René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Réquiem por un suicida, novela existencial*

Carmen de la Fuente

René Avilés Fabila es un hombre simpático: agrada su desparpajo, su condición lúdica y natural, su sonrisa. Por esa sonrisa asoma un niño irreverente, un duende burlón para el cual la solemnidad es parapeto de la hipocresía.

Los niños son incapaces de mentir y por exponer su verdad, suelen arrostrar la cólera de la autoridad.

En él sigue prevaleciendo esa sinceridad; cuando todos callan, él advierte, pregona; descubre los juegos del poder, allana la clandestinidad de los recintos; esto desde las filas del periodismo que ha venido a ser una de las tareas más riesgosas en el presente siglo.

Me recuerda, no sé por qué, a otro escritor que conocí: René Avilés a secas. Era —quizá con menos carisma— igualmente probo, su vida entera dedicada a la cultura y con la dignidad de un magisterio ahora fuera de moda.

Al leer la novela Réquiem por un suicida me he preguntado si detrás de la estampa anacreóntica del autor no existe el magisterio del padre, o un Séneca al que disimulan la frivolidad y exagerado sexualismo.

Porque al desarrollar un asunto existencial la novela plantea paralelamente dos problemas: el ontológico y el de una realidad política.

El ontológico es cuestión filosófica eterna y sin salida: somos criaturas arrojadas al seno de esto que René llama infierno, sólo para que probemos nuestra capacidad de sobrevivencia. Pero al hombre se le ha ocurrido pensar y es precisamente el pensar lo que nos hace vulnerables.

Yo recuerdo haber llorado inconsolablemente cuando medité por primera vez que iba a morir y que aun muerta, no iba a saber nada del por qué de la existencia, el universo, o la nada que nos aguarda.

Otra vez —después de haber leído a Maeterlinck, lloré por el despotismo que rige la sociedad de las abejas y el de las hormigas. No adivinaba que hacia allá nos encaminamos: pueblos masificados y regidos por dioses invisibles.

Como quiera que sea el razonar demasiado acerca de lo inescrutable, no puede conducir sino al suicidio o la locura; para evitarlo se han inventado las religiones cuya finalidad verdadera es librar al hombre de la desesperación.

Pero el protagonista de Réquiem por un suicida es un filósofo nihilista, sólo puede tener fe en lo que se puede lograr a través de una vida y ésta lo ha dejado insatisfecho:

“Creo que mi fallo principal —dice— estuvo en no haber amado con suficiente pasión todo aquello que emprendí, lo mismo en el amor que en la guerra”.

La guerra... he aquí el meollo. Más que al amor y la literatura, Gustavo Treviño ama la libertad y a pasar de su aparente hedonismo, lo obsesiona la idea de la muerte, no en su forma natural, sino como acto supremo de autoliberación.

¿En qué forma y en qué momento habrá de consumarse? Cuando Eros y Tánatos se fusionen en una sola imagen.

Esta última idea le ha sido sugerida por Virginia Woolf, la gran suicida a quien motivaron su propia naturaleza y sensibilidad —léase Orlando—; condiciones, sin embargo, no ajenas a los efectos de la Segunda Guerra Mundial: orfandad del ser frente al caos económico y Social... añoranza de seres y cosas perdidas.

En otra tesitura algo semejante ocurre en el trasfondo de nuestra novela; en Réquiem por un suicida tenemos que poner aparte los artilugios del estilo: sobreposición de las figuras de Gustavo y el supuesto novelista quienes parecen arrebatarse los parlamentos, ya en el relato de episodios célebres, ya en la argumentación en pro del suicidio; abuso de situaciones que traslimitan lo erótico en beneficio de la superficialidad; lapsos en que se recurre al género epistolar.

¿Detrás de todo eso qué queda? La desgarradura de una generación frustrada en su búsqueda del camino hacia la verdadera democracia, la justicia y la libertad.

Me refiero a la generación del 68 a la que pertenece René Avilés Fabila: Sólo que quiero recordarle al autor que antes de ellos hubo la Generación Cardenista. A ésta le tocó vivir la etapa ascendente de la Revolución: estructura de sindicatos, democratización de la enseñanza, el arte nacionalista y paralelamente la Expropiación Petrolera, la Inmigración Republicana Española, la Revolución Cubana.

Los hechos nos hicieron creer que íbamos hacia un socialismo humanitario y que el desarrollo de la nación estaría aparejado con el bienestar de los trabajadores y la implantación de la justicia.

Pronto se hizo presente la realidad brutal y a la represión respondieron los movimientos de los ferrocarrileros, de los maestros, de los médicos socializados; caso aparte el descontento originado por el cierre de las Normales Rurales y el Internado del Instituto Politécnico Nacional.

Al generalizarse la agresión contra los estudiantes, estos recogen la bandera de lucha, hacen saltar a los intelectuales de sus poltronas, toman la calle…

Mil novecientos sesenta y ocho, una causa justa que dejó un reguero de mártires. Quienes participamos nunca pensamos que podría servir de trampolín a nuevos manipuladores. El novelista dice de Gustavo Treviño: A lo largo de su vida no había encontrado, por regla general, más que corrupción general y bajezas, sus compañeros de estudio y aun muchos de los que combatieron contra el sistema en las aulas, los movimientos sociales y en la guerrilla, ahora eran acomodaticios burócratas de lomo elástico.

Esto es historia y la historia es una interminable lista de desengaños.

Conclusión: Réquiem por un suicida es un libro doloroso, punzante por los rasgos autobiográficos que identifican a René Avilés Fabila como representante de toda una generación. Lo que se desea es que persista en la dignidad de sus ideales.

Ciertamente, a fines del siglo XX hemos visto resquebrajados instituciones, estados, fundamentos, en que la sociedad cifró su esperanza. Se nos ha hecho beber día tras día la copa de la amargura; pero por un ideal se vive, no se muere. Tal como lo explica el maestro Abelardo Villegas en la entrevista que le hiciera Arturo Alcántara (página de Cultura. Excélsior) las utopías pueden fracasar; pero siempre serán ideas generatrices que al cabo de los siglos perduran en la conciencia de la humanidad.

Periódico Excélsior. Sección Cultural El Búho. Domingo 12 de diciembre de 1993.