René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

El amor intangible, ¿de René Avilés Fabila?

Felipe Galván

Cuando Juan de Marcilla muere de dolor por el beso que Isabel de Segura le negara, misma Isabel que moriría a continuación después de darle el beso al cadáver de Juan que no quiso plantarle en vida; nos enfrentamos a algo semejante a lo vivido por Julieta al suicidarse después de descubrir que Romeo estaba muerto verdaderamente por decisión propia al creerla difunta a ella mientras dormía en el cementerio, o al asesinato de Tony a disparos de Chino ante el abrazo de María, muerte buscada por el propio Tony al creer que María estaba abatida por las balas de Chino. En los tres casos sucedidos en Teruel, Verona y la parte este de Manhattan y que nos contaran Antonio Serón, Guillermo Shakespeare y Ernest Lehman, nos lamentamos ahora como receptores del siglo XXI que ninguno de estos amantes, muertos para acceder a la inmortalidad artística, hayan contado con esa herramienta mágica que hoy usamos cotidianamente y que denominamos Internet.

Tal vez Isabel pudo enviarle a Juan un email encriptado para la apertura sólo permitida a juanmarcilla.com.es, comunicándole directamente y con discreción que estaba casada por imposición paterna pero que su corazón era de él, por lo que tuvo que negarle en público el beso para que su marido no le negara la quincena, sin embargo estaba dispuesta a darle el beso y lo que le pidiera, solamente que en lo oscurito.

Algo semejante pudo hacer Julieta para comunicarle a Romeo que sólo se moriría de a mentiritas, por chat o mensaje internáutico, en lugar de usar un mensajero inepto con sotana.

Igual caso padecido, ante ausencia de la herramienta, por los neoyorquinos viejo o avecindada (Tony era neoyorquino de New York y María neoyorquina de Puerto Rico) quienes pudieron enterarse, como en nuestros tiempos, por un simple mensaje directo o adjuntado en yahoo, hotmail o hasta en la benemérita.com, de que lo que dijo Ana después de que los Jets la quisieron violar, fue una mentira producto de la pasión alterada. Estoy convencido que por eso, las tres historias mencionadas, terminaron en sangre y mortalidad; por no tener Internet.

Ahora, a ocho años de haber iniciado el siglo XXI, René Avilés Fabila nos cuenta una historia de amor en los tiempos de la computadora y el intercambio chismoso internáutico. El amor intangible es una historia de amor entre Fátima Moreno y Yo, narrador en primera persona y alter ego de Avilés Fabila en este discurso elaborado por un hombre de 2008 para editar en el mismo 2008 para receptores, por supuesto, en primera instancia de 2008.

El amor ya no es como en el medievo de Teruel referenciado en el barroco español, en el medievo veronés narrado desde el clasicismo de Londres décimo séptimo o como era a fines de los cincuenta o principios de los sesenta del siglo XX en la parte pobre de Manhattan, contada desde la esplendorosa y lumínica California. Pero si el amor ha cambiado ¿la condición humana habrá sufrido lo mismo?

Si el amor ha cambiado es lógico que la condición humana sea antecedente en su variación, por fortuna esto no ha sido así. El amor ha cambiado en forma, no en esencia. Marquemos esto como hipótesis para dialogar con esta obra de René Avilés Fabila; una obra que apuesta a la originalidad en los tiempos por representar. Acerquémonos a los cambios formales que la progresión discursiva nos deja ver.

Yo, narrador en primera persona y/o alter ego de René Avilés Fabila; es tan polisémico que no aguanto la provocación de jugar con las grafías Fátima y Fabila, con diferencias en un acento y dos consonantes se homogenizan en una consonante y la totalidad de vocales; tal vez esto quiere decir que Yo es sólo una parte del alter ego de René Avilés que se extiende a Fátima mostrando parte del lado femenino del machín autor originalmente sesentero que llegó casi incólume a la madurez a punto de medio siglo después. Yo habla permanentemente, conduce la progresión novelística, marca ritmos, apunta atmósferas e impone juicios; por su parte Fátima habla con sus mensajes, sus silencios, sus promesas cumplidas o incumplidas, enriqueciendo la visión, aparentemente parcial, del Yo usado por Avilés Fabila para hacerlo una narración a dúo conducida por una voz hablante pero que habla de él y de ella desvelándonos la visión total de la pareja.

Fátima llega a la vida de Yo, narrador en primera persona y/o alter ego de los lados masculino y femenino de René Avilés Fabila, en forma accidental para él, pero habría que preguntarnos si esa forma accidental de llegar a la computadora del narrador no fue una, llegada premeditada alevosa y ventajosamente por Fátima Moreno. La herramienta es pasiva para quien recibe pero puede ser altamente activa para quien escribe; esto es lo que parece suceder con la insistencia de Fátima, Yo no responde a la primera, tampoco a la segunda, igual a la tercera; será sólo después de varias provocaciones de envíos en que abre por fin el diálogo y se inicia una interesante relación en la que la curiosidad, la búsqueda de la otredad de género contrario que atrae por la palabra misma en condiciones de soledad de ambos pero en pantalla computarizada, encuentra un filón de profundidades humanas en la que el acercamiento va ampliándose a distintas esferas de la totalidad sensible.

Los escribas internáuticos se confesarán o inventarán pasados, presentes y futuros en anhelos, se referenciarán, cual pedagogos ansiosos de mostrar sus virtudes, literaria y sicológicamente, se enfrentarán políticamente mostrándose dependencias y fobias izquierdistas en ambos o perredistas en Yo, narrador en primera persona y/o alter ego del viejo comunista instalado en el laberinto posmoderno de verdades múltiples, para terminar aparentemente necesitándose uno al otro hasta rayar en la dependencia que tarde o temprano exigirá conocerse más allá de la virtualidad, ese concepto de práctica tan contradictoria.

La virtualidad permite la profundización al fondo del océano, al centro del mundo, a lo más íntimo del cuerpo, del alma o de los anhelos; pero todo es teórico. Se puede estar más abajo que el fondo donde descansó el Titanic durante casi un siglo, pero sin fondo cognoscible; podemos llegar al centro del mundo en una proyectiva más audaz que lo imaginara julio Verne, pero sin centro planetario; pretendemos instalarnos en el rincón más desconocido del cuerpo de quien queramos, en su alma o en sus deseos más inconfesables; pero sin ninguno de los tres. La virtualidad permite llegar a los lugares más inimaginables, pero sin los lugares. Fátima Moreno y Yo, narrador en primera persona, ese alter ego tantas veces aquí citado y sobre el que no volveremos por ahora al no ser el objeto de acercamiento, llegan a conocerse tanto a través de la mágica virtualidad internáutica, que llegan a requerir el reaterrizarse vitalmente; la virtualia que los llevó a concebir que por fin cada uno de ellos había llegado a la costa en el encuentro del ser definitivo.

Dicen los cursis que cada quien tiene su media naranja, repiten los populares del lugar común nunca falta un roto para un(a) descosido(a). Si recordamos a Witold Gombrowickz podemos repetir una mujer puede tener tres esposos, diez amantes, veinte novios y cuarenta o más relaciones incidentales; pero en su vida sólo existirá un seductor. Sus problemas serán encontrarlo y que él esté dispuesto a seducirla. Coincido con el autor polaco que se convirtió en norteamericano agregando un matiz, esto no es exclusivo de la mujer, vale para cualquier preferencia sexual. ¿Es Fátima Moreno la seductora de Yo? ¿Será Yo el seductor de Fátima Moreno? Ese es un asunto para la reflexión postlectura de El amor intangible. Por ahora hay que decir que la virtud de René Avilés Fabila en este constructo literario es la originalidad en una gran profundidad. El amor en nuestros tiempos, tempraniveintiuneros, puede ser concretado en esta herramienta a la que incluso los antiguos, como el autor o como este crítico que dialoga con la obra del mencionado, deben acceder si aspiran a mantenerse vigentes. Por supuesto los jóvenes que nacieron a la comunicación con ella la asumen cotidianamente para sus amoríos, e incluso algunos más antiguos que el autor y yo, este yo que escribe y no el Yo que narra la novela, acceden a la herramienta de la virtualidad.

Fernando, viejo estalinista de prosapia ideológica contundente y flexible, a sus casi setenta años se ligó por Internet a una francesa un año mayor que él, después del amorío virtual Marie (así se llama ella) vino a México a conocer a su extraño objeto del deseo virtual. Marie se convenció tanto que a su regreso y ya en el país de origen le envió a Fernando su boleto para que la alcanzara. Él se indigno contestando que no era ni mantenido ni objeto sexual. Tuvo que intervenir el hijo mayor del señor malentendiente para cuestionarlo y ofrecerle solución práctica: Te está ofreciendo que vayas a comprobar si la virtualidad que vivieron y viven en la pantalla de sus respectivas computadoras tiene traducción en corporeidad viva. Vete y si quieres regresar me avisas por Internet y te compro tu boleto de vuelta. Hoy Fernando y Marie viven felices en Marsella. Este final me encanta, sobre todo porque ya van dos ocasiones que me paso varios días rascándome la panza en ese sensacional puerto mediterráneo donde esa pareja de amigos míos, que suma un poco más de 140 años entre los dos, vive plena y originalmente.

¿Fátima Moreno y Yo (ese narrador en primera persona y alter ego de quién sabe cuántas posibilidades más) tuvieron un final feliz? Para elucidar ese asunto tendrán que leer la novela y, como aún no está ni en la biblioteca de la Escuela ni en la de la Universidad, pues habrá que, ni modo bolsillos de víctimas neoliberales, comprarla. A mí se me ha acabado el espacio y no les puedo contar.

Sólo queda agradecerle el constructo novelístico nomenclaturizado El amor intangible y felicitar a este enfant terrible sesentero, que el tiempo ha convertido en velho sabio de el novo século. Que responde, casi siempre, al nombre vuelto clave en la literatura nacional de la segunda mitad del siglo pasado y que se extiende a este pleno XXI, René Avilés Fabila.

Jueves 6 de noviembre de 2008.