René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Once miradas sobre la obra de René Avilés Fabila

Acabar con la hipocresía que subsiste. A cuarenta años de la novela Los juegos de René Avilés Fabila

Jorge Munguía Espitia

En 1968 se manifestó un serio malestar popular por una forma de gobierno, caracterizada por el autoritarismo, que no lograba terminar con la desigualdad social e imponía un severo control. El crecimiento económico que aparecía en los indicadores macroeconómicos no se reflejaba en las familias. La tasa de desempleo disminuía, pero el salario era insuficiente. Además se percibía con claridad cómo la distribución de la riqueza se concentraba en pocas manos. La inversión privada era favorecida con una alta excepción de impuestos y la pública se destinaba en gran medida a favorecer los proyectos de los señores del dinero.

El sistema político mantenía controladas a la clase obrera, campesina y media a través de la cooptación y manejo de líderes y sindicatos. Los partidos políticos reconocidos estaban ceñidos por los recursos que recibían del propio gobierno; excepto el PAN, que en aquel entonces rechazaba esas dádivas porque impedían la libertad que todo partido debe tener frente al poder. A su vez la oposición de izquierda no era reconocida y se encontraba en la clandestinidad, enfrascada en una lucha absurda entre grupúsculos y fracciones que la alejaban de las clases populares, como en ese tiempo lo indicó José Revueltas un su novela Los errores y después en el ensayo titulado Un proletariado sin cabeza.

En el campo de la cultura los intelectuales no se oponían directamente al Estado. Además éste continuamente los integraba a través de colocarlos en puestos importantes dentro de la administración (los casos de Vasconcelos, Torres Bodet y Yáñez así lo mostraban), o como embajadores y cónsules. También otorgándoles becas para realizar estudios o terminar sus obras.

En el caso del periodismo el control fue casi total. Algunos periódicos dependían de las inserciones que el gobierno pagaba, lo que aseguraba su autocontrol, por parte de sus directores quienes censuraban las noticias y las columnas de opinión para no perder el apoyo. A su vez los periodistas recibían dinero de la presidencia y de gobernación para “regular” sus opiniones. Otra forma de sujeción fue la aplicación de tarifas preferenciales para la compra de papel a los diarios sumisos; los pliegos eran importados por la compañía estatal PIPSA. Los medios disidentes, como la revista Política, desaparecieron por los altos precios que tenían que pagar.

A pesar de esta situación algunos sindicatos independientes como el ferrocarrilero, ciertos profesionistas como los médicos y los estudiantes manifestaron su descontento con violentos movimientos que fueron reprimidos. Otros lo hicieron a través de un malestar permanente que se reflejó en obras, pinturas y actitudes.

Por lo anterior, la crítica que realizaban los intelectuales era “cautelosa y medida”, cualquier exceso significaba quedar fuera del presupuesto. Los privilegios que tenían los llevaban a agruparse para conservarlos, siguiendo la vieja tradición social de los gremios y estamentos.

A finales de los años cuarenta en el periódico Novedades se abrió un espacio al periodista Fernando Benítez, quien junto con el poeta Alí Chumacero y Henrique González Casanova crearon México en la cultura.

En 1962 el suplemento apoyó a la revolución cubana y el director del periódico Rómulo O’Farril despidió a Benítez. Ante esto los articulistas identificados con el periodista renunciaron. La revista Siempre! de José Pagés Rebollar les ofreció un espacio y así surgió La Cultura en México bajo la dirección de Benítez y con el apoyo de Carlos Fuentes, Emmanuel Carballo, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis. En esta sección varios autores colaboraron como Juan García Ponce, Tomás Segovia, Salvador Elizondo, Juan Vicente Melo, José de la Colina, Sergio Pitol, Jaime García Terrés, Ramón Xirau e Inés Arredondo, entre otros y con el tiempo estrecharon lazos y formaron una cofradía que se le conoció como “La Mafia”.

“La Mafia” también participaba en la Revista de la Universidad, la Revista Mexicana de Literatura, la Revista de Bellas Artes, Cuadernos del Viento, Diálogos, Radio UNAM y la Casa del Lago. Asimismo gozaba de influencia porque sus integrantes eran autores, lectores y asesores en la Editorial ERA, el Fondo de Cultura Económica, la Editorial Joaquín Mortiz y la Editorial Diógenes. La fuerza que tenían se manifestó en promoverse a través de una crítica siempre favorable, recomendando sus libros a las editoriales en las que participaban como autores y cuestionando a todos aquellos que no formaban parte del grupo, así como promoviendo una estética elitista contraria a toda manifestación popular. Escribió José Agustín sobre ellos en Tragicomedia mexicana I: “… su rechazo al chovinismo y al provincianismo (los cargos más terribles que solían pronunciar) los llevó a apoyar entusiasta pero acríticamente la cultura europea y a subestimar muchos aspectos importantes de la cultura nacional… La mafia llevó acabo incesantes campañas de autoexaltación y homenajes mutuos, pues sólo admitían a sus amigos o a quienes compartiesen sus premisas sectarias e ignoraban y criticaban amargamente a quienes consideraban “indecentes” o “muy menores”. Acabaron creyéndose los amos al punto de convocar tributos y alabanzas a todo aquél que quería tener respetabilidad en la cultura y de paso alguna chamba.”

Sin embargo, “La Mafia” no dominaba todos los medios y en los primeros años de los sesenta la dirección del Centro Mexicano de Escritores quedó en manos de Juan José Arreola, un escritor independiente que se negó a reverenciar a los miembros de la mafia, y junto con Juan Rulfo coordinó las sesiones de becarios que se prolongaban en su departamento. Ahí se creó el taller literario denominado Mester, al que acudieron José Carlos Becerra, Alejandro Aura, Elsa Cross, Gerardo de la Torre, José Agustín, Federico Campbell, Jorge Arturo Ojeda, Rafael Rodríguez Castañeda y René Avilés Fabila, entre otros.

Con el tiempo publicaron la revista Mester y la novela La tumba de José Agustín. El taller desarrolló una gran creatividad y a los pocos años aparecieron De perfil del propio José Agustín, Relación de los hechos de José Carlos Becerra, Los juegos de René Avilés Fabila y Como la ciega mariposa de Jorge Arturo Ojeda.

Los juegos

La influencia real de “La Mafia” molestó a la joven generación de escritores que habían iniciado una crítica al vacío de la llamada modernidad con La tumba de José Agustín o empezaban a plantear las nuevas relaciones amorosas entre los adolescentes, como en Gazapo de Gustavo Sáinz. La veta crítica los llevó a impugnar a la sociedad, a sus grupos y maneras de vida. René Avilés Fabila inició los planes para escribir una novela con la intención de cuestionar a esa mafia. Cuando lo escucharon Rafael Giménez Siles y Emmanuel Carballo de la Editorial Diógenes le pidieron que la escribiera. En seis meses la terminó pero los entusiastas editores la rechazaron por la manera descarnada en cómo abordaba el tema y debido a que el personaje principal se parecía mucho a Carlos Fuentes, amigo y protegido de Carballo.

Luego fue con Joaquín Díez-Canedo quien le dijo: “Voy hacerle un favor, quémela, tendrá usted demasiados problemas”. Las negativas impulsaron a René Avilés Fabila a realizar una edición de autor con la aportación de amigos. La novela fue impresa en los talleres de Manuel Casas Impresor y contó con una portada espléndida hecha por Augusto Ramírez, un comentario de José Agustín y la edición estuvo al cuidado de este último y Manuel Mejía Valera. La impresión se terminó el 8 de noviembre de 1967.

Los juegos inicia cuando Ruperto Berriozábal, estimado como un escritor genial, por una novela y un libro de cuentos, hace una lectura autobiográfica en Bellas Artes. Ahí habla de su posición política, gustos y preferencias con gran arrogancia. Cuando termina la presentación un grupo de amigos se van a la casa del ensayista Rex Kótex para festejarlo. Es en la fiesta en donde sucede la mayor parte de la anécdota en donde los invitados se congregan de acuerdo a su prestigio en grupos. Ahí se escuchan elogios, vanalidades y remembranzas, tranzas, engaños que se intercalan con señalamientos críticos a la corrupción gubernamental y la descripción del asesinato en el estado de Morelos de la familia Jaramillo, realizados por un narrador omnisciente. También se recurre al pasado para recuperar le historia de Berriozábal, y de otros personajes como Rex Kótex, Rosicler, el pintor Culeid…, así se va mostrando el rostro tremebundo de esa “Mafia” oculto por una máscara de respetabilidad.

En Los juegos René Avilés Fabila hace una crítica al grupo de intelectuales que en los años sesenta se le conoció como “La Mafia” y que él define como “El Clan”. A partir de la descripción que realiza, esta agrupación aparece como una red jerárquica y ordenada de relaciones que tiene como intención mantener y ampliar sus espacios de influencia.

El papel que tiene es transmitir y producir una serie de ideas, imágenes, representaciones, maneras, gestos que formen en las personas una concepción de orden y jerarquía. Para lograr esta difusión ideológica el Estado le proporciona espacios y medios como instituciones, revistas…, además de que les ofrece becas para que amplíen su formación, con estudios en el extranjero o en el país, o tengan más recursos económicos.

Las dádivas los subordinan de manera indirecta. Cuando el escritor recibe un salario, beca o premio del Estado limita la crítica porque sabe que cualquier cuestionamiento radical traería como consecuencia un acto gubernamental que le quitaría sus prebendas y pondría en peligro su futuro. Dice el general Kótex, padre de Rex: “Los intelectuales, igual que los otros y los otros, como decía el grande Obregón, no resisten cañonazos de billetes fuertes… También ellos tienen que vivir. Los poetas, los pintores y todos esos tienen sus estomaguitos y sus vicios. Se te pasa que el gobierno pagó cuanto mural tenemos en los edificios públicos y que los buenos escritores con el paso de los meses se hacen ministros de Educación o algo parecido.”

La enajenación resultante hace que los escritores produzcan obras que se identifican con el sistema, y así se exalta la fuerza de los hombres del poder y la diferencia como elementos naturales en la mayoría de las novelas, cuentos, poemas, ensayos…, El resultado es que presentan una versión acorde al orden que aparece como real y ellos como los auténticos interpretes y actores, por eso dice el narrador omnisciente: “…ir contra Ruperto Berriozábal o contra sus posiciones o contra el clan es ir contra el avance y el desarrollo cultural de México.”

El control de las ideas se logra además con un manejo dictatorial del clan, en donde el escritor más prestigioso ejerce un dominio sobre los otros miembros. La fama lo coloca en una posición de ascendencia por el reconocimiento internacional y nacional que se refleja en traducciones y premios. Afirma el jefe del clan Ruperto Berriozábal: “Mis libros se venden como pan caliente de CONASUPO en colonias proletarias. He sido traducido en varios idiomas, destaquemos el inglés, el francés, el italiano, el ruso y el polaco. Mi primer libro fue homenajeado con los premios Alfonso Reyes y Puerto Vallarta simultáneamente, los otros no tiene caso citarlos, son de sobra conocidos.”

El poder de ese ascendiente le permite indicar además los rumbos que debe seguir la cultura. Asevera el mismo Berriozábal: “Me acusan de ser un dictador intelectual, nada más falso: me limito a marcar rumbos y señalar directrices a los escritores mexicanos (y a algunos de Guatemala para allá). Si ahora la literatura en nuestro país se divide en antes y después de mí, en nada tengo la culpa; en última instancia la tiene mi genio y mi facilidad innata para la publicidad.”

También se influía al público a través de la crítica literaria que “no era la excepción pues estaba dirigida por un profundo instinto amistoso. Crítica buena para los amigos. Crítica despiadada para los enemigos (y para los desconocidos si apuntaban a serlo).” La intención era imponer en el gusto del público a los autores y obras del “Clan” con lo que esto implicó una particular concepción de la sociedad y la cultura que como ya apunté privilegiaba la jerarquía y el orden sostenidos por la fuerza de los poderosos como los caciques, caudillos, líderes, jefes, padres….

Estos intelectuales se incorporaron al Estado a través de una serie de maromas ideológicas que iniciaron con un cuestionamiento a la sociedad, para luego proponer una serie de cambios que sólo podría realizarse si se incorporaban al aparato gubernamental. Otros durante un tiempo militaron en la oposición y sostuvieron que había que transformar a la sociedad con una revolución que la refundara bajo nuevas bases de justicia y libertad.

No obstante, con el tiempo mudaron de ideas como lo escribe con todas sus letras René Avilés Fabila, en la advertencia al lector escrito recientemente para Los juegos: “… Parte de los personajes que modelaron sin saberlo para Los juegos, que en 1967 se vanagloriaban de su oposición al Estado, incluso querían destruirlo, ahora están dentro de él, forman parte de la corrupción, protegidos y premiados por los distintos gobiernos priístas” y ahora digo yo también panistas. Los menos fueron consecuentes y mantuvieron una distancia con el poder, para continuar cuestionándolo como lo hizo siempre José Revueltas.

En Los juegos René Avilés Fabila acierta a definir a ese grupo de intelectuales como un “Clan” y no como una “Mafia” que tiene una connotación criminal. “El Clan” fue una comunidad con una ascendencia común, la de ser artistas, que estableció relaciones cuasi familiares y obedecía a un jefe. También describe con audacia las maneras y traiciones que hacían en aras de obtener poder y prestigio. Toda esta tremenda realidad es interpretada de manera festiva y mordaz con una prosa clara y directa.

A pesar del tiempo transcurrido la novela es actual por la permanencia de los vicios y jerarquías en la cultura, aunque ahora no hay un “Clan” sino varios que actúan de manera mafiosa, como lo demostró el escritor chileno Roberto Bolaño en su ficción mexicana Los detectives salvajes, deudora sin duda alguna, de la novela de René Avilés Fabila, Los juegos, y se muestra cotidianamente en los periódicos, estaciones de radio y televisoras. Como escribió José Agustín en la contraportada de esta novela: “…Después de leer Los juegos fluye la inquietud de transformar ese submundo hipócrita…” que todavía padecemos.