René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

El amor en la obra de René Avilés Fabila: II Odette*

Jennie Ostrosky

Odette es de esos personajes que nunca se olvidan: celestina, joven, sensual, vieja, bruja, maga, niña, eterna, suicida... las paradójicas directrices de su descripción la hacen inmortal, porque inmortales y contradictorios son los deseos; y la novela La canción de Odette, de René Avilés Fabila, gira en torno a los enigmáticos sitios donde nacen, mueren o se transforman (en energía, en literatura...) los deseos.

Odette es un personaje ubicado en un tiempo que fue mejor y que se ha propuesto renunciar a envejecer; su canción es apasionada y elegiaca; deslumbrante y, como la nota triste en el buen jazz, discontinua, apasionada y marginal. Su función en la novela es ser centro de varios tramas: la relación sin contactos entre un niño y su padre, la unión sensual y con el tiempo degradante entre Enrique y Silvana; la fatuidad del ambiente “intelectual” de la ciudad de México, la irrupción del realismo mágico, la complicidad entre el humor negro, la autocompasión y el desamor, la convergencia -en la buena literatura- entre la realidad y lo soñado.

Si ya en la novela Tantadel (1975), Avilés Fabila aborda el infierno al que se puede descender a partir de los celos (es necesario, diría Eurípides, descender al infierno para hacerse humano; el infierno son los otros, concluiría Sartre), en La canción de Odette el infierno es la imagen recurrente de un ser que se autoniega la existencia en virtud de celos retroactivos, en constante lucha imaginaria con el padre del hijo de la mujer a la que ama y, por ello mismo, aborrece y tortura; y si bien en Tantadel el tema es tratado con profundidad, en Odette no queda respiro posible. Cinco años después (extraña coincidencia con Lorca), puesto que Odette es de 1980, el autor vuelve sobre el tema con el lapicero más afilado: la construcción de los personajes y la desmitificación de los oscuros rincones en los que las buenas conciencias han pretendido ocultar los dolorosos detalles que hacen caer al más sincero amor en su contrario; en Odette, este aspecto del desamor alcanza su punto climático, unido a un excelente manejo de las atmósferas (verdaderas o mágicas) y de los tiempos (síquicos o cronológicos).

He aquí a Enrique, quien se vale de todo para “arruinar” a quien más ama: “con Silvana -se lee en el texto- utilicé la literatura para agredirla, para hacerle notar sus defectos o para recordarle que era madre y había estado con muchos hombres. Es decir, de nuevo se manifestaban los celos y para seguir sus indicaciones y vengarme de ella utilizaba novelas y cuentos...” Y más aún, la situación llega a ser la de objeto y dueño. No es una novela machista (hay incluso un verdadero reconocimiento a la labor de tres grandes artistas-mujeres: Tina Modotti, Remedios Varo y Frida Kahlo); el protagonista, Enrique, está en una situación extrema, literariamente muy bien descrita, y su función, desde el punto de vista del conflicto, opera de manera excelente, los parlamentos son precisos, desnudos y acertados; no hay artificio, hay sinceridad y eficacia: “Desde hacía tiempo -vuelvo a citar- la máquina (Silvana) ya poseía emociones y sentimientos propios pero no los podía externar. El dueño (Enrique) apretaba un botón y la máquina lo amaba; oprimía otro, el que indicaba llanto, y del maravilloso rostro de reflejos metálicos provenían largos sollozos que no se iban hasta después de utilizar el referente a su interrupción...”

El gran amor está en la resistencia de Silvana, en su intento por no responder a las agresiones celosas, en su inteligente y silenciosa lucha por conservar al amado, sin que esto implique una actitud de humillación... y también lo está en el destiempo, en los recuerdos que Enrique tendrá después de ella y de Odette -su celestina- en la lluvia de imágenes como fragmentadas en la niebla, sin tiempo,”deshoradas”, diría Cortázar; en las acechanzas de la shakespereana noche de verano y del tríptico del Bosco: un “jardín de delicias” donde fantasmas se dan cita para revivir, con el pintor que se adelantó varios siglos al surrealismo, la tortura, el placer y la extraña y compleja gama de sentimientos que el amor genera y destruye.

Si bien hay antecedentes en Otelo, la novela se haya inscrita en un ambiente mexicano y en la atmósfera del realismo mágico latinoamericano, cerca de La invención de Morel, de Bioy Casares, y de los Pasos perdidos, de Carpentier.

Rica en textura, apasionante y compleja, La canción de Odette es una brillante novela en torno al amor, sus puntos climáticos y sus esperpentos. Por ello, al final de la novela nos encontramos a dos figuras eternas: Odette y Silvana. Un hombre camina por la playa, ha averiguado los últimos momentos de la vida de Odette, las razones de su suicidio, ha reencontrado a su ex-mujer en un acto amoroso del cual ella desaparece. El hombre camina y confiesa “...no lejos de mí estaban dos personas... A su alrededor había algunos objetos que a esa distancia no alcanzaba a distinguir... Ambas volvieron la vista hacia mí y sonrieron. Me apresuré, quería hablarles, tocarlas, preguntarles, contarles, la visión se desvanecía entre los rayos de la luna y la arena... Comprendí de pronto por qué razón no supe más de Silvana, ella también estaba muerta. Probablemente lo estaba antes de verla y atendió a mi llamado para darme la versión correcta de la desaparición de la reina nocturna. De ser así, los poderes de Odette seguían funcionando igual que su afecto por mí...” Breve y gran novela que forma parte de la historia de la literatura amorosa de todos los tiempos.

* Publicado en el periódico Excélsior. Sección cultural El Búho. Domingo 30 de junio de 1991.