta la posibilidad de que el tema de Tlatelolco se proyecte como técnica para comentar la realidad mexicana. En otras palabras lo sucedido en Tlatelolco engendra, por el sólo hecho de ser evocado, un complejo de reacciones que bien pueden alterar el efecto de cualquier otro acontecimiento Es interesante observar cómo en el caso de La invitación (1972) de Juan García Ponce es difícil afirmar en definitiva si Tlatelolco es tema o es técnica. Algo semejante ocurre con el recurso de la metaficción, porque una novela puede emplear la autorreferencia para destacar una referencia a la realidad exterior. En este caso, la metaficción funciona como técnica… 6
En lo citado, el crítico norteamericano destaca por lo menos “la presencia espectral” del movimiento estudiantil y la tragedia de Tlatelolco en la novela mexicana contemporánea. Esta constatación, con la que estoy de acuerdo, ya como tema, ya como técnica, ya como atmósfera o clima histórico del 68 y sus secuelas, o como todo esto junto en algunos textos, no puede considerarse como una reacción esporádica en la narrativa mexicana, según lo afirma Muñoz. Si, de acuerdo con él, “La literatura no dio una respuesta orgánica al 68”, pues tampoco configuró un nuevo modelo literario, sino más que nada se quedó en el testimonio personal; para afirmarlo convincente sería necesario elegir un criterio con el fin de reunir y desechar los muchos textos que versan sobre estos acontecimientos, y que se consideran literarios, y después enfrentarse cuidadosamente a los mismos mediante el análisis pertinente para poder definir en qué medida configuran o no una discursividad narrativa diferente, por lo menos en lo que se refiere a lo ya aportado por la Revolución Mexicana. Pero, insisto, el testimonio personal no invalidaría la consideración literaria. Pienso, por ejemplo, en Los días y los años de Luis González de Alba 7 o en el caso paradigmático, aun sin ser un testimonio del todo personal, de La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska 8 textos ambos estructurados artísticamente. Todo esto, a la luz del presente, cuando las fronteras genéricas y el juicio estético se han tornado asuntos de serios debates en el seno de la ya maltrecha institución literaria, son cuestiones que requieren investigación rigurosa para precisar algunas de sus determinaciones.
Siguiendo con esta brevísima revisión crítica, Reinhard Teichmann investiga la narrativa después de la Onda, entrevistando a 21 escritores mexicanos. Igual que Brushwood, constata que el tema del movimiento estudiantil y de la matanza de Tlatelolco es sumamente frecuente en las obras de los mismos, aunque con valoraciones diversas: para unos fue un parteaguas histórico que condujo a la democratización y al pluripartidismo; para otros fue más que nada una ilusión y un evento catártico9. Teichmann da por sentada la existencia literaria de esta narrativa.
Desde una perspectiva sociológica de la literatura Sara Sefchovich estima que la matanza de Tlatelolco revivió la tradición crítica y totalizadora de la novela mexicana, porque obligó a replantearse preguntas de este tipo: “¿Cómo pudimos ocultar la verdad?, ¿en qué momento nos creímos la mentira del progreso y nos olvidamos de entender a México?”10. Sefchovich alude a la fractura de la continuidad histórica que se proyectó en la conciencia nacional de los actores sociales, como lo describe Monsiváis:
En unas horas el piadoso edificio de la seguridad se ha derrumbado. La comodidad de un país parecido al cuerno de la abundancia, la tranquilidad de saberse distinto al resto de Latinoamérica, se anulan ante esta estridencia de las ambulancias, ante el frío anudado en la contemplación de las fuerzas policiacas11.
Y la misma Sefchovich afirma:
Casi treinta libros se publicaron en los quince años inmediatamente posteriores al hecho y con las más diversas tendencias narrativas y posiciones ideológicas. Treinta libros que fueron novelas, documentos, testimonios y libelos (además de la poesía), que tocan el tema de modo directo12.
Y procede a mencionar títulos y autores, acompañándolos de breves comentarios. Diversidad también en géneros: testimonios, crónicas, teatro, poesía, novela, cuentos y, sobre todo, como lo señala Muñoz, ensayos y estudios críticos con el fin de explicar un acontecimiento histórico de carácter traumático en el devenir nacional. Sin embargo, hasta aquí, la dificultad para asumir, comprender y explicar los acontecimientos del 68, en cuanto expresión artística en la narrativa mexicana, se plantea fundamentalmente porque se mezcla y confunde, sin suficiente deslinde y análisis de las obras mismas, los contextos literarios y extraliterarios. No obstante, estos problemas de recepción y juicio crítico en cuanto a la literatura mexicana se han dado a lo largo de su historia, evidenciando la carencia de crítica especializada capaz de hacerse cargo, consistentemente, del estudio de la misma en cuanto campo de investigación disciplinaria, de acuerdo con el trazado de su tradición y sus especificidades. Esto no excluye, desde luego, la importancia de la crítica que los mismos escritores han hecho y hacen de la literatura, pero me estoy refiriendo obviamente a la crítica como un quehacer relativamente autónomo y con normatividad propia. No ha sido sino recientemente que se ha empezado a producir el estudio de los Contemporáneos. El fenómeno que se llamó de la Onda espera aún su precisión crítica y acomodamiento historiográfico, lo mismo que otras manifestaciones literarias que han creado problemas a la crítica en general, como la de las mujeres y la de otros sujetos sociales marginales. Por eso, resulta interesante el comentario que hace Héctor Manjarrez:
Me parece que en la literatura mexicana nunca ha habido verdaderas escuelas o tendencias. […] quizás haya habido epígonos de Altamirano, pero no pasaron a la historia como sus discípulos o iconoclastas. No conozco gutiérreznajeristas. No conozco gamboístas, los admiradores de Alfonso Reyes no escriben al modo del maestro. Lo grande de Mariano Azuela y de Rulfo es un filo al que sólo ellos se asomaron. Extraordinario como es Martín Luis Guzmán, al parecer nunca nadie pretendió escribir como él […]. Pese a que se formaron entre las dos guerras mundiales […] y celebraban a Los Nuevos, [los] Contemporáneos nunca se imaginaron que tenían algo que proponer a la gente o siquiera al ámbito literario en tanto grupo. […] Conozco jóvenes que empezaron a leer literatura y a escribirla porque leyeron a Arreola, Fuentes, […] pero no conozco escritores que escriban como esos autores13.
Aunque sólo se trata de una impresión, Manjarrez alude a un celo individualista que, para bien o para mal, oculta al “nosotros” y al “nosotras”, y así también la evidencia de ciertas manifestaciones literarias que, con base en la comunidad de horizontes epocales y de realidades objetivas, aportan la coherencia -mayor de la que a veces suponemos- del proceso literario nacional. Como sabemos, son la historia y la crítica literaria las que formulan y establecen dicha coherencia en términos del trazado de la tradición y de sus momentos de ruptura. Por estas carencias, es posible la lectura tan “individualista” que hace Manjarrez de la literatura mexicana. Según él, la misma no aparece como un proceso en el seno de una comunidad literaria, sino como la manifestación de singularidades, siempre en un vacío de referencias. No es necesario estar del todo consciente o escribir igual que... para que existan “verdaderas tendencias” o sistemas literarios en una época determinada.
De cualquier manera, el movimiento estudiantil del 68 y la matanza de Tlatelolco fueron un parteaguas histórico que en buena cantidad de la narrativa mexicana de los años 70 y 80 se representó como la fractura de la razón y de la imaginación utópicas en algunos de los escritores ya maduros de entonces y en la llamada Generación del 68. Por otra parte, en lo que parece haber acuerdo con respecto a la narrativa -incluyendo al cuento- posterior a dichos acontecimientos es en la diversidad de temas, en el empleo simultáneo de técnicas y en la pérdida de límites entre los géneros o formas discursivas como el ensayo, la crónica, el diario, cartas, memorias, alegorías, etc.14 Sin embargo, a propósito de la aparición de La región más transparente de Carlos Fuentes15, diez años antes, Pacheco ya consigna lo mismo:
Así como la ciudad se arrojaba sobre sus alrededores para devorarlos, la novela de Fuentes desbordó los géneros: cuento, ensayo, poema, crónica, reportaje, drama, biografía, eran elementos indispensables para abarcar una realidad que nadie había enfrentado en toda su amplitud, y que nadie realmente ha vuelto a enfrentar16.
El tema de la novela -dice Pacheco- era la revolución traicionada en el umbral de su cincuentenario, lo que enfrentó a su entonces joven generación con tina realidad vivida, pero no entendida. La publicación de la novela de Fuentes se anticipaba así a los movimientos sociales de los maestros, los ferrocarrileros y, desde luego, al movimiento estudiantil del 68. Si esta novela fue un parteaguas literario, que anunció lo que hoy podríamos llamar una nueva sensibilidad, también fue -como lo plantea el mismo Pacheco- una advertencia para “abrir los ojos”. La novela de Fuentes recrea ya el malestar social y político que años después se haría evidente para la ciudadanía. El boom literario duró apenas una década y en México coincidió con la heterogénea narrativa de la Onda, festín lúdico del lenguaje que, sin desaparecer, se iba a llenar de gravedad reflexiva en los años 70. Como observa Sefchovich, la Gene ración del 68 se obligó a volver los ojos —ya abiertos del todo— hacia México. Citando a Christopher Domínguez, Sefchovich estima que El apando de José Revueltas17 inaugura la narrativa del 68, de cuya existencia no duda tampoco esta crítica. Yo planteo, además, que con esa obra, tanto como con Hasta no verte Jesús mío y La noche de Tiatelolco de Elena Poniatowska 18, se inaugura en México también el postboom, en los términos que lo entiende Juan Manuel Marcos, crítico que lo fecha en 1974, con Yo, el Supremo de Augusto Roa Bastos:
Autores de la nueva generación, desmantelando la tradición borgiana, socavando el narcicismo pequeño burgués, parodiando el discurso establecido, carnavalizando la palabra hegemónica […] se encuentran hoy a la vanguardia de lo que provisoriamente se podría llamar el “posboom”, un movimiento en que convergen la restauración poética del conflicto lingüístico-cultural […] la reprobación cervantista de patrones establecidos [...]: más allá de las diferencias generacionales, estos nuevos autores comparten el compromiso para mostrar con un realismo sin simplificaciones, basado en el arte compilatorio del habla coloquial, ya la revolución antisomocista […] ya el callejón sin salida de la plutocracia bogotana que ha descrito Helena Araujo, ya la crisis interna del típico exiliado de los setenta que ha confesado con fuego y deslumbrante poesía callejera Mempo Giardinelli19.
Postboom, postvanguardia ahora postmodernidad, términos que operan como cajones de sastre para acomodar un fenómeno estético complejo y diverso que alude, ya en los años 70, en Latinoamérica, a la pérdida de referencias comunes en cuanto a principios éticos, estéticos y epistemológicos. El postboom, por las circunstancias subcontinentales, supuso no un regreso al realismo, lo que sería imposible, pero sí a la preocupación referencial y social en el quehacer literario, como también lo anota Sefchovich con respecto a los acontecimientos del 68 en cuanto a México. En la década del 70 se presentó, y no gratuitamente, la estelar manifestación de la novela de dictadores. Junto con Yo, el Supremo, aparecen, también en 1974, El Recurso del Método de Alejo Carpentier y, un año después, El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez. Asimismo se disparó la narrativa del exilio, producida por los escritores latinoamericanos que lo estaban padeciendo, muchos de ellos en México. Y, en el mismo país, a consecuencia de los hechos traumáticos del 68, se vivió una andanada represiva que congeló, entre otras cosas, aunque momentáneamente, la razón y la imaginación utópicas expresadas literariamente. De esto es de lo que me ocuparé más adelante. Y entiendo aquí por utopía, no lo quimérico irrealizable, ni el género literario que Tomás Moro fundó en 1516, sino, tal como lo define el latinoamericanista Horacio Cerutti, “La dimensión de la razón humana que tiene relación con la dimensión utópica de la realidad histórica. Aquí lo imposible es continuamente rebasado y la historicidad se hace patente en esta frontera móvil. Lo utópico proporciona conocimiento respecto de la realidad y su estructura valorativa interactúa con la cotidianidad. […] Constituye así el núcleo activo, especulativo y axiológico de todo proyecto y es el modo en que la esperanza se hace operacional respecto de la praxis” 20.
Por otra parte, el mismo Cerutti, a propósito de justificar el concepto acuñado por él, el de memoria comprometida, plantea lo que sigue:
La memoria implica olvido y es selectiva […] es un esfuerzo por mantener vivo el tiempo a la búsqueda de alternativas. Por eso comprometida. Porque esa memoria quiere ser responsable y compartida. Porque se sabe deudora de los esfuerzos de muchos […] Los muertos nos mandan. Sus sueños de vigilia siguen pendientes, son en parte los mismos nuestros […] La memoria es sólo activa y eficaz en el presente [...]. Sólo ejercida puede ser operante en la historia 21.
Carentes de memoria histórica no hay sujetos posibles y sin reconstrucción crítica y autocrítica de la propia historia es impensable augurar un futuro 22.
De acuerdo con los conceptos de utopía y de memoria comprometida, al modo en que los define Cerutti, y considerando también la frecuente alusión a la necesidad de recordar que se hace en los textos que tratan el tema del 68 y, en particular, el de la matanza de Tlatelolco, pareciera que esta producción literaria, entre otras funciones, se hubiera propuesto la de manifestarse justamente como una memoria comprometida. Esto se evidencia en “Memorial de Tlatelolco”, poema representativo de lo anterior, escrito por Rosario Castellanos, y del cual reproduzco los versos finales:
Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangra con sangre.
Y si la llamo mía traiciono a todos.Recuerdo, recordamos.
Esta es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,
sobre el resto amparado tras la máscara.Recuerdo, recordemos
hasta que la justicia se siente entre nosotros 23.
Pero también en los textos más cercanos a los hechos se recreó la experiencia traumática que se expresó, en muchos de ellos, como colapso de la razón y de la imaginación utópicas, en cuyos intersticios creció el sentimiento de impotencia junto con el resentimiento. La pulsión de muerte, que diría Freud, habitó la escritura literaria con las brutales imágenes de la matanza de Tlatelolco: imágenes de la violencia a exorcizar. ¿Catarsis? Seguramente, y más si recordamos a Aristóteles. En este caso, en la doble vertiente del autor-lector. Se trata de una de las funciones de la literatura, a condición, claro está, de que se cumpla dentro de sus principios estéticos. ¿Testimonio? ¿Crónica? También, sin duda, lo cual no resulta nada novedoso en la tradición literaria latinoamericana y, por lo mismo, en la mexicana. En nuestra América, la literatura se ha hecho cargo con bastante frecuencia de romper los silencios de la historia oficial; y esta función documentalista, a urgencias de las circunstancias objetivas de nuestros países, se ha cumplido en muchísimos casos con excelencia artística. Por lo tanto, nada tiene de raro también que, en gran parte de la narrativa del 68, la matanza de Tlatelolco se reitere o sea la clave de la elaboración literaria, lo que para algunos críticos se ha valorado negativamente, o suscite la necesidad de separarla del resto de la producción del 68. Y aun resulta menos raro si, primero, consideramos que la responsabilidad por este dramático acontecimiento y la cantidad de muertos que tuvo por consecuencia nunca fue esclarecida. Aún hoy, como sabemos, no cejan los esfuerzos por lograr que se abran los archivos del 68. Y, segundo, que sin la brutal represión que supuso aquella matanza, el movimiento estudiantil del 68 no se habría estampado traumáticamente en la memoria colectiva, ni se hubiera constituido real y simbólicamente en un parteaguas histórico. Por todo ello, a la manera de las condensaciones metonímicas, no me parece tan improcedente, como lo he hecho en otros trabajos sobre la narrativa del 68, denominarla también narrativa tlatelolca, aludiendo al desenlace trágico de dicho movimiento en Tlatelolco, independientemente del tratamiento directo o no de la matanza en algunas de las obras mismas 24.
La literatura, en tanto manifestación vital y creadora de los seres humanos y de sus culturas, se comporta no pocas veces como necesario exorcismo o conjuro del mal. Esto sucede en mucha de esta narrativa, incluyendo, por supuesto, el cuento, aunque éste requiere todavía un mayor trabajo antológico para su mejor investigación o, si se quiere, para tratarlo como un conjunto específico en torno al 68 dentro de la narrativa mexicana contemporánea. Además, muchos de los textos que pueden considerarse así forman parte de un conjunto dentro de obras estructuradas relacionalmente como un todo unitario. No obstante, dichos textos pueden desgajarse y leerse independientemente. Esto puede apreciarse en libros como Chin Chin el teporocho de Armando Ramírez 25 o en De Zitilchén de Hernán Lara Zavala 26. También en la obra de la que me ocuparé inmediatamente, Nueva Utopía (y los guerrilleros) de René Avilés Fabila 27. Algunos de los títulos de los textos que la componen son “La antesala de la muerte (cuento rosa)”, “Sangre y sonido”, “El nuevo arte”, “Sociología de la represión”. “Análisis beneficio-costo de la represión”, “El gólem patriótico o la cibernética al servicio del Estado”, “El profeta en huaraches”. Una vez leída la obra, y ya desde la dedicatoria, el título se revela irónicamente como lo contrario de lo que propone. Se trata en realidad de la exposición de una anti-utopía de carácter satírico, con intenciones “subversivas”, planteada además como el programa político, económico y cultural del gobierno de México, cuyo nombre aparece sustituido en el libro por el de Nueva Utopía. Esta obra muestra algunas singularidades con respecto a la narrativa del 68 o tlatelolca. Lo más relevante es el tratamiento humorístico de acontecimientos desgarradores, con base en recursos del absurdo y del grotesco. La búsqueda del efecto cognoscitivo y ético en los lectores pasa estéticamente por la exageración esperpéntica. En este sentido, Nueva Utopía... es el antecedente del tratamiento semejante que de la matanza de Tlatelolco hizo Fernando del Paso en el capítulo 24 - “Palinuro en la escalera o el arte de la comedia”- de Palinuro de México, premio Novela México 1975, publicado en España en 1977 y en México en 1980 28.
Otra de las singularidades de Nueva Utopía..., planeada a pesar de su fragmentación como totalidad, es que en su construcción textual participan autores “invitados”, como Gonzalo Martré, José Joaquín Blanco o Rosario Casco; así también Augusto Ramírez, quien, a modo de comics, ilustra gráficamente la historieta “¡Ahí vienen los tanques! (o el caso de los “espías pautados”)”; o Gerardo Gally y Jorge Argüello, quienes dibujan los planos del proyecto que acompaña al texto “Sobre la manera de evitar el allanamiento de morada, tan común en la mayor parte de los países de América Latina y ahora en boga en Nueva Utopía”. Por otra parte, el libro está constituido por textos de diversas formas discursivas, como cuentos, notas periodísticas, arengas, ciencia-ficción, teatro fársico, exposiciones sociológicas y económicas, etc., que satirizan también los discursos de tipo disciplinario, abundando en la ironía, el absurdo y el sarcasmo extremo. Como otros narradores del 68, Avilés Fabila parece ser un representante anticipado de la estética posmoderna en México, ya que rompe cualquier límite genérico en lo literario, tal y como, de acuerdo con su tema, y en otro orden de cosas, el gobierno los traspasó sociopolítica y éticamente con respecto al movimiento estudiantil. Acontecimientos que al desbordar los límites razonables se proyectaron demencialmente en una escritura de excepción como Nueva Utopía..., Al cielo por asalto de Ramos, Con él, conmigo, con nosotros tres de María Luisa Mendoza 29 y otras obras.
Así pues, como en la trayectoria del mismo movimiento estudiantil del 68, también en el texto de Avilés Fabila nos enfrentamos al tránsito violento de la esperanza y de la utopía social a la anti-utopía que programan, desde el gobierno, la muerte y la locura, paradójicamente como proyecto político de salvación nacional. Ante el despropósito del Estado, estalla el despropósito de la composición y de la escritura literaria. Entonces, ¿en qué consiste la supuesta unidad de la obra? La unidad de estos muy heterogéneos textos se establece en torno al juego de irradiaciones semánticas del título que los reúne, cuyo núcleo es la noción de utopía en sus diferentes acepciones, tal y como las indica Horacio Cerutti, pues fundamentalmente, con todo y la relevante carga del género literario tradicional, implica también, en el presente de la realización textual en México, el deseo de cambio y el desarrollo del pensamiento racional humanista, políticamente liberal o socialista. En Nueva Utopía... el trabajo de composición se estructura, implícitamente, alrededor de “lo que debió ser y no fue, pero aún puede ser peor”, una vez rebasados por los hechos, el discurso y la racionalidad utópica del movimiento, debido a la irracionalidad de las prácticas de gobierno. O, de otra manera, se estructura en torno a la inversión, hasta llegar a lo aberrante, del sentido de las obras utópicas tradicionales, para mostrar, en primer lugar, su lado oscuro: los “monstruos” de la razón de Estado y la paradoja del deseo en cuanto a los intentos de transformación revolucionaria (los guerrilleros “ilustrados”). Así, por la mediación utópica, en México la realidad se ha convertido en alucinación y la utopía, como dimensión ética de la razón y la imaginación humanas, tanto en su larga trayectoria de actualizaciones históricas como en el caso del género literario mismo, sólo ha venido a ser un discurso al cual el narrador -expositor “ilustrado” del proyecto de Nueva Utopía- responde con un remedo grotesco del mismo: patético humorismo de color negro 30.
El procedimiento narrativo del grotesco, abundante en imágenes y caracterizaciones esperpénticas, da cuenta en el ámbito de lo nacional de la invasión de contenidos irracionales y siniestros: de la misma forma, en el ámbito de las conciencias de los gobernantes y los gobernados, mediados por la brutalidad del aparato militar. El autor implícito de Nueva Utopía.., organiza el texto de forma fragmentaria, yendo y viniendo por la historia de represión y violencia que en México se había venido dando contra los movimientos sociales y guerrillas de campesinos, para contextualizar y aludir, asimismo, a la matanza de Tlatelolco. El primer cuento del texto, en tres partes, lleva por título “Los guerrilleros”. Ubicado en los cerros guerrerenses, “Después de la matanza de 1968” (p. 12), los militares se enfrentan, por orden de las autoridades, a una antigua guerrilla, con el fin de aniquilarla. El coronel al mando dispara “la bengala que lanzaría a sus hombres al combate” (p. 12) una vez localizado el enemigo. Después de la matanza, comprueba que no se trataba de la guerrilla, sino de un campamento de “imbéciles boy-scouts” (p. 16), y de que “la bazuka famosa, de la que tanto hablaron los indignados periodistas, en realidad fuera un telescopio” (p. 16). En el cuento, es evidente la transposición a Guerrero de los hechos que marcaron los inicios del movimiento estudiantil mexicano y de su desenlace trágico. El segundo cuento, “La antesala de la muerte (cuento rosa)”, muestra cómo Marcos, entristecido por la muerte de su esposa Cecilia, desea quitarse la vida. Al toparse con un grupo de estudiantes que manifestaban contra el gobierno toma una pancarta con la efigie del Che Guevara y se integra a la marcha: Marcos había encontrado la forma de morir. En “El nuevo arte”, un narrador experto da cuenta del nuevo capítulo de la Estética: el arte de la represión. En “La metamorfosis”, el ministro del Interior amanece convertido en pistolero y decide acabar “con los jóvenes rebeldes que ponían en jaque al gobierno legítimo y constitucional” (p. 77). Para ello, va “al garage en busca de un buen caballo y montándolo lo hizo andar rumbo a la oficina del sheriff” (p. 77). Así pues, lo vemos inmerso en una secuencia fílmica de vaqueros, cuyo desenlace es la destitución de su cargo. Sin embargo, el narrador nos hace saber “que aún era útil al régimen: su revólver tenía varias muescas: mató veintiún estudiantes sin contar guerrilleros ni campesinos” (p. 80).
Entre muy diferentes textos y facturas discursivas, aparecen otros tantos cuentos, como “De secuestros y uno que otro sabotaje”, “Jardín de Flores” (en colaboración con José Joaquín Blanco), “El diputado feliz” o “El accidente”, que, como los comentados anteriormente, se refieren directa o encubiertamente al enfrentamiento de las “fuerzas del orden” —nueva utopía— contra los estudiantes en 1968 —la vieja utopía—. Del aciago resultado de este conflicto, surge, como en muchos de los textos de la narrativa tlatelolca, la fractura de la conciencia que obstruye también el flujo de la razón y la imaginación utópicas, mas no la memoria de los hechos que en este conjunto de obras se transforma, a modo de respuesta literaria, en la memoria comprometida de un sector nacional, independientemente del desencanto y el pesimismo concomitantes que, en general, domina el tono afectivo de dicho conjunto.
Nueva Utopía... se abre con una introducción, que supone la continuidad de un discurso oficialista, a cargo de un disparatado científico social que explica a su audiencia el nuevo proyecto de nación después de 1968. Mediante esta estrategia narrativa se hace posible representar una oratoria militar, política, económica y cultural satirizada. Incluso, como en lo citado a continuación, jugar irónicamente con las explicaciones especulativas que Octavio Paz ofreció en Posdata 31 sobre la matanza estudiantil, y que subrayo:
...Y Nueva Utopía que estuvo a punto de ser potencia, ahora padece uno de los subdesarrollos más notables del planeta; sin embargo parece feliz, señores, pues ha eliminado los riesgo que entraña ser altamente rico: primero molestar vecinos, presionarlos, luego quitarles terreno y convertirlos en proveedores de materias primas; más adelante, en la medida en que su poderío crece, comienza a intervenir en el resto del continente y por último se mete en los asuntos de todos los pueblos del mundo, incluso mediante acciones armadas, criminales: un ejemplo típico son los Estados Unidos, el mayor imperialismo y el más cruel de cuantos han existido; pero como decía, tal país vislumbró el peligro y concluyó, luego de una reunión entre el gobierno y el partido oficial, que no se desarrollaría más para evitar otra matanza para la humanidad, en verdugo de la paz, y aquí es fácil encontrar una profunda filosofía política del sacrificio que hasta hoy no se dio en ninguna época ni en ninguna parte, pero también hallamos el poderoso control que los citados organismos ejercen sobre la base popular, y entonces las medidas de Estado inteligentes (muy pocas) fueron trocadas por unas que gracias a su imbecilidad hicieron retroceder el progreso económico y el ritmo de producción naturales: construyeron barcos de plomo, escuelas sin maestros, expropiaron las compañías nacionales (tres o cuatro) y las entregaron a sus legítimos dueños: los consorcios norteamericanos, inauguraron puentes que se derrumbaron al paso del primer transporte, los políticos se enriquecieron descomunalmente, pusieron aeropuertos donde jamás hubo aviones, etcétera; la consigna presidencial, que ilustra bardas y muros, es contribuir al hundimiento y fortalecer la pobreza y la ignorancia, y cuando llegan las elecciones obtienen el triunfo los candidatos más demagógicos, farsantes y ladrones, pero señores, el país sabe del gran papel histórico que le ha tocado en suerte jugar y espera —tiene confianza— en que su ejemplo sea imitado por otras naciones ricas o en vías de serlo; aunque no todo es jauja: dos problemas no han sido eliminados: la aparición de grupos opositores de extrema izquierda que desean solucionar las cosas de manera distinta a la sugerida y aplicada por las autoridades burguesas, y el turismo, cada vez mayor, de gringos que desean ver —y fotografiar— cómo vive feliz un pueblo sin camisa, a base de oratoria barata y un poco de pan patriótico, y así se presenta el círculo vicioso: el Estado elimina a sus enemigos, cosa lógica si quiere mantenerse en el poder, y organiza, manu militari, matanzas sistemáticas de rebeldes, principalmente en las ciudades, que los visitantes festejan como un espectáculo más del folklore que el sitio ofrece a los extranjeros; tal fenómeno provoca una fuerte entrada de dólares y hay necesidad de incrementar los derroches económicos; todos, o buena parte al menos, colaboran gustosos en la peculiar tarea, esperando recibir el Premio Nacional que anualmente concede el presidente a los que pusieron mayor empeño en liquidar al país; sí, amable concurrencia: el prestigio de Nueva Utopía crece (pp. 7-8, el énfasis es mío).
Sin embargo, frente a lo incomprensible no sólo Paz sino también un escritor tan marcado por el materialismo histórico de carácter marxista como José Revueltas apeló a la imaginación mágico-religiosa para recrear, arquetípicamente, la noche de Tlatelolco en “Ezequiel o la matanza de los inocentes” 32. Y es que aquellos jóvenes estudiantes de entonces conmovieron la conciencia pública al enfrentarse a Goliat por la democratización del país. Para conmemorar los treinta años del movimiento estudiantil se acaba de publicar el libro 1968: el fuego de la esperanza, y su autor, Raúl Jardón, refiriéndose a quienes lo constituyeron y sostuvieron dice que fue “una de las generaciones mejores en la historia reciente del país” 33.
En el libro de Avilés Fabila, alrededor de los textos que a manera de cuentos narran, directa o indirectamente, los acontecimientos traumáticos del 68, aparecen otros de carácter expositivo, aunque satíricos, que los explica en términos del desarrollo de un proyecto demencial de nación, formulado en general como nueva utopía en el país Nueva Utopía. En ellos se alude a un futuro cada vez más miserable, con base en lo que ya, desde entonces, parece advertirse como la emergencia del actual neoliberalismo. En torno a un proyecto “anti-utópico”, que no toma en cuenta a los seres humanos, sino, únicamente, al funcionamiento económico, independientemente de toda consideración política, social y cultural, puede surgir cualquier clase de comercialización, incluso al absurdo, como ésta:
La Oficina de Turismo, presidida por un expresidente de la república, ha decidido lanzar una campaña para atraer divisas y que el país siga en condiciones de pagar los elevados sueldos de los funcionarios públicos y responda tranquilamente a sus desmedidos hurtos, creando la compañía Sangre y Sonido, que aprovechará las improductivas masacres estudiantiles (tipo Tlatelolco o diez de junio), los asesinatos de líderes populares y rebeldes al orden establecido, convirtiéndolos en fuentes de ingresos (p. 23).
En el anterior fragmento de “Sangre y sonido” (texto escrito en colaboración con Gonzalo Martré), se aprecia también la alusión referencial a las Olimpiadas de 1968, pues fue entonces que se instaló el espectáculo de “Luz y sonido” en las pirámides de Teotihuacan, para mayor atractivo de los turistas. Por otro lado, en “El nuevo arte”, el narrador irónico, en su papel de especialista, explica lo siguiente:
Hoy la Estética tiene un nuevo capítulo: el arte de la represión. Y sin duda pronto aparecerán análisis sobre sus orígenes, sus transformaciones, su validez, sus grandes intérpretes y sobre su prolongación al futuro. Los pioneros de este arte han sido autodidactas, personas que se formaron a sí mismas utilizando elementos dispersos por el mundo y tan antiguos como el homo sapiens: la tortura, el asesinato, las cárceles, el terror.., y basándose en dos grandes modelos: la Santa Inquisición y el nazismo. Igual que la mayor parte de las actividades artísticas, explican los enterados, sólo un pequeño grupo practica el arte de la represión y de otra manera no puede ser: no todos tienen sensibilidad para ello, En fechas no remotas será normal toparse con frases así: El general Te, jefe de la Policía Secreta, hombre dotado de enorme virtuosismo: es capaz de torturar él sólo a dos personas simultáneamente y a ambas sacarle sus secretos y algo más. O como ésta: Los soldados demostraron un talento nato y una destreza sin paralelo en el arte de masacrar estudiantes (p. 83).
Nueva Utopía..., en tanto discurso literario, instaura su propio mundo, no sujeto a verificación, aunque dice algo sobre el mundo y se inserta en él por la vía de otras series discursivas. Comento esto porque uno de los aspectos que conduce al efecto estético, en este caso, a pesar de la fragmentación y de la diversificación genérica plasmada en la praxis literaria, es el modelo literario de la utopía que, constitutivamente, supone una forma particular de conocimiento y de valoración sobre la realidad. Ahora bien, la estrategia narrativa que domina la obra es el manejo satírico-grotesco de la utopía, es decir, la deformación del modelo que conduce la práctica literaria, lo cual cuestiona la vigencia tanto del orden histórico-social como el modelo discursivo mismo. La obra se cierra con un texto explicativo, que es la continuación del que la abre, donde el autor implícito comenta sobre la composición de la misma y sobre el destino de su autor:
el volumen —mezcla de cuento, ensayo, sociología apócrifa, nota periodística— fue editado y semanas más tarde, junto con la repulsa de las personas heridas, provocó las sospechas policiacas y un día la puerta de su casa —que no era tan sólida como el autor hubiera deseado— cayó estrepitosamente al paso de los agentes del servicio secreto (SS): queda arrestado: ¿la causa?: en las páginas de su libro decía que una empresa poseía planes para volatilizar al sistema reaccionario; fue presionado para que confesara cuáles eran y dónde estaban esos siniestros documentos y dijera quién capitaneaba a la nefasta compañía que conspiraba contra los poderes legítimos; el escritor explicó que pertenecían a la ficción literaria y que de existir tales planes estos deberían estar en manos de militantes capaces y bien organizados y no dentro de una obra destinada a caricaturizar a la política subdesarrollada y cuya finalidad era darle al humorismo un amplio sentido social; sin embargo no le creyeron: él ocultaba a toda una organización poderosa que amenazaba a la estabilidad nacional, trabajosamente obtenida por los distintos gobiernos “emanados del pueblo”; y entonces, René Avilés Fabila, pasó una temporada a la sombra donde puso en duda los aspectos utópicos de su libro más reciente, pues el haber despertado reacciones suspicaces en ciertos lectores y la inquietud de los brutales servicios represivos, lo obligaban a creer que Nueva Utopía era una pavorosa realidad y no un producto de la fantasía... (pp. 169-170).
En la cita puede apreciarse el uso de la palabra utopía como quimera, ilusión, fantasía, para subrayar que el absurdo anti-utópico que Avilés Fabila ha escrito no supone eso, sino “realismo” crítico, pero pasado por el humor negro de un literato que, como individuo, se siente rebasado por las circunstancias mismas. Igualmente, en el fragmento citado —que además es también el final de la obra—, el narrador, ahora en el papel de observador distante, habla en la tercera persona del autor empírico: Avilés Fabila, situado como personaje-escritor de Nueva Utopía..., que denuncia la irracionalidad del gobierno y la de los grupos políticos “forma dos por escritores y pintores esnobs” (p. 169), todos ellos incapaces de captar la finalidad del libro: “caricaturizar a la política subdesarrollada” y “darle al humorismo un amplio sentido social”. Esta estrategia narrativa del autor implícito supone curarse en salud, adelantándose a la crítica de la misma comunidad intelectual y literaria a la que pertenece, cuestionándola al mismo tiempo por su falta de compromiso social, que redunda en la complicidad tácita con la irracionalidad del gobierno represor. El narrador deslinda a Avilés Fabila de esta complicidad, afirmando además que sus ideas políticas son contrarias a las oficiales. Así pues, con este giro estratégico, se restaura el poder epistémico, ético y estético del modelo discursivo utópico tradicional que la obra misma ha satirizado. De este modo, como en casi toda la narrativa del 68, detrás del colapso de la razón y de la imaginación utópicas, éstas vuelven a legitimarse con el hecho de la escritura crítica y de denuncia misma. Por esto, me atrevo a proponer que esta producción narrativa, síntesis imaginaria de redes discursivas y de sentidos, opera literariamente como discurso ritual —y por ello simbólico, ajeno a la correspondencia documental con el objeto al que hace referencia—, a la manera de un exorcismo contra el mal: en este caso, la violencia represiva y sus efectos consecuentes de indiferencia y olvido.
Sin embargo, esto no excluye que desde 1968 hasta ahora no se haya agravado el pesimismo que hace pensar también en la pérdida de la energía utópica, que requiere, para subsistir, de la esperanza capaz de concebir futuro. Es por ello que recientemente Manjarrez ha dicho: “El futuro ya no existe como deseo. Los jóvenes mismos le temen al futuro” 34. Y también Margo Glantz ha emitido esta señal de alerta:
De la misma manera que en la Colonia los distintos grupos debían estar perfectamente separados para garantizar un orden social […] ahora se ejerce un control cada vez mayor creando sistemas nacionales —de la investigación o de la creación— que catalogan y ordenan dentro de compartimentos estancos a quienes producen o interpretan la cultura. […] Por ello, sin ser aparentemente represor el Estado, todas las manifestaciones culturales […] sufren un proceso rígido de supervisión […] ¿Estamos ante un nuevo rostro del fascismo? Daría la impresión de que ésa es la tendencia global 35.
Pero aún así, sabemos que en la anti-utopía crecen de nuevo la razón y la imaginación utópicas, que son constitutivas y por lo mismo irrenunciables de la capacidad deseante de los seres huma nos. Y también que, en el aparente olvido, retoña la memoria comprometida que augura futuro. Por eso estoy de acuerdo con Alfredo Pavón cuando pide que no nos confundamos y expresa:
Aunque ajena a un programa, distante a modas y movimientos, la obra de nuestros escritores funda visiones coincidentes sobre la realidad. No puede ser de otra manera pues el ejercicio literario jamás aspira a lo caótico, aunque utilice dicho maquillaje en su afán de aprehender a una sociedad que, desde el movimiento estudiantil de 1968 hasta el gran fracaso social y económico del neoliberalismo y su proyecto de globalización económica, aspira, desde sus bases mayoritarias y democráticas, a corregir la fragmentación y la dispersión de lo humano provocadas por las ambiciones de los grupos políticos 36.
Sin duda, nunca hemos estado más conscientes de la dualidad —también constitutiva— de la circunstancia humana, de la lucha entre el bien y el mal, que es la Historia, según Alejo Carpentier; por eso también la imaginación literaria configura utopías y anti-utopías, ampliando los márgenes para pensar la realidad. Y todo esto lo sintetiza poéticamente Carlos Fuentes:
La literatura se ha vuelto excéntrica respecto a las verdades centrales de la sociedad moderna, porque la literatura es rito en llamas que introduce a Dios con el Diablo y al Diablo con Dios. El plumaje angelical crepita y se incendia. Pero los cuernos diabólicos, también, se convierten en luminosa aureola 37.
Notas:
1 Federico Patán: “Manifestación de silencios y el 68” en Contrapuntos. México, UNAM, 1989. p. 73.
2 Arturo Azuela: Manifestación de silencios. México, Joaquín Mortiz, 1979.
3 Evodio Escalante: Tercero en discordia. México, UNAM, 1982. p. 86. Escalante se refiere en este caso a la novela Al cielo por asalto (México, Era, 1979) de Agustín Ramos.
4 Mario Muñoz: “El cuento mexicano en el contexto de la Generación del 68” en Armando Pereira y otros: Hacerle al Cuento (La ficción en México). Ed., pról. y notas de Alfredo Pavón. Tlaxcala, UAT/INBA/CNCA, 1994. p. 190.
5 Ibid.p.1
6 John S. Brushwood: La novela mexicana 1967-1982. México, Grijalbo, 1985. pp. 17-18.
7 Luis González de Alba: Los días y los años. México, Era, 1971.
8 Elena Poniatowska: La noche de Tlatelolco. México, Era, 1971.
9 Reinhard Teichmann: De la Onda en adelante. Conversaciones con 21 novelistas mexicanos. México, Posada, 1987. pp. 34-35. Aunque de manera diferente, esta diversidad de actitudes también la advierte Teichmann con respecto a las tendencias líberacionistas femeninas que propició el movimiento estudiantil del 68, las cuales informaron posteriormente a los movimientos de carácter feminista, con los que casi ninguna de las escritoras entrevistadas se identifica.
10 Sara Sefchovich: México: país de ideas, país de novelas. Una sociología de la literatura mexicana. México, Grijalbo, 1987. p. 217.
11 Carlos Monsiváis: Días de guardar. México, Era, 1970. p. 224.
12 Sefchovich: México: país de ideas... p. 216.
13 Héctor Manjarrez: “Las rutas de lo nuevo: ayer y hoy” en José Emilio Pacheco y otros: Simposio presente y futuro de la literatura mexicana, memoria. Coord. de Julio Ortega y Dante Medina. Pról, de Carlos Fuentes. Guadalajara, Universidad de Guadalajara/Lotería Nacional para la Asistencia Pública, 1993. pp. 132
14 Lauro Zavala: “Humor e ironía en el cuento mexicano contemporáneo” en David Huerta y otros: Paquete. Cuento (La ficción en México). Ed., pról. y notas de Alfredo Pavón. Tlaxcala, UAT/UAPIINBA, 1990. Zavala muestra como rasgo caracterizador del cuento mexicano contemporáneo, también, la presencia del humor y de la ironía, y comenta que “mientras mayor es la presencia en estos textos del humor y la ironía, más lejos están del cuento como un género cerrado, siempre igual a sí mismo y susceptible de ser englobado bajo una única e inalterable definición” (p. 179). Lo dicho por Zavala se ajusta perfectamente a los textos-cuentos que componen en gran parte Nueva Utopía (y los guerrilleros) de René Avilés Fabila, a los que me referiré en este trabajo, así como también a la obra en su totalidad, que reúne gran variedad de modalidades genéricas.
15 Carlos Fuentes: La región más transparente. México, FCE, 1958.
16 José Emilio Pacheco: La primera novela de Fuentes” en Pacheco y otros: Simposio presente y futuro de la literatura mexicana, memoria. p. 23.
17 José Revueltas: El apando. México, Era, 1969.
18 Elena Poniatowska: Hasta no verte Jesús mío. México, Era, 1969.
19 Juan Manuel Marcos: De García Márquez al postboom. Madrid, Orígenes, 1986. p. 11.
20 Horacio Cerutti: “¿Teoría de la utopía?” en Fernando Ainsa y otros: Utopía y nuestra América. Coord. de Oscar Agüero y Horacio Cerutti. Ecuador, Abya-Yala, 1996. p. 95.
21 Horacio Cerutü: Memoria Comprometida. Costa Rica, Universidad Nacional- Departamento de Filosofía, 1996. p. 12. [El énfasis es mío].
22 Ibid. p. 162.
23 Rosario Castellanos: Poesía no eres tú. Obra poética 1948-1971. México, FCE, 1972. p. 288.
24 Aralia López González: “La narrativa tlatelolca” en Signos. México, UAM-I, 1997. pp. 335-350. “Agresión y regresión en la narrativa tlatelolca” en Edmundo Valadés y otros: Cuento contigo (La ficción en México). Ed., pról. y notas de Alfredo Pavón. Tlaxcala, UAT/INBA/CNCA, 1993. pp. 37-53. “Quebrantos, búsquedas y azares de una pasión nacional. (Dos décadas de narrativa mexicana: 1970 y 1980)” en Revista Iberoamericana. Pennsylvania, The University of Pittsburgh-Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, julio-diciembre de 1993. Vol. LXI. Núms. 164-165. pp. 659-686.
25 Armando Ramírez: Chin Chin el teporocho. México, Novaro, 1971.
26 Hernán Lara Zavala: De Zitilchén. México, Joaquín Mortiz, 1981. De Zitilchén. “Zitilchén, un pueblo enclavado en la imaginación” por Silvia Molina. México. CNCA, 1994. [Edición aumentada].
27 René Avilés Fabila: Nueva Utopía (y los guerrilleros). México. “El Caballito”, 1973.
28 Fernando del Paso: Palinuro de México. Madrid, Alfaguara, 1977. Palinuro de México. México, Joaquín Mortiz, 1980.
29 María Luisa Mendoza: Con él, conmigo, con nosotros tres. México, Joaquín Mortiz, 1971.
30 El humor, la ironía, el sarcasmo, son modalidades intelectuales o de representación como el grotesco, en extremo críticas y cuestionadoras de situaciones humanas y del orden social. Lo grotesco es un recurso muy frecuentado en la tradición artística mexicana. Basta recordar, en la plástica, a Posadas, cuyas “muertes” son recreadas literariamente en el capítulo 24 de Palinuro de México de Del Paso. Este recurso también se aprecia en algunas de las mejores novelas de la Revolución Mexicana y en las parodizaciones de Jorge Ibargüengoitia o en buena parte de la obra de Rosario Castellanos o en las de José Revueltas, como Los errores (México, PCE, 1964), El apando, etc.
31 Octavio Paz: Posdata. México, Siglo XX, 1970.
32 José Revueltas: Material de los sueños. México, Era, 1979. El cuento “Ezequiel o la matanza de los inocentes”, según consta en la recopilación Narraciones sobre el movimiento estudiantil de 1968, fue escrito por Revueltas en la cárcel preventiva de México, en octubre de 1969. José Revueltas y otros: Narraciones sobre el movimiento estudiantil de 1968. Sel. de Marco Antonio Campos y Alejandro Toledo. Pról. de Marco Antonio Campos. Xalapa, Universidad Veracruzana, 1986. p. 25.
33 Cfr. La Jornada. México, 19 de marzo de 1998. p. 27.
34 Manjarrez: “Las rutas de lo nuevo: ayer y hoy” en Pacheco y otros: Simposio presente y futuro de la literatura mexicana, memoria. p. 135.
35 Margo Glantz: “¿Qué nos depara el milenio? o Transformaciones de la imagen de la modernidad en posmodernidad” en Ibid. p. 156.
36 Alfredo Pavón: “Prólogo” a Luz Elena Zamudio Rodríguez y otros: Vivir del Cuento (La ficción en México). Ed., pról. y notas de Alfredo Pavón. Tlaxcala, UAT/INBA/CNCA, 1995. p. xi.
37 Carlos Fuentes: “Las formas de lo nuevo en la narrativa de hoy” en Pacheco y otros: Simposio presente y futuro de la literatura mexicana, memoria. p. 17.
*Aralia López González. “Otra vez la narrativa Tlatelolca (René Avilés Fabila y su Nueva Utopía)” en Cuento y figura (La ficción en México). Edición, prólogo y notas de Alfredo Pavón. Universidad Autónoma de Tlaxcala. Serie Destino Arbitrario 17. México, D. F., 1999. Páginas 213-234.