
Las memorias (Recordanzas) de René Avilés Fabila son un profundo repaso de su vida, de sucesos que no se le escapan. "René el memorioso", pudiera decirse, acordándose de Borges. Ningún tema se le esquiva. Pero no lleva la memoria como un fardo, estoy segura que no le pesa, porque las cualidades de su carácter: alegría, brillantez, agresividad, seguridad en si mismo, le aligeran esta tremenda carga de recuerdos. Empiezan sus memorias y la ternura se desborda en las hojas del libro.
Al recuerdo de Leonora, la hermana mayor, van enlazados otros muertos en corro silencioso. Respira veracidad en sus renglones. Hace de la verdad una necesidad imperiosa. Eso es lo que siente el lector o cuando menos esta lectora. Gracia pura que también derrama entre renglones llenos de buena sintaxis. Leal a sí mismo, va recordando hoja a hoja el calendario de su niñez, su pubertad, su juventud con enorme autenticidad en un mar de simpatía, donde el lector nada y se refresca. Sus innumerables novias, todas, sus amigas fieles, sus maestros escogidos por él o por el Destino, habrán de congratularse por tenerlo cerca.
Respecto a su lujuria, a pesar de que se presenta y se presume como libidinoso, erótico eterno, libertino tenaz, más bien lo vislumbro como un alegre juguetón que retoza con el sexo con más alborozo que con lascivia. En fin, un fauno lleno de júbilo de vivir. Por otra parte, las memorias forman un género escaso en nuestra literatura, escaso y casi siempre aburrido, porque están cargadas de yoísmo, de un ego brutal que las hace tediosas y estáticas. De Voltaire se ha dicho que "combatió los crímenes con la risa". Parecida cosa se puede decir de René cuando mezcla su osada ironía, su punzante sentido del humor con la agresión antigobiernista.
Y es este libro sincero, que se me queda burilado, la vida de un hombre, de Rene Avilés Fabila que ha aprovechado su tiempo exprimiendo sus minutos como racimos de uvas de extraño sabor único. Sufrido, gozado y combativo como pocos. Gracias por darnos la sensación de que no hay secretos para el lector.
Griselda Álvarez