Es posible que construir la propia muerte me parezca
más importante que construir la propia vida.
A. Malraux
Cercarse al enigma de la muerte ha sido desde tiempos remotos una inquietud primordial del hombre. Basta observar culturas milenarias como la egipcia, que no sólo rindió culto a la muerte sino que la trascendió para instalarse en “lo muerto”. Para muchos este tema puede resultar poco asimilable, aunque en el campo cultural mexicano es vivido a cada momento: el fenómeno del mexicano y la muerte no es violento, como no lo son las calaveras de Posada o algunas otras representaciones festivas de la muerte o el presenciar con cierto escalofrío a un niño mordiendo despreocupado una calavera de dulce con su nombre en la frente. Estamos acostumbrados a presenciar ciertas manifestaciones estéticas de alegría ante ella. Así, tenemos que La Muerte, para la sensibilidad de los mexicanos, es también fuente de inspiración artística, poética y artesanal. El mexicano, quizá como ningún otro, juega con la muerte hasta el inaudito extremo de festejarla dulzona y gastronómica, incendiaria y bebediza.
La literatura siendo un universo infinito, un extraño universo, que no habla y sin embargo dice mucho, atrapa el instante de la muerte, ese instante tan difícil de explicar que nos coloca dentro y frente a la evidencia de un misterio trágico que es, según Jankélévitch, el origen mismo de la filosofía: la muerte. Basta recordar a Miguel Ángel de Quevedo. Leónidas Andreiev y más cerca de nosotros al enorme López Velarde y José Gorostiza.
Es interesante releer en estos días Réquiem por un suicida de Avilés Fabila, quien con los sencillos instrumentos que posee todo gran escritor nos propone, por medio de Gustavo Treviño, reflexionar no sólo en “esa creación a la inversa”, como solía llamar a la muerte el mismo Jankélévitch sino en el don más preciado que la vida (o Dios, para el creyente) ha dado al hombre: la libertad. La libertad de elegir la propia muerte. Treviño nos presenta una cara distinta del Suicidio, de la muerte voluntaria, nos obliga a profundizar y reconocer su grandeza como acto supremo de libertad y rechazar los valores tradicionales y burgueses que lo condenan y etiquetan de cobarde. La novela refleja todas las contradicciones del alma de Avilés Fabila, todas las antinomias que permiten los más variados juicios sobre la vida y la muerte. Un mundo oscuro y turbulento que para su comprensión requiere de una estructura especial del espíritu, de una “complicidad” espiritual.
Si se pudiera hablar de alguna repercusión o influencia en esta obra yo me atrevería a mencionar a la Marguerite Yourcenar de Opus Nigrum, en ese momento culminante en que Zenón se suicida. Y no sólo por las diferentes interpretaciones y reflexiones sino por el alto grado de sensualidad y de economía verbal, donde mediante la fábula exterior se vislumbra otra realidad.
La muerte en Réquiem por un suicida es el misterio sobrenatural que se vuelve un hecho natural, casi histórico, nos encontramos ante dos verdades incontestables y contradictorias; el impasible movimiento de los amantes (Eros) que ironiza ante la rigidez inmóvil de las reflexiones de Treviño (Tánatos).
Con el rigor de una prosa deslumbrante Réquiem por un suicida es la crónica de un hombre obsesionado por la muerte que desemboca en una profunda reflexión sobre la libertad, el tiempo, el amor, la existencia y a la manera de Machado, quien insistía en que una “blasfemia es una oración al revés”, así la novela se mueve entre la blasfemia y la oración y si en un primer acercamiento hay quienes piensan que es irreverente, los lectores más atentos descubren que no sólo no lo es, sino que deviene en alabanza (escéptica, a la manera de Cioran, pero al fin y al cabo una alabanza) a las dos grandes realidades de la existencia: la vida y la muerte, para instalarse en una tercera realidad que da sentido a las dos anteriores: la libertad.
Eros y Tánatos provocan la redención y la resurrección en la novela donde la muerte es el instante vuelto intervalo: Treviño, frente a dos verdades que se niegan mutuamente reclama que este instante vuelto intervalo cobro vida en un acto de libertad. Avilés, por medio de la voz de Gustavo Treviño, se pregunta si Eros y Tánatos son realmente opuestos o si se mezclan complementándose, siendo a veces uno solo, Recuerda aquel personaje de Tennesse Williams en Un tranvía llamado deseo, quien afirma que lo opuesto a la muerte es el deseo, para enseguida contradecirlo aseverando:
-el coito puede ser (de hecho lo es) comparado con la muerte, no con una muerte lenta y dolorosa, sino con el chispazo magnifico del gozo-
Asimismo menciona a Laura Marx y añade:
...cohabitaré con la muerte y haré de Eros y Tánatos una sola y bella imagen...
El autor al tratar el tema de la muerte voluntaria nos traslada a 1961, año que en Sun Valley, Idaho. Hemingway opta por darse un escopetazo, acción que recuerda aquellas líneas finales que estampó Cesare Pavese:
No más palabras, un acto. No volveré a escribir más.
Menciono estos hermosos pasajes de Réquiem por un suicida pues si reflexionamos en ellos no nos queda más que concluir preguntándonos: ¿De qué otra forma podría haber muerto un hombre de la dimensión de Hemingway, quien además de prodigioso escritor fue corresponsal de dos guerras mundiales y sobreviviente de la guerra civil española, si no de muerte voluntaria? Con el autor recorremos el triste catálogo de artistas suicidas: Vincent Van Gogh, Virginia Woolf, Hart Crane, Arshile Gorky, Cesare Pavese, Mark Rothko, Anne Sexton, Sergei Esenin, Vladimir Mayakovski..., entre muchos otros para aterrizar irónicamente y con ese sentido del humor que lo caracteriza, en las estupideces de una humanidad poco madura y valerosa, diciéndonos que la gente tendría que acostumbrarse a la muerte voluntaria y a respetar la noluntad del hombre libre. Con esa misma inteligente ironía, Eduardo, el héroe de la novela de Gustavo Treviño (el protagonista de Réquiem… y por qué no el alter-ego de Avilés Fabila) escribe —…aquellos que se resisten a morir son héroes, mártires, a los ojos de familiares y amigos, El suicidio no es, para la sociedad, más que un vulgar delito. Un delito que tiene la única ventaja, solitaria ventaja de no recibir castigo, salvo en la religión.
En la novela recordamos también a Rilke quien desesperado escribe “Yo quiero morir por mi muerte”. Ante esto, el autor sarcásticamente señala que el iluminado poeta alemán no carecía de razón “¿Acaso jamás podremos diseñar nuestro propio fallecimiento como alguien que planifica su familia, el próximo negocio o las vacaciones siguientes?”
Toda la atmósfera que envuelve a la novela está impregnada de una gran sensualidad, si bien no había desde los terrenos de la tradición, sí responde desde otro orden, un orden íntimo, irracional e insólito. La muerte, la vida, el amor, el desamor (otro tipo de muerte) se nos revelan en un registro poético de metáfora y esta metáfora es, como cualquier metáfora verdadera, una invención.
Réquiem por un suicida, abra cumbre dentro del prolijo e inteligente trabajo de Avilés Fabila, nos revela que existe una estética de la muerte voluntaria, que en definitiva este acto supremo de libertad es un arte. Para ser más precisa y usando una terminología prestada, estamos ante el suicidio como una de las bellas artes. Silvia Plath lo entendió bien y por esto el autor le rinde homenaje al escribir.
Morir es un arte que no requiere explicaciones, que propone enigmas estéticos, no morales.
Otro elemento característico de Avilés Fabila es la audacia de sus búsquedas, la violencia de sus impulsos contra la razón, la falta de pudor, la injuria y la alabanza. En Réquiem por un suicida percibimos sus muy personales preocupaciones literarias que han definido su producción artística. En su inclinación a dar nuevos significados con un intenso contenido sensual, trastoca el color convencional de la inocencia para ofrecernos su lado oscuro.
El tema de la muerte, y sobre todo de la muerte voluntaria levanta mil polémicas y persiste en el interés de muchos creadores contemporáneos. Sin embargo, es en esta notable novela donde el tema no se contenta sólo con su representación sino que va más allá. El tema de la muerte en ella roza no sólo la filosofía y la metafísica sino también la escatología: sustenta en su desnudez todo un discurso intimo del escritor, que escapa al juego de los contrarios, a la dialéctica vida-muerte y en conclusión podríamos afirmar que percibimos como bella aparición, un pausado fluir de aquello que la humanidad tanto teme o tanto ambiciona: La libertad.
* Publicado en el periódico Excélsior, Suplemento El Búho, No. 635, noviembre 9, 1997, p. 5.