René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

El amor en la obra de René Avilés Fabila: I. Tantadel*

Jennie Ostrosky

El Premio Nacional de Periodismo otorgado al director de este suplemento implica también un reconocimiento o cuando menos invita al lector a conocer la obra narrativa de este prolífico escritor. Frecuentemente literatura y periodismo van de la mano aunque no todos los periodistas son escritores y viceversa. El ejercicio literario de Avilés Fabila se inicia con Los juegos, novela de 1967. De modo que sus 25 años de quehacer periodístico tienen equivalentes con su compromiso literario.

No es éste el sitio ni quien esto escribe es lo suficientemente conocedora de una obra tan vasta. Confieso que la parte que he leído con más placer de la obra de René es la que trata situaciones de pareja y esto se debe también a la aparición de volúmenes que, como Todo el amor, editado por la UAM, son de 1991. Tantadel, cuya primera edición es de 1975, tuvo una reimpresión en 1985 (junto con La canción de Odette, en la segunda serie de Lecturas Mexicanas que ya agotó su tiraje). Una reimpresión reciente fue la de 1989 bajo el sello del Fondo de Cultura Económica; sin embargo, a estas alturas, ya es casi imposible conseguir esta novela.

Digo de paso que estos libros me fueron obsequiados por su autor y desaparecidos en un robo (no como le hubiera gustado al escritor: en manos de una enloquecida admiradora) y doy constancia de las dificultades para conseguirlos: Todo el amor me implicó un largo viaje al final del periférico y la reimpresión de Tantadel costó varias vueltas a la propia librería de la editorial. Esto sólo comprueba que en México hay autores que sí pueden vender más de tres mil ejemplares. A reserva de las dificultades que algún posible lector tenga para conseguir los textos, procedo a comentar la novela Tantadel.

Lo primero que me llamó la atención fue lo extraño del título, si bien alude a un nombre de mujer, imágenes más, imágenes menos, pensé que se trataba de una clave que busqué en juegos absurdos de letras: delantal, tanta de él tentación, tonta de él, quizá -me dije- proviene de Tánatos o ...qué se yo... Al parecer se trata lisa y llanamente de un nombre femenino, que le va bien a la en este caso antagonista: una mujer exótica hasta cierto punto, liberada a medias, que vive con el protagonista una situación de pasión donde la sensación de venganza y el desamor prevalecen sobre la ternura y el deseo.

La novela tiene como tema central los celos, sin embargo su estructura habla, en detalles, de una relación que muy a la Miller y a la Fitzgerald, influencias reconocidas, ponen en tela de juicio lo que se calla en una relación amorosa y situaciones que la matizan como compatibilidad en la duración sexual, fantasías eróticas, pretextos de imaginación posesiva: defensas, proyectos... síntomas de inmadurez de dos seres que se desean, pero que son incapaces de amarse; situaciones, en fin, que transcurren en múltiples planos y provocan que el lector (cuando menos esta lectora) no pierda el interés y que, además, se divierta y reflexione. Tantadel tiene una prosa tan sugestiva que la relación amorosa entre el narrador y la mujer que da título a la novela se vuelve fácilmente visual y, sin embargo, es necesariamente literaria. Trato de explicarme: sería muy difícil convertir el texto en guión cinematográfico, puesto que la riqueza de imágenes depende y se desprende del propio lenguaje y de la diversión del narrador en dos roles: por una parte el que cuenta y por otra, el que inventa, rectifica, confronta y cuestiona lo narrado.

El autor, por su parte, está consciente que no va a inventar el hilo negro: “Tantadel -escribe, confiesa la mezcla de autor y personaje- ...qué debo escribir. Cómo. Las palabras, las frases, los conceptos, las estructuras, todo está en la literatura que nos antecede. Qué debería hacer para darle originalidad a problemas amorosos prácticamente congénitos a la humanidad... Sólo podemos parodiar lo parodiado. ¿Tiene sentido narrar una puesta de sol, un día lluvioso en la ciudad, la indignación de un hombre celoso? ¿O debería poner la prosa poética la forma en que se hunde el papel higiénico que utilizó el 'ser amado' en el excusado? Quién puede decirlo, quién lo sabe”.

En muy pocas cuartillas (algo más de cien) Avilés alcanza una multiplicidad de planos. En realidad, no se “sufre” al leer Tantadel; hay momentos de identificación, distanciamiento y de un humor más que negro. En síntesis, podría decirse que la trama es la narración de los sucesos que viven el narrador y Tantadel dentro del contexto de los sesenta: él soltero, por inmadurez o por “parecer interesante”, inventa que es casado y construye toda una historia paralela con la inexistente esposa a la que, para prosperidad de la peripecia, ubica estudiando un doctorado en Nueva York. La mujer, Tantadel, sumamente atractiva -aunque dentro del estereotipo del término- es una mujer divorciada, semiliberal que, en el fondo, ansía ser ama de casa y madre, por más que se manifieste como “intelectual”. Los celos del soltero que se inventa casado, lo llevan a una tortuosa y fársica autodestrucción: “me sentía afortunado por tenerla y desafortunado por compartirla con sus amistades...” Vaya que se necesita un Otelo en la sangre para querer una amante de tiempo completo, incluso bajo el pretexto de ser casado y ni siquiera le permite amistades; el personaje padece, incluso, “celos retroactivos”.

Las atmósferas son descritas con la mayor minuciosidad y, como contrapunto, la ficción alcanza también planos de gran altura. El joven no sólo inventa a la esposa, sino a las amantes con pasados tortuosos de violación e incidentes como un aborto ficticio en el que la esposa se ve en necesidad de involucrarse por defender a una mujer “débil” y toda una serie de anécdotas que el protagonista inventa como verosímiles sólo para crear un símil de tortura en su amante.

La sexualidad tiene su parte protagónica y las situaciones son narradas sin eufemismos, con humor y con una gran capacidad de darle al sexo la función que debe cumplir en una relación amorosa: es importante, mas no es el todo. La literatura también ocupa un papel protagónico: el amante requiere de ella casi como de la piel deseada. Las tematizaciones en torno a lo que es la literatura en una obra literaria son brillantes y necesarias: “La odiaba -el amante habla de la amada- siempre que intervenía para afirmar, nunca tuvo dudas... Era como todo el mundo: habla de literatura ¡pobre literatura! por haber leído dos o tres libros deplorables, best-sellers; por conocer algunos apellidos de escritores y entonces sienten derecho para comentar cualquier obra, cualquier autor, mientras que ningún profano se atrevería a explicar cuál es el método más correcto para alimentar a una computadora. Qué desprecio por la literatura”.

Tantadel, exótica como su nombre, pertenece a ese mundillo que lee cuartas de forros o que habla de lo que oye hablar de literatura. Allí sí que tiene razón nuestro celoso: todos hablan de literatura como si la lectura no implicase un trabajo respetuoso y la escritura un oficio, disciplina, conocimiento y necesidad; los mejores escritores son, sin duda los mejores lectores... sin embargo, cualquiera habla con tono doctoral de literatura en tanto que la ciencia ¡oh! eso sí que es una especialidad.

La comunicación extrasexual es un punto importante para mantener viva una relación amorosa y aquí vuelve la tematización en torno a la literatura “que es adulta, mientras que la siquiatría (enfoque de la mujer) gatea. Freud fue posterior a Dostoyevsky y éste no necesitó del primero, fue a la inversa”.

Un hombre se propone narrar con objetividad la historia de un amor que fracasó; de este principio se desdoblan miles de premisas, juegos, confesiones que culminan en redondo y que arrojan, como por separado, una enorme luz sobre la necesidad de escribir y de producir literatura, aspirar secretamente a uno, dos... quién sabe, algunos lectores y saberse leído, rechazado quizá por un lector determinado: en este caso Tantadel. Sucede que en una relación amorosa, como dice el autor, “vivimos mintiendo, diciendo falsedades, exagerando los hechos. De lo contrario, sería el fastidio, la monotonía. En el engaño reside buena parte del atractivo...”

Una novela empieza con una pregunta: cómo narrar si en el amor ya todo está narrado, pero el escritor encuentra la forma original de narrar su historia y nos engaña con buena prosa y con honestidad.

* Publicado en el periódico Excélsior. Sección cultural El Búho. Domingo 16 de junio de 1991.