René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Réquiem por un suicida en tercera edición
Cómo concluir un viaje a Ítaca*

Mary Carmen Sánchez Ambriz

La escritura de René Avilés Fabila se desenvuelve en el terreno de la sátira. Desde Los juegos (1967) en donde ataca al establishment literario del México de los años 60 hasta La canción de Odette (1963) que ironiza la relación de pareja con un toque fantástico, pasando por las frustraciones amorosas, lo caricaturesco de un presidencialismo que porta un disfraz democrático en El gran solitario de palacio (1971). Este último libro lo dio a conocer primero en Argentina, quizás por precaución o tal vez miedo, dado que él ya había sentido ataques a su punto de vista sobre el ambiente intelectual de nuestro país, con sus vicios, mafias, amantes, entre otras ironías depositadas en Los juegos.

Como es sabido, por su trabajo de editor y articulista, René tiene más enemigos que amigos. Pero esta situación va más allá de los sin sabores que trae consigo el periodismo, en su caso ha llegado a la literatura. Pocas son las antologías que lo incluyen, pocos los críticos que se atreven a nombrarlo, y en cambio, hay quienes lo satanizan llamándolo: René, A-vil-es, como lo hizo Octavio Paz.

Posiblemente se pregunten por qué hablo del escritor y del periodista, la razón se advierte si se ha leído Réquiem por un suicida (editorial Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1993). El narrador parece haber encontrado el binomio perfecto, ser escritor y periodista, para poder contar las vicisitudes de un novelista y a la vez, proporcionar una compleja reflexión de personajes y creadores que se han financiado su eterno viaje a Ítaca.

Por eso el libro contiene citas e información minuciosa de cómo murieron Ernest Hemingway, Alfonsina Storni, Jaime Torres Bodet, Paul Lafargue, Mayakovski y César Pavese, entre otros. Con una prosa nítida, con un sólido protagonista que puede conmover hasta al más aferrado a la vida, las epístolas, las descripciones, las imágenes, fluyen en medio de una alegría macabra: el bien morir.

Parafraseando a Salvador Elizondo con su escribo que escribo, Avilés Fabila hace lo suyo en esta novela: Escribe de un escritor que al mismo tiempo escribe una novela del suicidio. Finalmente, Gustavo Treviño cumple su cometido. De entrada sabemos que el personaje va a morir, pero lo esencial no consiste en cómo ni dónde, sino en qué momento. A diferencia de los románticos no se aniquila por la falta de amor, sino al hallar finalmente una pareja; pretexto o fracaso de una casanova, Montserrat, una joven de escasos veinte años, se queda con la esencia de Gustavo: su recuerdo.

Los nombres de mujeres sobran, qué más da si es Dulce, Myriam, Celeste o Graciela, unas con hijos, otras alcohólicas, divorciadas, lo que tienen en común es que le despierten pasión a Gustavo, orgasmos simultáneos, instantes de locura, de arrebato por el ser “Eros y Thánatos una sola y bella mujer” (p. 57).

El protagonista resulta ser el escritor asediado por sus fans; el profesor de literatura más admirado, el amigo entrañable de Eduardo, confidente real o tal vez imaginario con quien Treviño mantiene correspondencia. Eduardo es quien conoce las reflexiones de su amigo, filosofía de café o insomnio, probablemente líneas de un ex combatiente: “La muerte, como el sexo, Eduardo, es una cuestión de intimidad” (p. 64). “Aquellos que se quitan la vida en público son simples exhibicionistas, no suicidas” (p. 65). ¿Vivir es una condena? Como escritor, opositor al sistema y a la vida, quién mejor que Gustavo Treviño para responder. Seguramente diría que no, pero si apelaría -como lo hace en la novela- por su derecho a privarse de vivir en el momento que lo decida. La muerte en este Réquiem es vista como una recompensa, siempre y cuando no se produzca en un mal momento, cuando, como menciona Celeste, aún hay deudas.

Para el cristianismo, la muerte no es un fin; es sólo el comienzo. Al indagar un poco en el terreno filosófico vemos que la preocupación de la muerte y del suicidio obsesiona la obra de Jaspers y la de Gabriel Marcel. En cambio, con Heidegger, la finitud del ser humano es absoluta y esencial, no hay totalidad de la vida; está excluido que el hombre pueda llegar a ser el dueño de su existencia; según el filósofo alemán, “la muerte es lo más auténtico y a la vez absurdo que está presente en cada momento de la vida, en el acto mismo de vivir”. “Morir siempre, por encima de todo” es más verdad en Sartre que en Heidegger, y a fortiori que en Jaspers, cuando dice que “la historia de una vida, sea cual fuera, es una historia de un fracaso”.

Una vez mencionados los acierto de la novela, también hay un sitio para los excesos. El escritor detesta todo lo Kitsch que se inscriba en un texto; sin embargo, en esta novel no elude la cursilería. Sólo la joven ingenua, inocente e incondicional merece ser la viuda de un hombre obsesivo. ¿O es que acaso buscaba una mártir?: “Pese a que la joven había anticipado la muerte y la presencia del horno crematorio, esta aturdida. No desea regresar a la casa de sus padres, es probable que viva en la de Gustavo y allí siga escribiendo cartas en las que le narre aquello que no tuvo oportunidad de contarle... Montserrat camina lentamente hacia la salida del cementerio. Oprime la urna con amor” (p. 210).

Mishima se hizo el harakiri, Alfonsina Storni se fue adentrando poco a poco hasta que el mar cubrió su cuerpo, Manuel Acuña acabó con si vida y sólo así pasó a la historia de la literatura mexicana -dice Treviño-, Edgar Allan Poe prácticamente se dejó morir por exceso de alcohol y Gustavo Treviño, una vez terminada su novela, llevó a cabo su propósito debido a que “llevaba en la sangre los gérmenes del suicidio (p. 54). De Gustavo Treviño sólo quedó el recuerdo y de René Avilés Fabila, con todo y sus bemoles queda una espléndida narrativa que en 1993 concursó en el Premio de Novela Planeta. Joaquín Mortiz. Paradójicamente obtuvo el tercer lugar y es la novela que más readiciones ha tenido; actualmente ya va por la tercera cuando del libro ganador apenas se han vendido dos o tres mil ejemplares.

* Publicado en el suplemento El Búho, Excélsior, agosto 28, 1994, p.2, 468.