Estación DF
01 de julio de 2008
Para acordarse del amor perdido (o vigente) y descansar al menos durante dos horas de la politiquería y de las tragedias de esta ciudad, nada mejor que asirse de un buena novela sobre el amor urbano, y he aquí un comercial:
El amor intangible, obra más reciente de René Avilés Fabila (ed. Axial, col. Tinta Nueva, México 2008) no alude, desde luego, al tema noticioso que ha agobiado durante semana y media a ciudadanos y autoridades: la absurda muerte de diez jóvenes (tierna mujer policía incluida) y de dos adultos en una zahúrda citadina; sin embargo, da pie para recordar la urgencia que tienen los amorosos de contar con espacios para baile y goce que puedan estar exentos -¡Afrodita, diosa del amor, ilumina al gobernante!- de la corrupción, el riesgo de la salud y del operativo y de ese mercado diurno y nocturno que trafica con la agonía, los sueños, la justicia y demás pasiones, altas y bajas.
Triste ciudad la que priva a sus amorosos de espacios dignos para disfrutar de la vida, como triste es -lo saben los solitarios de esta metrópoli y así lo revela nuestro libro- la soledad de quienes mediante correos electrónicos, chats, mensajes celulares y otra alternativas “lanzan desesperados mensajes de náufrago en busca del amor”.
El autor de esta historia (digital) de amor debe estar muy enamorado, además de haberle gustado mucho un párrafo que anota al comienzo y al final de su obra: “(…) Cuando el sitio estaba repleto de personas bulliciosas y yo había consumido tres tazas de té y mordisqueado un pastel de chocolate, dos horas después de haber llegado, decidí regresar a casa, fatigado, triste, con enorme lentitud, en espera de que Fátima me alcanzara: Perdóname, amor, el auto se descompuso o el tránsito era infernal o no daba con el lugar. Nada ni nadie interrumpió mi camino hacia el estacionamiento, el que hice muy despacio. Llegué a mi casa y fui directo a la computadora: tampoco había mensaje suyo, del mismo modo que no lo hubo al día siguiente ni nunca más. En vano escribí correos en distintos tonos, a veces llorosos, otras irritado. El silencio fue total, completo. Fátima había desaparecido luego de jugarme una broma monstruosa, despiadada, dolorosa, que tal vez yo merecía”.