Es indudable que internet ha implicado -desde el proyecto ARPANET hasta hoy- una serie de transformaciones cuya dimensión, si bien ha sido advertida ya por sus efectos, en realidad no ha sido comprendida en su justa medida, ya por la falta de distancia temporal, ya porque estamos inmersos en el vértigo y somos parte de los cambios. Las TICs están en boca de todos. Se habla de ventajas y de riesgos de la red, de la cibercultura, se describen algunos rasgos de las identidades virtuales; pero en esta recomposición del universo aún no hemos aislado al nuevo sujeto (o lo que haya lugar en su sitio). Nos damos cuenta de que las cosas ya no son como antes, identificamos oportunidades, usos y aplicaciones; pero no tenemos certezas del destino al que nos aproximamos. En la gran telaraña caben todas las utopías y los apocalipsis.
En este contexto, la literatura puede contribuir a una reflexión fecunda sobre lo humano en la era digital. Así, se han venido publicando diversos relatos en donde la red va ganando terreno, a veces como un simple dato de época, en otros como un medio o instrumento de comunicación. Pienso en dos ejemplos: “Subject: Ternura time” de Juan Hernández Luna, incluido en el libro Me gustas por guarra, amor (México: Ediciones B, 2005) y Cartas Astrales. Un romance científico del tercer tipo, de Julieta Fierro y Adolfo Sánchez Valenzuela. (México: Alfaguara, 2006). En el primer caso se muestra el cambio de lenguaje influido por la misma tecnología que exige nuevos verbos, entre otras cosas; en el segundo, el correo electrónico es la forma empleada para presentar o divulgar información astronómica. Las obras con presencia de internet son muchas: algunas muy experimentales otras demasiado realistas y conservadoras (casi transcripciones del archivo digital que el autor guarda en su bandeja de entrada).
Los libros más interesantes -creo- son los que indagan sobre lo que estamos siendo en relación con esta interconexión de computadoras que envían y reciben datos las veinticuatro horas del día, y en muchos casos son, además, móviles. Los textos que exploran la transformación antropológica o epistemológica en un horizonte virtual, donde lo mismo es posible la interactividad y la colaboración que el fraude y la simulación en proporciones mundiales. Los cuentos y las novelas que exploran la complejidad de nuestros pensamientos o de nuestras emociones. Aquellos relatos, en fin, que nos recuerdan que seguimos siendo humanos.
Con ideas semejantes en la cabeza, leí hace unos días El amor intangible de René Avilés Fabila (México: Axial, 2008). Y creo que es de esos libros que aporta mucho a la reflexión. Es un ejercicio literario documentado e interesante sobre las emociones, en concreto, sobre el amor en los tiempos de la red. A través de un relato casi circular, el autor de Catálogo de sorpresas y Cuentos de hadas amorosas advierte que “el género epistolar antiguo o moderno idealiza a quienes lo ejercen” y da cuenta de los fenómenos que rodean este proceso de idealización en el entorno virtual. Desde la primera página conocemos la historia: “Fátima había desaparecido luego de jugarme una broma monstruosa, despiadada, dolorosa, que tal vez yo merecía”. La maestría del escritor mexicano consiste en mantener la intriga sobre el origen y desarrollo de esa cruel jugada.
El narrador es un nostálgico del género epistolar en un tiempo en el que “[l]as cartas, por desgracia, ya no sobresaltan ni producen regocijo, no existen, nadie las escribe o son tediosos intercambios de datos, avisos, ofrecimientos comerciales, citatorios judiciales y reclamos bancarios”. Es, pues, un testigo de la sustitución/transformación de la correspondencia por un sistema electrónico de intercambio de bites, cuya principal característica es la rapidez con que se realiza la entrega, aunada a la incertidumbre del origen del texto recibido (lo mismo pudo ser escrito por un suplantador de identidad que por un robot). Y se presenta frente a lector como uno los primeros usuarios de las tecnologías de información y comunicación y pronto se encontró “navegando en un mar de estupideces, exhibicionismo y toda clase de información digerida por seres misteriosos, anónimos, por fortuna desconocidos”.
La historia relatada, como dice el mismo narrador, es simple: se trata del reencuentro “de reminiscencias cínicas” acompañado por un “intercambio de ridículos lamentos sexuales” con Claudia Villa, compañera de la secundaria. Coincidencia que fue posible muchos años después gracias a internet. La ficción trenza hábilmente la información de los archivos electrónicos con aquellos referentes palpables que denominamos comúnmente realidad y el ensayo sobre las situaciones contadas. La combinación va amalgamando oportunamente palabras como: diversión y distracción, fiasco, ocultamiento, distancia, privacidad, fatiga intelectual, conflicto, amor y magia.
En esta urdimbre textual, el escritor no pierde oportunidad para darle verosimilitud al relato y tomar distancia del narrador (el relato, desde luego, no es autobiográfico: de conformidad con las nociones básicas se la narratología se aprecia una clara distancia entre la persona que escribe y aquella entidad a la que se le confía narrar la historia en el marco de la ficción). Además, se permitirse alguno que otro homenaje. Así, cuando el narrador viaja con Claudia por Tlaquepaque encuentra a un grupo de escritores: "reconocí en el centro –dice- al poeta Rubén Bonifaz Nuño, lo rodeaban Carlos Montemayor, Bernardo Ruiz, René Avilés Fabila y Marco Antonio Campos".
Es gracias a Claudia que el narrador conoce a “una tal Fátima Moreno” cuyo intercambio epistolar o vaivén de correos electrónicos ocupa la parte central de la novela, marcada –en cuanto a la historia- por cierta obsesión y el hecho de “vivir pendiente de los correos que aparecían en la computadora” apenas distraída por una tal Marlen; y en cuanto a la técnica narrativa, cracterizada por la transtextualidad gracias a la cual es posible leer versos de Machado, Benedetti y un cuento de RAF (que son las letras iniciales del autor de la novela), entre otras citas y referencias librescas.
Desde luego, el buen humor y la crítica hacia algunos indicadores del sistema político no podían faltar en un libro del autor de El gran solitario de palacio: “Todos los gobiernos -se lee en un correo- tienden por naturaleza a conservar el orden establecido, por más que hablen de cambios” (zape al “gobierno del cambio”). Y:
Se llegó al extremo de suponer que personajes nefastos, por el solo hecho de pasar del PRI al PRD, automáticamente se convertían en izquierdistas y grandes luchadores sociales, cuando con todo rigor, amiga Fátima, sólo se trataba de oportunistas y pillos buscando acomodo dentro del poder.
Pero volvamos a los efectos de internet. Los cambios que el narrador experimenta se consignan en el relato cuando refiere todo lo que hace “por conservar el amor virtual de Fátima”. Es como asirse a la falsificación de la realidad en el desesperado intento de mantenerse a flote, en un univeso líquido. Se trata de entender la transformación de conceptos provocada por los nuevos medios de comunicación, sí. Pero además, se apunta a un proceso de adaptación en una realidad múltiple (o por lo menos doble), ahora que “es posible tener una relación en línea al tiempo que se mantiene otra en el mundo real”.
El último capítulo (una página) hace las veces de epílogo a la distancia, y le da a la novela un efecto fantástico.
De lo pos a lo hipermoderno
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