Si bien dice el dicho que recordar es volver a vivir, también es muy cierto que hay que saber vivir para luego poder recordar; además, los recuerdos, cuando se comparten, resultan doblemente gratificantes, porque permiten al interlocutor -al lector, en el caso de Recordanzas, el más reciente libro de René Avilés Fabila- disfrutar las vivencias ajenas: lo que se ha amado y odiado, lo que se ha conocido o perdido en el trayecto, lo que se ha gozado y sufrido; en una palabra, la existencia misma.
Si hacemos caso del lugar común que pregona que publicar un libro es como tener un hijo, muchos serán los testigos no sólo del alumbramiento de Recordanzas, sino de su gestación, porque muchos son los que han acompañado a René Avilés Fabila a lo largo de su vida, vida que ahora se traduce en un libro de memorias.
¿Por qué hablo de memorias y no de autobiografía?
Porque Recordanzas -que tanto, tanto tiene de andanzas en el camino pero que más tiene de recuerdos- es un maravilloso ejercicio de la memoria que fiel hace un recuento por todas aquellas cosas que han dado sentido a su vida y a su obra son recuerdos tamizados por los años por el sentimiento por la mirada a la distancia de ese camino que René ha recorrido viviendo intensamente cada momento, los buenos y los no tan buenos, los dulces y los amargos que juntos son los que ponen a punto el banquete.
Ya en una nota introductoria René se pregunta dónde está la realidad y dónde la fantasía. Bueno querido René la realidad está en las cosas que nos suceden -a los lectores, a ti, a mí, a todos-, cada día; y la fantasía irrumpe no en las mentiras que contamos, en los disfraces que nos ponemos ante la gente cuando queremos engañar a los demás sin ver que nos engañamos a nosotros mismos, sino en esa forma especial de recordar la cotidianidad, que es lo que hace la diferencia entre un diario y un libro de memorias, porque es maravilloso creer que se ha vivido en un “soberbio castillo feudal” -como bien te respondes en la misma nota- y no en la casa de la esquina.
Hay en Recordanzas un joie de vivre que nada extrañará a quien conozca a René al René jubiloso, gozoso, chispeante, enfant terrible, pero también al René justiciero que levanta el dedo flamígero para señalar con severidad aquello que le parece una injusticia una inmoralidad un atropello al René escritor al periodista al maestro al amigo que quiere poner cada cosa -y a cada quien- en su lugar.
René abre su corazón y nos permite entrar en su intimidad y nos deja ver sus afectos, sus desamores, en terrenos no sólo del amor sino de la amistad, de sus preferencias literarias, de los autores que dejaron en él una huella, detectable o no, pero siempre reconocida. Nos queda la impresión de que uno lo ve de cuerpo entero, de que lo conoce más, lo conoce mejor y, así, podrá entenderlo mejor, aunque estoy segura de que algún secretillo se ha guardado. Sus anécdotas nos recuerdan mucho sus cuentos: una constante historia de encuentros y desencuentros, de amores y desafectos.
Quizá RAF haga estas Recordanzas con el temor de que éste pudiera ser el mejor libro, temor justificado en quien ha hecho de la literatura su vida, su pasión más grande. Ocurre aquí algo semejante a lo que él mismo dice al referirse al periodismo cultural, con quien nunca pensó tener “tantas deudas (...) Creo que ahora tengo más lectores a causa del René periodista que por el René literato. No importa, no me parece grave”, como grave no es el que estas Recordanzas pudieran resultar su mejor obra, puesto que tiene todos los elementos literarios que lo hacen no sólo un excelente libro sino, además, cien por ciento disfrutable.
Sus memorias tienen ese su estilo directo, fresco, sencillo; y quizá sea éste uno de sus mayores logros: la antisolemnidad y combatividad que ha caracterizado siempre la prosa de Avilés Fabila.
Pareciera como si una tarde de copas nos pusiéramos a escucharlo, con ese tono un tanto desfachatado pero intachable lo mismo para tratar asuntos difíciles como la muerte, de sus seres más queridos, el cariño entrañable hacia su hermana, el distanciamiento con su padre; para narrar su amistad con grandes personajes, de la literatura, especialmente. Pero no es sólo un recorrido vacío, como una galería de personajes furiosos, sino un constante fluir de anécdotas en las que se detiene para ejercer la crítica con juicio severo y un enorme conocimiento de la obra literaria, pero también con mirada benévola, sentido del humor y fina ironía.
Un libro que refleja una selección cuidadosa y un orden diría yo impecable y que seguramente interesará porque es el repaso de una vida intensa un alto en el camino para hacer y hacerse justicia antes de continuar la jornada.
Un trayecto en donde vemos su paso por las cinco secundarias de donde fue expulsado, sus primeras experiencias para vivir a costa de las mujeres -lo que finalmente logra, primero con su madre, doña Clemencia, y más tarde, con las que pueblan sus cuentos, novelas, y que conforman su mundo literario- el “vago e inútil” que sin tontos prejuicios o falsas vergüenzas no teme reconocerse como el “Nene”.
De la Biblia y el Libro de oro de los niños, a El gran Gatsby de “maestrito” de ¡civismo! a profesor de tiempo completo en la UAM-X en la carrera de Comunicación; de la revista Mester a director de El Búho, y de Los Juegos a Recordanzas.
Su vida demuestra que sigue siendo el niño mimado primero por su madre, su hermana, tías, abuelos, su inseparable esposa Rosario y ahora por sus amigos, sus “novias” sus compañeros de trabajo
Avilés Fabila, René, Recordanzas, Editorial. Aldus, Col. La torre inclinada, México, 1996, 472 pp.
* Publicado en el periódico Excélsior, Suplemento El Búho, noviembre 3, 1996, p.3.