A Rosario
Querido y admirado René:
Me alegré al saber que tu novela Réquiem por un suicida ha llegado ya a su tercera edición en menos de un año de haberse publicado en España. Se dice fácil y puede ser pasto de envidias por parte de tus prosaicos colegas. Esto quiere decir que lento pero seguro has pasado a formar parte de los escritores más vendidos de México, en la mejor acepción mercadotécnica del término. No lo vas a creer y de seguro mascullarás un “No seas mamón”, muy tuyo, cuando oigas que he leído las tres ediciones quizá con la secreta esperanza de confrontar, cambiar u olvidar mi primera impresión acerca de la lectura de tu obra. Después de tantas elucubraciones subterráneas y de paseos a la intemperie; después de leer declaraciones tuyas en la prensa sobre el personaje, acerca de su yo interior que mucho se parece a su yo exterior, regreso a la impresión original porque las otras dos incursiones no hicieron más que corroborarla. Si me excedo en mis descarríos por hacerle al Nacho Trejo Fuentes, al Jorge Ruiz Dueñas, al Bernardo Ruiz y demás críticos, lectores y amigos distinguidos de tu obra, pido disculpas y no se te olvide que sólo soy un escribidor de versos, como decía el maestro Pellicer de sí mismo, con unos menos defectuosos que otros.
Me llamó la atención esa declaración inicial de enfrentar a las primeras de cambio al personaje suicida con el lector sin más ni más, sin trampas novelísticas ni suspensos falsos o inútiles -como los que relatan la mayoría de los lamentables escritores de novelas policíacas-, con una sinceridad estrujante y una acendrada vocación respecto a la desaparición física por propia mano del personaje principal, haciendo un recuento de su vida pasada que tú, en su tiempo y en su espacio adecuados desarrollarás con mayor detenimiento. Los hilos conductores son dos, alternados con rapidísima -así se me hicieron- apariciones y desapariciones narrativas en los que tú, con oficio, aciertos, revelaciones, mantienes el interés sin que nunca decaiga, canse o aburra. He de confesarte que ante mis ojos crecen más las partes en las que el suicida no en potencia sino declarado, Gustavo Treviño, le escribe a su amigo Eduardo Equis, que bien puede ser imaginario o parte de ése su otro yo que escucha su propia voz en la voz de otro.
Este devaneo en forma de predilección tiene una exégesis.
Cuando recuerdo tus novelas Tantadel y La canción de Odette, y algunos de tus cuentos en los que el personaje es la figura femenina, no dejo de pensar que tú, como Juan García Ponce, han indagado enfermiza y desaforadamente, sin que esto sea peyorativo, en ese ser maravilloso de cuyo trastoqueo nace la vida pero que nadie sabe en realidad qué oculta debajo de los párpados. Como dijo el poeta, ¿quién sabe lo que una mujer oculta debajo de los párpados? Nadie. Esta terquedad tuya es resultado de la bien conocida sentencia de que una obra no termina nunca de escribirse.
El conocimiento de estos personajes femeninos, quizá, me han hecho sorprenderme, asombrarme ante la madurez psicológica del protagonista central, ya que las mujeres de las que hablas, razón, obsesión y locura de vida, casi las mismas, todas o ninguna, no rebasan la propia historia, el protagonismo del suicida. Ahora bien, ¿por qué se suicida el suicida? Antes quiero decirte que hay obras literarias —tú lo sabes mejor que yo— cuyas expectativas rebasan con mucho las intenciones del autor por muy ambiciosas que éstas sean, y ciegan de tanta luz al creador de manera que ellas sólo se hacen presente a los ojos de ciertos lectores, como yo. Con Réquiem por un suicida estamos ante una obra de esta naturaleza.
Suicidarse, como crear, creer o hacer el amor, es uno de los actos de libertad ganados a pulso que mejor definen al hombre, por la revolución interior desatada, el desvarío cíclico inconcluso, la gozosa paz de la carne y el espíritu en entredicho, la insobornable beatitud terrenal librada para alcanzar la cúspide —en todos los sentidos. Suicidarse no es un acto de cobardía, al contrario, yo pienso que es la prueba más contundente de intrepidez, de bizarría, de que se tenga memoria. Suicidarse es desenajenarse, marginarse, olvidarse de las pinches cotidianidades que niegan la vida en lugar de afirmarla. Suicidarse es vivir una vida deseada en la otra vida, si la hay y si no también. Suicidarse es alcanzar la perfección nunca alcanzada al quitarse la vida no pedida.
El pobre, el desahuciado, el abandonado, el proscrito, el humillado, el desesperado, el solitario, el negado dentro de su propio sino, el loco, pueden llegar a suicidarse y no debemos despreciarlos porque en ese acto de libertad, en ese segundo de lucidez o de ceguera se han ganado por propia voluntad su reino, privilegio y coraje que no tenemos los millones y millones de habitantes de la tierra que esperamos se haga la voluntad... ¿de quién? Aunque suene retorcido quiero decirte que el suicidio le salva la vida a Gustavo Treviño porque su “otra” permanencia ha llegado a su fin, no tiene otra salida. Ahora bien, René, no sé que te parezca, pero desde las primeras páginas del libro, desde las cartas iniciales a su amigo Ricardo Equis que, repito, puede ser él mismo hablándose en voz alta, supe que Treviño, ¡pelas gallo, cabrón! No se trata de ver al personaje como un héroe magnificado por la chusma en un afán de canonizarlo porque su decisión está tomada desde la engañosa, aunque él no lo sepa, perspectiva toda de un triunfador; desde la mirada alta de un ser extraordinario vivido y gozado, desde su recalcitrante convencimiento de que lo tiene todo, sino hay que ponerle un espejo enfrente para que él y nosotros descubramos su verdadera imagen. Tu personaje, René, está roto por dentro y cuando un hombre está roto por dentro sin saberlo, su alma es el vivo reflejo de la muerte. Gustavo Treviño cree que lo tiene todo pero está equivocado porque quien lo tiene todo no es dueño de nada.
Tu personaje es bastante controvertido, insatisfecho, no sólo amorosa y sexualmente sino de la vida toda, aunque con tu dominio y malicia en el lenguaje a algunos puede parecerle lo contrario —no hablo de una carencia física, pienso en una carencia espiritual, moral o ética. Su vida casi siempre la vivió dentro de un gran privilegio, es cierto, pero el fantasma del descontento puebla cada una de sus acciones. Ni siquiera el arte puede salvarlo. Gustavo Treviño, por supuesto, desconoce la frase de Octavio Paz: enfrentar la creación a la muerte, la ruina... y la violencia: ¿no es una de las misiones del artista? El protagonista sucumbe o se encumbra —¿quién puede saberlo?— como el personaje ahíto que es.
Me consta que eres un triunfador y aunque desearías ser un hombre exitoso, guapo, rico, rodeado de mujeres, viajero, según tus propias palabras, deseo que el personaje de Réquiem por un suicida poco o nada tenga que ver contigo en cuanto a autobiografía se refiere. Tiene mucho que ver contigo porque tú lo has creado, lo has hecho ¿verosímil?, lo has vivido, literariamente hablando, con fiebre, con pasión, con sapiencia, con entrega insoslayable. Espero que esa “idea” tuya que responde al nombre de Gustavo Treviño en esta tu espléndida novela, no te arrastre a su despeñadero de cristal o al artificio de su gloria.
Te quiere y abraza.
Dionicio Morales
* Publicado en Cultura Universitaria. Serie Comunicación. Pp. 185 al 189.