René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

California (1)
Nepomuceno y Aviles Fabila*
Poli Delano

Irving, California. Para la tres horas y media que dura el vuelo entre el DF y Los Ángeles, me armé de dos libros que desde hace días deseaba leer. Ambos de ficción y de la serie “La red de Jonás” (Premiá Editora). La elección fue buena y la verdad es que el viaje se me hizo corto. Contradanzas es una colección de cuentos de Eric Nepomuceno, escritor brasileño residente en México a quien sólo -y lamentablemente- conocía por su labor periodística y por algunas narraciones publicadas en revistas y suplementos dominicales. En Contradanzas presenta una buena cantidad de ficciones breves escritas más o menos a lo largo de una década.

Lo primero que habría que decir es que definitivamente el autor posee un estilo, una manera de contar que implica un modo de ver la vida, de relacionarse con los personajes, de sentir el mundo. Si se tratara de definir ese estilo, creo que emplearía el término “heminguayano”, en el buen sentido de la palabra. Porque Nepomuceno no es un imitador de Hemingway: lo ha asimilado con hondura y mantiene con él una especie de afinidad temperamental. Maneja con soltura y gracia algunos de los recursos que caracterizan la ficción de Hemingway: la frase corta y la reiteración, por ejemplo, el diálogo sin compañía de explicaciones de ningún tipo, el discurso entre líneas. Señalar que el conjunto es disparejo sería caer en el lugar común, ya que es prácticamente imposible que de una colección de aproximadamente treinta textos, todos mantengan el mismo nivel de calidad o igual intensidad. Todos -o casi todos- los cuentos son buenos. Lo que pasa es que algunos van más allá de ese calificativo y resultan excelentes, como el de las dos prostitutas hospedadas en el hotel de una ciudad en estado de violencia. O el de la pareja que viaja en un trasbordador y que va a separarse cuando éste llegue a tierra. O el de los amigos que se reúnen en el sótano después de la tortura... Eric Nepomuceno tiene sensibilidad para capturar la esencia de los hechos para desechar todo lo superfluo. Pero, sobre todo, tiene él bastante historia, bastante mundo observado, vivido. Es, sin duda mi cuentista “con toda la barba”. Porque también tiene barba.

El otro libro es La canción de Odette, de René Avilés Fabila. Soy lector de Avilés desde hace años. Fui quizás uno de los primeros en conocer su libro La desaparición de Hollywood (y otros desastres), ya que hace diez años me tocó leerlo siendo jurado del concurso Casa de las Américas. El libro resultó finalista y recibió una de las dos menciones honrosas que se otorgaron (la otra le correspondió a Manuel Miranda Sallorenzo). En México, casi recién llegado de Estocolmo, donde pasé los primeros meses de exilio, vine a conocerlos personalmente cuando en una librería de Thiers se hizo la presentación del libro De los tres, ninguno, donde figuraban relatos suyos, de José Agustín y de Gerardo de la Torre. Después leí varias de sus obras: Tantadel, El gran solitario de Palacio, Lejos del Edén, la Tierra...

La canción de Odette también gratificó mi viaje, más que nada por la destreza novelesca con que se va desplazando ese formidable personaje que es Odette, la mujer madura y sola, ya decadente, que reúne en torno de sí a jóvenes intelectuales, estudiantes, artistas a quiénes sorprender con sus audacia y de quiénes recibir a cambio cotidianas inyecciones de vitalidad para seguir adelante. Odette es un personaje redondo, desarrollado, al que vamos siguiendo hacia atrás, a partir de su muerte y a través de la conciencia y las indagaciones del personaje-narrador.

Buena lectura para un solo vuelo. De regreso (después del Primer Simposio Internacional de Poesía y Narrativa de Hispanoamérica, siglo XX. que se inauguró el 7 noviembre en Westminster, y del Simposium sobre literatura chilena que tendrá lugar en Irvine) me iré leyendo un James Hadley Chase que ya compré y una interesante novela del escritor norteamericano, Richard Cunningham (a quien conocí en estos días) que más adelante comentaré: “A ceremony in the Lincoln Túnel”.

* Publicado en el periódico Excélsior, Sección cultural, 26 de octubre de 1982.