En este país en que aún sobreviven; como telúrica herencia, los sacrificios humanos (en la política, en el arte, en la literatura y en la vida diaria); en que florecen el amiguismo, el ninguneo, los clanes ilustres, mediocres y hasta los ridículos, en este país del ninguneo, del silenciamiento y del complejo de Caín (como dijera el gran pintor Manuel Rodríguez Lozano); en este país que mezcla a su gran riqueza de tradiciones y de culturas aún inexploradas en toda su amplitud la simulación, la improvisación, la solemnidad, toda clase de dogmatismos y la falta de capacidad de asombro, escritores, hombres y hombres de letras (son dos cosas diferentes que a veces se unen) como René Avilés Fabila, causan asombro y son dignos de público reconocimiento y de homenaje. No voy a referirme en estas líneas a sus cualidades literarias, de cuya magia y de cuyo rigor ya he tenido la oportunidad de hablar comentando, en el suplemento cultural de Excélsior, dos o tres de sus últimos y magníficos libros. Los críticos especializados ya lo han hecho y seguirán haciéndolo, porque este escritor siempre provocará apasionadas opiniones, discusiones, elogios muy justos y también, claro, hasta denuestos. Lo que nadie puede negar es que se trata de uno de los más brillantes y de estilo más personal, en nuestra narrativa actual. También de los más modernos, no en el sentido de esa vanguardia que pronto se convierte en momiza, sino porque todas sus antenas intelectuales y emotivas vibran al compás de la vida presente y futura, sin estancarse nunca en el pasado. Por joven que sea, y él lo es, también tiene ya un pasado literario en el que no se refugia para envolverse en esa nostalgia asesina de otras inteligencias menos lúcidas.
Formalmente, el Diccionario de los homenajes, escrito por René Avilés Fabila y editado por Plaza y Valdés con estupenda portada de José Luis Cuevas, es una recopilación de artículos escritos para distintos diarios y revistas, especialmente para Excélsior, a través de varios años, Pero su importancia reside, principalmente en el ejemplo magnífico que representa de antisolemnidad, de capacidad de asombro y de admiración ante la obra ajena (así sea la de un posible o real enemigo literario), así como de antininguneo, de liberación de cualquier clan moralmente castrante y de toda actitud que no sea la más grande honestidad para juzgar la obra ajena con una libertad que a algunos parecerá cinismo tal vez, o máscara puesta sobre la propia vanidad. Así de insólita es la conducta de René, que no se somete a ortodoxias momificadoras tan abundantes en la literatura, que admite los valores estéticos de otros, si son auténticos, aunque no los comparta. Fiel a sus amigos de adolescencia y de juventud no empaña, a pesar de ello su sentido crítico en momento alguno. De la misma manera es capaz de reconocer; limpiamente, sin regateos, el mérito de quienes no están de acuerdo con él.
Lo más curioso, mejor dicho, lo más asombroso, es que ni sus testimonios ideológicos y políticos, como hombre comprometido con la causa de la justicia, y de la libertad, disminuyen la calidad de lo que escribe, ni lo convierte en libelo o en pancarta y aunque él mismo piense que algunos de sus capítulos pueden decrecer literariamente en cuanto son testimoniales o anecdóticos, la verdad es que en todo momento conservan una dignidad profesional envidiable y un lenguaje que, si gracias a Dios no es académico, dista mucho de llegar a convertirse en iconoclasta. De René podriamos más bien decir ecuménico, no en lo que escribe, sino en sus juicios sobre los escritos ajenos. Tampoco nadie piense ni se atreva a afirmar que es ecléctico pues habría que recordar lo que afirmaba José Bergamín, el gran disparatario: “También yo soy ecléctico, le dijo el basurero a la ensaladera” y la verdad es que René, simplemente, sencillamente, posee un espíritu puro. No ingenuo ni cándido, sino simplemente incontaminado de envidia, de prejuicios, de apego a modas, de simulaciones.
Me sería imposible referirme a todos los homenajes de este libro que habrá de crecer y multiplicarse al paso de los años. Pero no puedo evitar mencionar la emoción magnífica que me produjeron algunos de sus capítulos el dedicado a Bonifaz Nuño, santo laico de nuestra cultura, el que manifiesta su amoroso apego a la literatura fantástica, los que muestran su admiración a Ambrose Bierce, a Wilde, y también a Alfaro Siqueiros y a Borges. Y ni hablar del que dedica a José Luis Cuevas, que con su amistad y su estímulo se ha convertido, además, de pintor non, en estupendo escritor. Qué bella amistad durante años entorpecida por distanciamientos provenientes de aquella famosa “mafia” literaria que también tuvo, sus excelencias y su importancia.
El sentido del humor y la punzante crítica de René brillan en capítulos como el que establece las “reglas” para “escribir una novela y convertirla en bestseller”, y luego las páginas en que da la lección “Para conseguir un editor” y para publicar una novela.
Bellos conceptos los dedicados a Arreola, a Rulfo, a otros amigos suyos de toda su vida. También el reconocimiento a Mortiz, y tantas otras páginas en que uno se siente confortado por la honestidad y, repito, la capacidad de asombro y de afecto de este hombre, de este escritor que, por lo demás, en sus novelas amorosas, tiene páginas deslumbrantes. Y a pesar de todo, continúa siendo humilde. La humildad de los vanidosos, dirán algunos. No, la que tenía Chejov cuando decía que el drama del escritor, al creer que ha alcanzado una meta, es pensar “pero existe Tolstoi”.
* Publicado en el periódico Excélsior. Sección cultural El Búho. Sábado 31 de diciembre de 1988.
Homenaje a los homenajes de Avilés Fabila por Luis G. Basurto