René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Tantadel*

Elsa Cano Bonilla

Dice René Avilés Fabila que su obra tiene tres vertientes: una sería la política, que se ve en El gran solitario de palacio; otra sería el amor, que se ve en novelas como Tantadel y La canción de Odette, y la tercer vertiente, la fantástica, que abarca una gran parte de sus cuentos.1 Como en este mismo espacio hablé ya de La canción de Odette, escribo ahora sobre Tantadel.

Para John Brushwood, Tantadel “marca una nueva dirección en las novelas de Avilés Fabila. No es una sátira política sino una (infinitamente más sutil) de cierto sector de la sociedad, llevada a cabo mediante una historia de amor (...) Si el lector se identifica con Tantadel experimentará la historia de amor, si no su experiencia será la búsqueda de un lector”.2 Pero Tantadel no es una historia de amor, es una historia del desamor y de la incomunicación que sufre una pareja. El protagonista hace toda clase de esfuerzos, sin perder su orgullo de “varón”; pero todo es inútil, pierde a Tantadel y reconoce finalmente que ella es el amor de su vida. Cuando el narrador de Tantadel inventa, dentro de la secuencia de la novela, que tiene además de una esposa, un rival, o sea un amante para su esposa, toda la energía de su pasión, toda la amplitud humana de este sentimiento, recorre desde el encuentro platónico, la exaltación del ideal (cuando conoce a Tantadel), la dulzura de la relación física, hasta la traición, el engaño irrevocable y la destrucción. Avilés Fabila hace aquí una creación de personajes con el don de vivir dentro de ellos y, desde allí, pensar y sentir en forma autónoma como si tuvieran dos dimensiones.

Son felices audacias las que ofrece el personaje masculino para no comprometerse, para no involucrarse seriamente en la relación con Tantadel; pero, al final, este conquistador, este tremendo seductor que quiso atrapar, como todos los tenorios, quedó atrapado.

Se dice con frecuencia, tratando de hacer una explicación freudiana, que se leen novelas como vía de compensación. “El lector encuentra en ellas conductas que le prohíbe la censura de la sociedad o de la moral: satisfacción de la sexualidad, poder y riqueza, vida al margen de la ley, es decir, una vida más rica en experiencias difíciles de realizar”.3 Dicho de otra manera, leer una novela, una buena novela, es acercarse a una forma de liberación. Tantadel libera al lector de varias cosas y de atavismos precisos; uno de ellos es provocar el vuelo de la fantasía. Muchas veces se siente la necesidad de inventar, de crear mitos, presencias, experiencias, relaciones que jamás existieron; pero que fueron deseadas alguna vez por nosotros con una gran dosis de vehemencia; ojalá se hubieran realizado. Esas ensoñaciones íntimas pueden ser, de hecho lo son, un escape, una huida y también sirven para tranquilizar ansias no correspondidas. Avilés Fabila dice, en la voz del narrador de Tantadel: “Nadie habla con la verdad, yo menos, aunque en ocasiones me permití soltar pequeñas dosis de honestidad; meras claves para resolver el enigma que mi presencia te proponía. En una relación amorosa vivimos mintiendo, diciendo falsedades, exagerando los hechos. De lo contrario, sería el fastidio, la monotonía. En el engaño reside buena parte del atractivo”.4 En la capacidad de inventiva del narrador de Tantadel reside que el lector no sólo sienta simpatía, sino que, con esa gran carga melodramática que posee, en el juicio de la lectura se le otorga el perdón al inestable narrador. Tantadel es, una vez más, la confirmación de que no existe una relación amorosa perfecta, estable, y que en las llamadas historias de amor se inventan infiernos, se agregan terceros reales o imaginarios, se conforman triángulos y se deshacen después para poder con este tipo de argucias, permanecer juntos e ilusionados. Pero el juego lo hace el narrador para Tantadel, hacia ella y no con ella; por eso no es una historia de amor sino lo contrario. Este narrador hipersensible cuenta sus teorías amorosas, pero, como en el fondo es un individuo fanático, nunca lleva a cabo esas teorías. Se deja llevar por sus sentimientos, se queda con sus sueños y nunca opera en él un razonamiento. Casi podría decir que, para este personaje, es más agradable imaginar que sentir; por ello adopta actitudes evasivas en substitución de no poder realizar su anhelo: que Tantadel sea solamente para él, sin pasado y sin futuro. Es también egoísta y megalómano, pero, como es todo lo contrario del personaje erótico, aunque se siente exquisito y elegido de los dioses, esta imagen suya no puede ser constatada (ante Tantadel) porque entonces se derrumbaría y prefiere sacrificarla, perderla.

Tiene esta novela un intimismo, un juego de confesión en primera persona que es muy eficaz, porque la novela escrita en primera persona “se revela especialmente adecuada para la manifestación de la subjetividad del personaje central de la novela, ya que es él quien narra los acontecimientos y se desnuda a sí mismo. Las emociones más sutiles, los pensamientos más secretos, las frustraciones y las cóleras, el ritmo de la vida interior, todo, en fin, lo que constituye la historia de la intimidad de un hombre, es detalladamente confesado al lector por el hombre mismo que ha vivido esta historia”.5 Pareciera que estas palabras de Víctor Manuel de Aguiar e Silva hubieran sido escritas especialmente para Tantadel.

Alguna vez, en una charla, René Avilés Fabila me dijo que Tantadel era un juego de sustantivos en francés: tante Adéle (tía Adela); por otra parte, Theda Herz, en su artículo “En busca del lector. Búsqueda artística y experiencia estética en Tantadel de RAF.”, dice que Tantadel significa “tanta de él”; la verdad es que tanto el amante-narrador como Tantadel, son dos estereotipos, es decir, dos caracteres sofisticados, producto de un determinado momento histórico mexicano, de una determinada clase social y de un determinado nivel cultural.

Si la metaficción se refiere al narrador que dice en la obra: “estoy consciente que estoy narrando”, y este narrador no es el autor de carne y hueso, en Tantadel se aprecia en forma clara, pues el personaje que narra, que hace la novela, no es el autor que lo creó a él, el amante de Tantadel, el narrador de la historia.

Leí que RAF decía en un artículo que “el escritor si consigue serlo en verdad, padecerá una magnífica enfermedad: el estilo. De ahí entonces que no respete ni reglas ortográficas, ni concepciones, ni tradicionalismos, porque sería igual a los demás”. El estilo de Avilés Fabila es una de sus aportaciones a la literatura mexicana actual; Tantadel puede ser analizada bajo el enfoque estético, moral, histórico, psicológico, semiótico, porque da para esto y más. Las rupturas que este novelista y cuentista establece, en relación con lo que hacían las generaciones anteriores de nuestro país, conservan características de la generación Mester, donde se le ha colocado; son, entre otras, la ironía, la desmitificación y la exposición de realidades que pueden ser comprobadas con personajes cotidianos que no sólo son verosímiles sino accesibles para que el lector se identifique con ellos.

A quince años de haber sido publicada, Tantadel conserva la frescura del hombre que está enamorado y lucha por no aceptarlo, pero que, a la postre, dolorosa mente lo acepta y lo reconoce. Y esto es parte de la esencia, de la manera de ser, de conducirse, de algunos de nuestros compatriotas masculinos.

1 Reinhard Teichman, De la onda en adelante, p. 86
2 John Brushwood, La novela mexicana (196 7—1 982), p. 64
3 Roland Bourneuf y Réal Ouellet, La novela, p. 28.
4 René Avilés Fabila, Tantadel, p. 44.
5 Víctor Manuel de Aguiar e Silva, Teoría de la literatura, p. 232.

* Elsa Cano Bonilla, en Medio siglo de ficción. Narrativa Hispanoamericana. Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, México, DF. 2002