El que esté libre de suicidio que arroje la primera piedra, nos grita el nuevo libro de Avilés Fabila, con enjundia: “Siempre me han encantado como a muchas personas, los escritores atormentados que acaban matándose. Yo estoy seguro, no seré uno de ellos, me suicidaré cuando sea feliz. Cuando alcance el amor”; con inteligencia: “¿Por qué atribuirle a la compresión los suicidios de tantos hombres de valor, por qué no pensar que en más de un caso fue una decisión razonada una y otra vez?; con ironía: siempre he pensado en la deslumbrante posibilidad de acabar yo mismo con mi vida sin que otros intervengan Lo que significaría que por fortuna nací con esa cualidad predestinado como otros nacen músicos guerreros o poetas con humor acaso jamás podremos diseñar nuestro propio fallecimiento como alguien planifica su familia, el próximo negocio o las vacaciones siguientes con melancolía: “el hombre no posee sino una libertad, a saber, la anticipación del día de su muerte”.
Como nadie puede decir que “de esta agua no beberá”, este Réquiem por un suicida alude a cada uno de sus lectores. ¿Quién no ha tenido alguna vez, aun de manera fugaz, la fantasía suicida? Por lo menos todo aquel que se respete en la riqueza y complejidad de su condición humana ha rozado, si no manoseado, esta tentación.
De ahí que la novela resulte un buceo ineludible y universal, un bisturí inmisericorde que desgaja las articulaciones, las argumentaciones del suicida en potencia que todos llevamos dentro. Es una fenomenología literaria sobre la decisión de morir. Pero lo más sorprendente y original de su tratamiento es el modelo del personaje.
Con audacia y malicia el autor ha trazado a un suicida feliz, absolutamente ajeno a los estereotipos tan sobados en la tradición literaria sobre el tema. Gustavo es un hombre en el arranque de la madurez, con éxito profesional, asediado y amado por las mujeres, libre, inteligente, sano, vigoroso. La historia está contada desde su punto de vista, y no es otra que la introspección, perfectamente racional, de su decisión de quitarse la vida. A lo largo de este proceso, donde conocemos lamparazos de su vida pasada y presente, el narrador va entreverando los casos de célebres suicidas en el mundo del arte, analiza biografías y citas de autores, esboza posibles interpretaciones, y va desechando todo aquel costal de truculencias que la sociedad ha creado para mitificar al suicida, condenándolo desde la religión, o coercionándolo desde la ciencia.
Pecador o enfermo mental. ¿No hay vuelta de hoja? Sí, para Gustavo “el suicidio es el acto más sublime y hermoso que persona alguna pueda llevar a cabo, especialmente si se llega a él con plena conciencia y no como el resultado de un fracaso. El suicidio corona una obra y si la obra es uno mismo mejor que mejor. La muerte voluntaria es un acto de elegancia y distinción, no pertenece al estrecho y voluble mundo de la moral, le corresponde a la estética o a la filosofía. El día en que las sociedades acepten el suicidio y lo vean como respetuosamente lo han considerado diversos pensadores, ese día estaremos en presencia de una nueva humanidad, más razonable y sensible en donde la muerte voluntaria sea el supremo acto de la libertad, la mejor hazaña de la libertad”. Gustavo no pretende que lo sicoanalicen ni que lo compadezcan; no busca provocar determinadas reacciones en los demás, no vengarse ni lograr una inmortalidad equivoca. Su intención es horadar este deseo con honestidad, llegar a la más intensa autenticidad de sus actos.
Es aquí donde reside la capacidad subversiva de la obra, en el sentido más literario, es decir, más puro de la palabra: su capacidad para sacudir, conmover, remover valores, esquemas, dogmas. No es, de ninguna manera, una invitación al suicidio, como los moralistas o los censores podrían suponer. Es una lucida reflexión sobre la insondable y definitiva resolución.
Y es, ante todo una obra literaria, y con esto quiero decir: afortunadamente es literatura, hecha de carne y hueso, de personaje y situaciones, de trama y desarrollo, concreción y acción. No cae en tentación, tan cara al tema de teorizar con retóricas y abstracciones, igualmente sesudas como inocuas. Lo fascinante de Réquiem por suicida es su cuño estético no hay razones clasificables, descifrables, dosificadas, ulteriores; quedémonos con la emoción del misterio, que ya es mucho; más bien, es lo mejor que puede esperarse de una propuesta novelística enteramente lograda.
* Publicado en el suplemento El Búho, Excélsior, agosto 15, 1993, p.2.