René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Las memorias de René Avilés Fabila Recordanzas*

Griselda Alvárez

Qué osada aparezco cuando me atrevo a opinar de este autor. Pero con los años, ya ni la silla eléctrica o la inyección letal nos detiene.

Adelante.

Qué bien cuando él llama a la sociedad “productora de prejuicios y estupideces”, qué bien cuando dice qué el amor dura cronológicamente cinco años (incluyendo un bisiesto desde luego).
Empiezan sus memorias y la ternura se desborda en las hojas del libro. Al recuerdo de Leonora, la hermana mayor, van enlazados otros muertos en corro silencioso.

Aun cuando con gracia truculenta habla de “abominables quinceañeras”, es tierno. Cuantimás cuando recuerda a su abuelo amado o el cambio que le hacían a su abuela de aguayón por filete, gracias a que era novio de Marilí, codueña de una carnicería.

Gracia, gracia pura que también derrama entre renglones llenos de buena sintaxis.

Leal a sí mismo va recordando hoja a hoja el calendario de su niñez, su pubertad, su juventud con enorme autenticidad en un mar de simpatía, donde el lector nada y se refresca.

Sus innumerables novias, todas, sus amigos fieles, sus maestros escogidos por él o por el destino habrán de congratularse por tenerlo cerca. Como alumno, aquilata a quienes en la universidad saben darle buenos conocimientos. Fidedigno y agradecido, describe uno por uno a estos maestros que redondean el espléndido intelecto de René.

Sus preferencias para leer buenos autores, habrán de ir modelando al escritor y al periodista que desde siempre habitó en su interior.

El amor a su madre, la honda huella de su presencia al correr de la vida, queda marcada en René para siempre y es influencia benéfica en sus estudios y en su carrera.

Un Edipo suave, constante. Ella, verdadero ángel de alas envolventes que más que protegerlo, lo arropan en su tibieza.

René a veces se antoja como niño grande, no por inmaduro, que maduro lo ha sido precozmente en muchos sentidos, sino porque le brota un atractivo especial como si fuera ingenuo sin serlo, como si fuera inocente siendo fuertemente pecaminoso, como si fuera suave, siendo a veces mortalmente agresivo.

Parece como si hubiera sufrido mucho y dan ganas de decirle: “ya sana, sana, colita de rana”. Apapacharlo. Pero, en contrasentido abierto, al leer despacio sus memorias, encontramos que le gusta, le atrae, enfrentarse al poder; goza cuando confronta y marca y remarca los errores del gobernante. Se atreve en franco reto.

En otro tema: ¿Cuántas veces está el nombre de Rosario entrelazado en sus memorias? Es que ahí vive el amor a su mujer, presente, desmintiendo “la cronología de los cinco años” se antoja un amor de los que ya no existen, o sea, para siempre.

Sus memorias también son como una parte de la historia de los maestros de México en la UNAM. Escribe de ellos con agradecimiento, con detalle, con afecto, sabe ser discípulo y amigo más allá del aula. Un ejemplo: Carlos Bosch, maestro y compañero. De él traza una de las páginas más bellas.

Descubro en sus memorias algo jamás imaginado, cuando él, como maestro en Milpa Alta, conoce en 1963 o 1964 a una directora que fuetea a los alumnos. Sí, látigo en mano. Se antoja increíble, fuera de la Constitución. Ahora con los Derechos Humanos creo que el caso es al contrario y los directores y maestros habrán de cuidarse.

Respira veracidad en sus renglones, repito. Hace de la verdad una necesidad imperiosa. Eso es lo que siente el lector o cuando menos esta lectora. Por la misma franqueza es maestro aún sin proponérselo, dentro de sus memorias, cuando escribe de sus lecturas preferidas y las comenta, puesto que guía a quien recorre sus líneas dando clase de lo que debemos de leer.

De vez en cuando una espléndida metáfora se le liberta aunque no quiera: “...que como yo cazaban nostalgias” No es compulsivo pero sí incita a repasar buenos autores que dejamos olvidados en el camino o que permanecen en nuestra biblioteca esperando la ocasión de ser leídos.

Las memorias de René Avilés Fabila son un profundo repaso de su vida, de sucesos que no se le escapan. “René el memorioso”, pudiera decirse, acordándonos de Jorge Luis Borges.

Ningún tema se le esquiva. Pero no lleva la memoria como un fardo, estoy segura que no le pesa, porque las cualidades de su carácter, alegría, brillantez, agresividad, seguridad en sí mismo, le aligeran esta tremenda carga de recuerdos.

Pese a ser abstemia repaso y repaso el capítulo etílico atendiendo la graciosa advertencia.

Juzgo, quizá temerariamente, que son pocas las mujeres que en la vida de René han dejado huella profunda en esta retentiva de prodigio. Insisto: Rosario es la única que, ha cavado hondo. Lo intuyo.

Respecto a su lujuria, a pesar de que se presenta y se presume como un libidinoso, erótico eterno, libertino tenaz, más bien lo vislumbro como un alegre juguetón que retoza con el sexo con más alborozo que lascivia. En fin, un fauno lleno de júbilo de vivir.

Por otra parte, las memorias forman un género escaso en nuestra literatura, escaso y casi siempre aburrido, porque están cargados de un yoísmo, de un ego brutal que las hace tediosas y estáticas.

Las memorias de René se escapan del hastío porque están impregnadas de simpatía.

De Francisco María Arouet (Voltaire) se ha dicho que “combatió los crímenes con la risa”. Parecida cosa se puede decir de René cuando mezcla su osada ironía, su punzante sentido del humor con su agresión antigobiernista.

La historia de su barba, cuando la hizo de árabe en Europa, me mata por su gracia y transparencia. Recomiendo el breve capítulo que dedica a las conferencias; nunca una mujer lo pudiera escribir. Comprobamos que el poder de la literatura es infinito. Con unos cuantos cientos o quizá pocos miles de palabras en eterna nueva combinación, decimos todo, leemos lo antiquísimo y podemos crear lo nuevo, lo que nos viene en gana.

Las memorias, lo que guardan nuestras neuronas, lo que almacenamos en engramas, aquello que nos hace sufrir golosamente cuando somos masoquistas, todo lo que nos hace reír para aplazar nuestro diario derrumbe, ahí está en Recordanzas.

Y es este libro sincero que se me queda burilado, la vida de un hombre, de René Avilés Fabila que ha aprovechado su tiempo, exprimiendo sus minutos como racimo de uvas de extraño sabor, único. Sufrido, gozado y combativo como pocos.

Gracias por darnos la sensación de que no hay secretos para el lector.

* Publicado en el periódico Excélsior, Suplemento El Búho, noviembre 3, 1996, p.3.