Muchos de los materiales que René Avilés Fabila nos presenta en su libro Recordanzas me son familiares. No sólo compartimos los mismos, agitados y tormentosos tiempos, ya que pertenecemos a la misma generación, sino que además nos conocemos prácticamente desde la adolescencia, cuando Luis Gaytán, mi compañero de escuela y vecino de René, nos puso en contacto en 1960.
Él y yo congeniamos en el acto. Los dos éramos muy jóvenes y con ambiciones monumentales, que en esa época se manifestaban en el deseo de evadir los horrores de la clase media idiota y de expresarnos a través del arte. A los dos nos gustaban las artes en general: la literatura, la música clásica, la pintura, el cine y el aguerrido rocanrol. Eso nos ubicaba en un cierto nivel de “intelectuales”, pero los dos lo compensábamos con nuestro aprecio de la digámosle vida común: ir a fiestas, beber como cosacos, ligar chavas y demás deberes propios de la primera juventud.
Al poco tiempo, y sin ser conscientes de ello, nos ofrecimos mutuamente lo que teníamos: nuestras familias, nuestros cuates, nuestros espacios más queridos: a mí me correspondió invitar a René al enclenque taller literario que nos entusiasmaba a Gerardo de la Torre, a mi pintor hermano Augusto y a mí. Se trataba del Círculo Literario Mariano Azuela, que primero era el juguete de gente más grande que nosotros, pero que al poco tiempo lo convertimos en un centro de chavos. Este taller, con todo y sus limitaciones, fue una plataforma decisiva para el futuro literario de los dos. Por su parte, René me convenció de que renunciara a mi deseo de entrar en la prepa Cinco, cuyo “Teatro en Coapa” era un tremendo imán para mí; en vez de eso, me inscribí en la prepa Siete, donde René, que pertenecía a la generación fundadora, ya llevaba avanzado un trabajo de líder político. En 1961 conquistamos sin demasiados esfuerzos la sociedad de alumnos. René fue electo presidente y a mí me correspondió encargarme de la acción cultural. Por supuesto, el manejo de la grilla le correspondió a él, pero yo aprendí rápido y pronto formamos un espléndido uno-dos que funcionó muy bien y así nos divertimos como enanos y pusimos en muchos aprietos al director de la escuela, que era un perfecto pendejo. Los dos éramos de Izquierda, fans de la revolución cubana y, críticos del gobierno priísta. Ese año yo me lancé como alfabetizador a Cuba pero regresé a tiempo para participar en las actividades político-culturales de fin de año de la prepa, que culminaron con el padrinazgo de Cuauhtémoc Cárdenas y con una fiesta sensacional que yo narré con detalle en mi autobiografía El rock de la cárcel.
Grillas aparte, nuestra amistad se ahondó tremendamente, y no fue de extrañar que los dos conociéramos y nos ligáramos a nuestras chavas de toda la vida en el Viejo edificio colonial de la prepa Siete. Por tanto, René fue testigo de mi matrimonio, en 1963, con Margarita Bermúdez, y poco después yo fui testigo de su boda con la gran Rosario Casco. Por cierto, no deja de ser significativo que hasta la fecha nuestros matrimonios hayan sobrevivido más de treinta años.
Por si esto fuera poco, la literatura resultó un vínculo poderoso entre los dos. Juntos controlamos los Cafés Literarios de la Juventud y creamos Búsqueda, una publicación literaria en la que también participaron Elsa Cross y Alejandro Aura. Después, todos juntos, fuimos a dar al taller literario de Juan José Arreola, cuya revista Mester consolidó nuestro carácter de grupo generacional, que incluye, además de Elsa y Alejandro a Gerardo de la Torre, Federico Campbell, Rafael Rodríguez Castañeda, Eduardo Rodríguez Solís, Jorge Arturo Ojeda y Víctor Villela. El taller de Arreola fue decisivo para nuestra formación literaria, fue el trampolín para llegar al Centro Mexicano de Escritores y, finalmente, para la publicación de nuestros primeros libros. A mí me tocó estar muy cerca de la edición de Los juegos, la acelerada novela de René que aterrorizó a Emmanuel Carballo, Rafael Giménez Siles y a Joaquín Díez-Canedo, quien por cierto le dijo a René: “Mejor quema ese libro”. Ayudé intensamente en la preventa del libro, en la edición y en la promoción, con el texto de las solapas y un artículo que me costó la salida de la plana cultural de El Día. Nunca dejamos de emborracharnos y de echar un relajo sensacional con grandes amigos: otra vez Gerardo de la Torre, Bernardo Giner de los Ríos y el “Eruano Uto”, Edmundo de los Ríos. Juntos fuimos acusados de ser “terroristas culturales”, cuando no dudamos en apoyar nuestros puntos de vista con madrizas a dos que tres ojetes. Y también volvimos, a quedar juntos cuando nos asestaron el reductivismo de la “literatura de la onda”.
Después René y Rosario se lanzaron a las Europas y después yo fui testigo de la evolución de los intereses literarios que finalmente predominaron en René: la pérdida de interés por los contenidos Políticos, que un tiempo le atrajeron mucho, y, en cambio, la consolidación de la escritura de fábulas y cuentos fantásticos y de los temas relacionados con el amor. Sumamente fértil, René ha publicado numerosos libros, y yo siempre lo he seguido de cerca con un profundo interés y con alegría ante sus éxitos.
A lo largo de más de treinta años, con más altas que bajas, hemos logrado preservar la amistad, así es que ya se imaginarán el interés que me despertó saber que ahora René se había lanzado a recapitular experiencias en Recordanzas. Este libro reúne una gran parte de las columnas “Dramatis personae”, que René publica en su suplemento cultural, y en él René aparece como es y como siempre ha sido: un escritor incisivo, provocativo, controvertido, lleno de simpatía y sentido del humor. Técnicamente no se trata de una autobiografía, ni de un libro de memorias, porque no está concebido de esa manera, pero cumple con la función de acercarnos a un autor muy dinámico y, naturalmente, no descarta la posibilidad de que más adelante René emprenda la escritura de una autobiografía con todas las de la ley. En lo que eso sucede, por mi parte ahora celebro la publicación de estas Recordanzas.
* Publicado en el periódico Excélsior, Suplemento El Búho No. 583, noviembre 10, 1996, p.1.