René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

El escritor y réquiem por un suicida*

Edmundo Domínguez Áragon

A Gustavo Treviño le fue fácil encontrar a Virginia Woolf y aunque no era su tipa seguía siendo escritora Gustavo se preguntó a sí mismo el por qué el primer suicida célebre que buscó fue a Virginia y no a su admirado Hemmingway o a Pavese. Nada más verla tan enflaquecida con aquel vestido cuyas bolsas se mostraban engrandecidas por las enormes piedras colocadas en su interior supo el porqué era escritora y Virginia en el nombre llevaba la condición perdida.

Entonces sin haber cruzado palabra con la Woolf el escritor recordó la razón que se dio en Réquiem por un suicida para con toda libertad quitarse la vida: “Me suicidaré cuando sea feliz. Cuando alcance el amor. Según yo es lo único que me falta lo que no he podido conseguir plena mente”.

Gustavo descreía de la otra vida y aquí en este singular restaurante se percató que la otra existencia sí existía y que él se había enredado en su escepticismo hasta el grado de negarla deseándola. El haber alcanzado al fin o para el fin el amor lo llevó al suicidio y al paraíso de los suicidas. De inmediato se dio cuenta de que Montserrat no tardaría en unírsele. Ella no podría sobrevivir su ausencia, aunque escribiera cartas dirigidas sólo a que él, que ella distribuía en las páginas de los libros que él leería, que pondría sobre la almohada al lado del rastrillo, en el interior de uno de sus zapatos, en la bolsa del saco donde él guarda su cartera con dinero y tarjetas de crédito, en la guantera del auto, en el cuaderno de páginas de suavidad cerúlea donde él escribiría su libro. Y es que el amor de Montserrat ha sido sólo para él que así Gustavo lo anheló y ella es incapaz de entregarse a cubanos bongoseros, a maridos recuperados al sueño del sexo retribuido en bienes materiales o en placeres orgásmicos estimulados por el alcohol y las fumarolas.

Y como Gustavo es hombre rudo tierno y fiero que ha perdido la credibilidad en los seres humanos y sí le ha arraigado la certidumbre de que la Humanidad en su suicidio arrastra al planeta Tierra, busca en París el paraíso perdido para encontrar en este singular restaurante ubicado en la otredad, diseminados ante las mesas a todos los suicidas que citó en su obra tanto para apoyar su decisión libertaria y justificarla como para informar al público sobre las bondades y condenas de un acto de libertad, o lo que se define como el único problema de la filosofía: el suicidio.

En su Réquiem, Gustavo recoge todas las razones o sinrazones que sus antecesores tuvieron para quitarse la vida. Lo hace sin dramatizar, con elocuencia, sentido del humor y sencillez. Acaso, inmerso en el tema, le faltó picardía, pero es comprensible que ese grano de mostaza que aceita la ironía se le escapó porque se tomó muy en serio su destino fatal.

Y la Woolf, sustituta de Virgilio, va presentando a Gustavo con sus iguales en eso de darse muerte a mano propia. El autor de Réquiem, muy periodísticamente, interroga a los suicidas que son de su condición. Esto es a los escritores. Comprueba, para su autorreconocimiento, que las razones que expuso en su libro se corresponden casi exactamente con lo que él reseñó y se duele, esto sí, de haberlo hecho con la frialdad de un sociólogo y no de un desgarrado escritor que ha escrito de la guerra y de cómo le fue en ella aunque él anduviera en la experiencia de la guerrilla que sorteó escribiendo una novela de amor.

Y es que Gustavo es un eterno enamorado del amor y sólo lo pone las mujeres.

Obvio que no encuentre a ninguna de sus mujeres -Celeste, Graciela, Miriam, Emilia, Gabriela- porque ninguna de ellas se ha suicidado y improbable que lo hagan por amor a él.

A Gustavo su amigo Louis Mercier Vega- lo anima afirmándole que Montserrat no podrá sobrevivirle en la pena por mucho tiempo y que pronto aparecerá por allí en alguna de las mesas, para acariciarlo con sus palabras puestas sobre el papel.
Recorriendo el restaurante de la otredad acompañado por la Wolf, única mujer que no puede poseer, descubre para su sorpresa que Freud está allí, muy quitado de la pena fumando un habano y manoseándose la barba. Y es que en realidad, Freud se quitó la vida mediante una sobredosis de morfina. La droga que utilizaba para aliviar los tremendos dolores que padecía en la boca.

Freud le expone a Gustavo su diagnóstico: “has buscado en las mujeres, en las demasiadas mujeres, el amor según tú lo entiendes. Ellas han entregado sus sexos sus celos sus presencias, sus tolerancias, sus admiraciones hacia tu obra literaria y periodística y tú les has entregado tu sexo tu distancia y proximidad pero el amor no sabías en cual colocarlo. Tenía que ser en ese ser Montserrat que te sedujo con tus propias armas: la escritora y sólo se entregó a ti para amarte sin más, sin exigencia del orgasmo a todas horas. Sólo aquel, grandioso, que fue suma de todas las mujeres jadeantes en una excelsa carnalidad insospechada, sabrosa y sincera. Tenías que matarte para no perder el amor ni a Montserrat”.

Interesante se dijo a sí mismo Gustavo y estrechó la mano de Freud y luego fuese a sentar, en soledad; ante una mesilla donde estaba servida una garrafa de vino y escanció una copa para aguardar la aparición del amor, de su amor.

PS. Este texto ha sido inspirado por la lectura de Réquiem por un suicida, de René Avilés Fabila. Un libro ahora imprescindible a través de cuyas páginas la madurez narrativa de Avilés Fabila es palmaria. El tema del amor.

* Publicado en el suplemento cultural El Búho, Excélsior, agosto 8, 1993, p.5.