Con un lleno a reventar, en la antigua capilla del Palacio de Minería el fabuloso fabulador René Avilés Fabila inició amenísima plática en conmemoración de sus 70 años de vida. Joven siempre, sobre él no pasan los años, como si fuera el Dorian Grey mexicano, es el mismo que conocí, no sé, hace treinta o cuarenta. Y es que, independientemente también de lo que él físicamente pueda parecer, es todavía muy joven: 70 años del gran escritor ¿qué son para un su admirador de 96?
Y sigo a lo que voy. Trasladarse en automóvil desde el sur de la ciudad a la calle de Tacuba cualquier día de la semana, de lunes a sábado, es proeza; pero no en domingo: por eso llegué puntual a la puerta de la capilla a la una, previo trabajoso ascenso por la ancha escalera apoyado en mi bastón. Aclaro: hubiera subido ágilmente si no fuera porque estoy aprendiendo otra vez a caminar a causa de una reciente fractura de cadera. Total, que pude entrar al recinto porque los que cuidaban la puerta me vieron dado al cuaz. Y, bueno, mientras que a mi hijo Roberto se le impedía la entrada, ya adentro no tuve problema: al verme, un amable ciudadano se levantó rápido y me cedió su lugar. Y al punto recordé, pues cómo no, un pasado profundo de años, cuando por primera vez en mi vida, en el metro de Moscú (¿qué andaba yo haciendo por ahí?) una joven en jeans de rostro de porcelana me ofreció su asiento, suceso impresionante y significativo: me despedía de la juventud. Luego puse atención. René relataba, presidiendo ante la mesa de las conferencias, la suya magistral, con la simpatía y el buen humor que en él es habitual, (es verso y es verdad), sus comienzos literarios en el terreno del cuento. (Y se me vino a la mente aquella ocasión: Joaquín Diez Canedo me alargó un texto del autor entonces desconocido para mí, titulado La Lluvia no Mata las Flores. ¿Qué te parecen estos cuentos? -dijo- ¿No se te hacen algo flojos? Me parecen, opiné, muy buenos. Pues los voy a publicar, respondió. Verídica recordanza para la historia. René se refirió enseguida a su debut como novelista con Los Juegos, obra irónica de crítica burlona a los artistas y escritores de aquel tiempo a la que le siguieron La Canción de Odette, El gran solitario de Palacio, Tantadel, Memorias de un Comunista, las estupendas Recordanzas, las excelentes El reino vencido y El amor intangible, la inquietante Réquiem por un Suicida y otras más cuyos títulos omito por no recordarlos, todas amenas y magníficas, hasta culminar con El Evangelio según René Avilés Fabila que me dispongo a leer. Por último y para acabar pronto, se declaró mujeriego en el buen término, lo que provocó un fuerte aplauso de la concurrencia. Y bueno, pues que quedó muy claro para los que estábamos apretados como sardinas en las bancas y los que se apretujaban en los pasillos laterales, que el conferenciante era, nada menos, un consumado artista como cuentista y novelista, maestro y periodista.
Intenté decirle unas palabras cuando salía al final de su plática, ovacionada por el público mayoritariamente juvenil. Fue imposible. Un abrazo distanciado le di entre los empujones de los que querían obtener su dedicatoria y me dije: será otro día.
Ahora reflexiono. 70 años no son nada para René Avilés Fabila, que seguirá dando lustre a la literatura nacional. Un amigo suyo, de los muchos que tiene, lo felicita por escrito, no faltaba más.