Cuánto de la vida humana objetivada de un escritor, según la expresión de Luis Recasens Siches, hay en las páginas de sus obras es, todavía, una pregunta múltiple como la propia realidad. Existe en narrativa occidental una movilidad perpetua -de la percepción escéptica a la imaginación seductora- tan compleja como cotidiana, a la que no se puede reprochar su voraz tendencia a hacer de la fatalidad, como del ocio, retratos viciados por la presencia ineludible de lo que somos y nos rodea.
No puedo, sin embargo, abordar las obras de Alvaro Mutis y de René Avilés Fabila sin descubrir voces y paisajes que me resultan familiares. Me atrevo a afirmar que, en ocasiones, es como atender a un diálogo “pirandélico”; en otros casos, veo fluir con asombrosa fidelidad el pensamiento de estos autores, no como confesiones íntimas sino a la manera de aquellos retratos renacentistas en los cuales el artista, incluyéndose en la escena, hacía evidente su testimonio, más que del tiempo, de la vida misma.
Empero, Gustavo Treviño, el novelista suicida y personaje central de Avilés Fabila, afirma sin titubeos: “El problema (...) reside en suponer que un escritor crea personajes a su imagen y semejanza”. Sin embargo, me pregunto: ¿es suficiente constatar el goce que de la existencia hace Avilés Fabila, para calificar a su personaje como antípoda? ¿Acaso Réquiem por un suicida, como el propio autor, no destila ironía, magnifica y recrea críticamente pasajes de nosotros mismos como espectadores o involuntarios agentes? Sospecho que somos legión quienes podemos, en algunos pasajes de la novela sentirnos envueltos en el comentario puntual e incisivo de René, como algo tan propio y tangible del autor-intelectual, como del autor-personaje.
A lo largo de las páginas, amenas y francamente originales por su factura literaria, nos hemos tropezado con nuestras propias contradicciones y sometemos a prueba la complacencia de la amnesia. Sin duda resulta por demás diferente sólo encontrarnos con las frases agudas de Avilés en “torno de una mesa de cantina”, que volver a ellas en un expediente de cargos donde el yo y el nosotros se funden en un tiempo mítico, por el abuso de nuestras historias personales, e irrecuperables merced a la implacable procesión de los años.
Pero en esta novela Avilés ha dejado constancia de una cultura pulida y esmerada que, simultáneamente, es narración y ensayo sobre un tema controvertido, abordado a lo largo de los caminos literarios con la recurrencia misma de los pensamientos eróticos. Y al leer no sólo nos asalta la imagen del amigo en una sucesión alucinante de gritos y gorjeos etílicos, desollando la nada respetable existencia de nuestros coetános irredentos; también con pasmosa frecuencia, fragmentos de mujeres superpuestas, mas ciertamente reconocibles, asoman entre las páginas sus torneadas piernas y sus pasajes azarosos.
Por otra parte, agotadas ya las fronteras ideológicas y derrumbados los muros, si para muchos resulta hoy cómodo hablar con soltura crítica y hasta con dosis de extravagancia elevada a nivel de fervor de las iniquidades de la izquierda, me consta, sin embargo, que aun antes de estos finales antiépicos, René apuntaba el humor involuntario de esas izquierdas pero también el de las derechas, la inconsistencia humana solapada por la máxima de Terencio, la nostalgia de los sesenta —the dream is over—, el kitsch revolucionario, y la perpetua tertulia del neoliberalismo.
Una generación de hospicianos deambula con rumbo conocido entre los personajes de Avilés Fabila. Así, Gustavo Treviño aglutina en nuestro derredor arquetipos del pasado reciente y estimula la imaginación con relatos que, en sí mismos, constituyen tramas complejas e inconfesables. Cuando ya no sabemos si los personajes dictan a su autor la efervescencia de sus actos y la lucidez de sus juicios, es que deja de importarnos si la vida copia al arte o viceversa, porque para los creadores el arte es la vida misma, y entonces vuelve a mi memoria y me solazo en repetirlo, la certera expresión de Fernando del Paso en Palinuro de México, donde advirtió que ciertos personajes literarios se asemejan a los de la vida real porque algunos personajes de la vida real se comportan como personajes de novela.
Pero más allá de estas disquisiciones me importa subrayar entre las virtudes de tratamiento literario incorporadas con fortuna por Avilés Fabila, la recuperación de la otredad y el mundo edénico de nuestros mejores días como elementos de una novela de personajes sometidos a la intensidad propia de los caracteres bien definidos. Y si la vida y la muerte se balancean sin dramatismos estériles, las mujeres paradigmáticas de esa época (o quizá deba decir de esta época) cobran una posición particular y enriquecen con sus entregas e inseguridades al personaje central; cuya corporeidad a veces emana de ellas y no de sus circunstancias.
Como René Avilés Fabila no parece tener inclinaciones serias sobre su eventual suicidio, la novela, además del abanico de posibles exámenes, me vuelve —a mí, por lo menos— a otros puntos en cuestión. No es el caso de preguntarnos por los jirones de nosotros y de una sociedad desmedrada, insertos en el reflujo de la narración, pero sí lo es sobre el cúmulo de elementos, de humores y pensamientos de Avilés-creador, transmitido a Treviño personaje; si bien no es el caso, al menos en forma evidente, de acudir al proceso joyceano biográfico. ¿Qué es, pues, realmente lo que nos transmite este autor, sólido y alejado de la gratuidad? ¿Qué demonios desata en nosotros, lectores de este novelista dispuesto a dar testimonio literario de un suicida escritor que habla mucho de su decisión y —contra los cánones de la sicología— si ejecuta su suerte de manera fría, precisa, casi excéntrica? ¿Cómo puede su autor proponer una condición humana en la que el Tanatos se impone arrogantemente sobre la capacidad creadora del personaje y sobre sus amantes y adeptos? ¿En qué rincón del pensamiento de Avilés se guarda la clave de un ser que deliberadamente hace morir entre sus manos? ¿Qué signo de estos siniestros momentos palpita con cínico nihilismo en la autoaniquilación de quien sabe dejar preparada en Monserrat a una viuda egipcia, así sea sólo por un día?
Para fortuna de sus amigos, Avilés Fabila no nos ofrece su muerte y sí su vida, su talento y la promesa de crear más a imagen y semejanza de nuestros propios monstruos interiores, por ello se me ocurre pensar que sólo la soberbia magnífica apunta con decoro hacia un conato de respuesta. Treviño decide —imagino— culminar su existencia y obra con presumibles notas periodísticas al nivel de su propio sueño: perdurar. En este ser singular no hay fracaso ni enfermedad, ni ruina, ni rechazos, ni fanatismo, ni gime por el tiempo perdido; acaso sólo coincide con algunos autores citados por él, en cierto brumoso escepticismo. Quizá pues, lo que Avilés Fabila nos plantea a la postre es el teorema de un hombre irreconciliable con el Olvido que asegura su recuerdo en la previsible remembranza de quien, con fama y vanidad, decide, como máximo ejercicio de su nada humilde soberanía personal, hacerlo de manera tan silenciosa y novelesca que resuene algún día como las trompetas de Jericó.
Réquiem por un suicida, Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1993.
Publicado en COMALA. Suplemento cultural de El Financiero No. 26. México, D.F. domingo 15 de agosto de 1993.