Al atreverse con un género escasamente cultivado en nuestro país, esto es, la autobiografía, René Avilés Fabila comete la audacia de compartir con nosotros, sus lectores, los ángeles y demonios de su jurisdicción privada, aquellos guardados por años en el seno de la intimidad, esos que desde las cavernas de la soledad sólo le hablan a él para conducirlo en las respuestas que la sociedad le ha venido demandando; de tal suerte que, tarde o temprano, nos vemos complicados en un calidoscopio que muestra reflejos deslumbrantes por su inteligencia y otros sobrecogedores por una franqueza inusual en nuestro medio.
Enciclopedia personal al mismo tiempo del júbilo y de la infamia, Recordanzas es un minucioso intravagario en el que René hace un recuento de las ganancias y los daños de su reflexión comprometida frente a las tareas del intelecto y los figuros o desfiguros de su espíritu radiante o de su corazón atormentado. Es la pasión y no otra cosa la que mueve el fiel de la balanza en este juicio implacable del ser frente a sus circunstancias, porque es ella la que le marcó la frente el día en que arribó a este mundo y se encontró con que la partera lo recibía con unos guantes de hule ensuciados con la flagrante injusticia del abandono, la ausencia por demás cobarde y cruel de un personaje al que, por muchas líneas que le haya dedicado, no logramos verle el rostro, no el perfil, menos los rasgos de un amor que pareciese ser elemental, primario, animal, y que, sin embargo, nunca pudo atravesar el cartón engominado de esa máscara de carnaval que jamás pudo convertirse en un comienzo de primavera para René Avilés Fabila.
Pasión, y cómo no, si con ella nuestro autor resolvió sus conflictos de familia; si con ella se comprometió en los nobles propósitos de reivindicación social de una ideología progresista, una hermosa utopía, la única verdaderamente profunda de nuestro siglo XX, ésa que la imperfección y mezquindad del hombre terminó por destruir, dejándonos huérfanos; si con la determinación que conlleva hizo del placer de la lectura una vocación en aras de un conocimiento universal que le permitiese ser mejor frente a sí mismo y en su relación con los demás; si con ella pudo edificar el altar de letras, de palabras, y oficiar frente a él, en calidad de escritor, las misas del más profundo amor.
Sentimiento molecular en René, esa pasión que ha catalizado y cataliza su relación con el mundo, con el siglo diríamos si fuera una monja ilustrada, ha hecho de él una línea recta que, a pesar de su natural generoso y solidario, no admite concesiones respecto de la conducta muchas veces desviada de terceros, sobre todo la de aquellos instalados en el poder por no poder, y mucho menos para consigo mismo. Hombre riguroso frente a sus compromisos pasionales, Avilés Fabila es un escritor implacable con sus textos, tanto literarios como periodísticos, a los que como aconsejaba Alfonso Reyes, sabe meter tijera, goma y hasta picadora de papel. Detrás de cada uno de sus cuentos, novelas, editoriales y reseñas hay muchas horas de quema y roza, mucha arena en un reloj suspendido hasta que su juicio estético otorga el visto bueno.
Por eso, Recordanzas, desde esta perspectiva, apasionada, es un mirador privilegiado para asistir a la celebración del espectáculo de la confrontación que un escritor hace con su pasado, con ese pretérito que, le guste o no, es consustancial a su integridad psíquica y a su estructura física, y, debo decirlo, es un ejemplo de honradez.
Mas esta obra es también un regocijante extravagario. A la par que profundiza en la entraña, navega por sobre la piel del mundo. Ahí, gracias a la virtud de su autor de ironizar consigo mismo, cualidad que yo en lo personal le admiro y agradezco, el pasado se vuelve una fiesta, un canto a la vida, a su bolsa de regalos, siempre con el buen humor blanco o negro, que René le ha sabido extraer para permitirse reír y, por qué no, llorar cuando las circunstancias se lo han exigido.
La promiscua relación de sus permanentes enamoramientos, como aquél que confiesa por la paradigmática Lady Chatterly y los celos que siempre ha sentido por el guardabosques de genitalidad argentina, constituye una afilada paradoja respecto de sí mismo, porque él, René Avilés Fabila, odia el campo, los prados y las flores, no sabe distinguir entre un eucalipto, un pino y una chayotera, y él en su envidia, que obviamente lo obnubila, no se da cuenta de que si él fuese quien se tuviera que tirar a la bacante británica, por supuesto en el papel del guardabosques, lo hubiese tenido que hacer encima de un irritante pajar, o sobre el lodo de una cuneta en un camino vecinal, o, qué asco, revolcándose en el pasto verde que te quiero verde.
Ya sé que René me va a contestar: y por qué no sobre una ensalada de lechuga, que es más civilizado y además urbano, como lo hice alguna vez, imaginariamente por supuesto; acostumbra disfrazar El Capitán Lujuria su lascivia con impermeables amarillos de ficción, con Gloria Vandersmith, maravillosa mujer regiomontana de apellido La güera Lagarza a quien le decían La - Güera, amiga de Truman Capote, en el Four Seasons de Nueva York, donde para tu conocimiento, mi querido Watson, no hay un pinche árbol en diez kilómetros a la redonda.
Y es así, que, aunque el intrépido Águila Negra no lo consigne en Recordanzas por razones de seguridad nacional, existe en el FBI, en Scotland Yard y en el archivo de la policía municipal de Tampico, Tamaulipas, varios dossiers clasificados como confidenciales, en los que se consigna, entre otras aberraciones sexuales - él las llama preferencias- la violación consuetudinaria (una por cada día de la semana) de Lolita, una señora de apellido Bovary y la foquita predilecta de Brigitte Bardott por el autor de Fantasías en Carrusel y Réquiem por un suicida, sobre, ya lo adivinaron ustedes, una plancha de concreto prefabricado patentado por la ICA.
Así y en 471 páginas más, René Avilés Fabila nos ofrece la presencia de su singular talento observando, reflexionando, enjuiciando y criticando a un México y a un mundo llenos de contradicciones, arbitrariedades y desarticulaciones, pero que, al fin de cuentas, valen, bien lo valen, ser vividos con la intensidad del autor de Recordanzas.
* Publicado en el periódico Excélsior, Suplemento El Búho No. 591, enero 5, 1997, p. 4.