Olvidar sería, sin duda, un don divino, ha escrito Alvaro Mutis, porque la memoria es parte de nuestro sino. Envejecemos realmente, desde el primer recuerdo, y a partir de entonces la memoria nos traiciona, para nuestra fortuna. La naturaleza del dolor no está en la percepción del daño, tanto como en su inmediato recuerdo y ése es el conocimiento perverso de los torturadores; pero que la memoria se extinga como una bujía en medio de la noche, o que alteremos los perfiles precisos de un hecho diluyendo lo lastimoso o amplificando nuestras pasadas alegrías, es, de alguna manera, el misterio de la vida.
Enterados de nuestra improbable permanencia nos hemos aficionado al registro de los hechos, a la historia, a la crónica, a las memorias, autobiografías, diarios y hasta ciertos tipos de novela. Pero como otras muchas cosas, no a todos les ha sido dada la misión ni el don de hacer el recuento de los días.
Eso es lo que hace en Recordanzas René Avilés Fabila, y al escribirlo se asumió como testigo de su tiempo. Desde las Confesiones de San Agustín hasta Mémoires d’espoir del General Charles de Gaulle, el tránsito de la verdad sobre los hechos es sólo eso: un tránsito. Lo que entre muchas características distingue este viaje al pasado, próximo o remoto, emprendido por Avilés a lo largo de 472 páginas, es la inclusión no sólo de las vicisitudes de lo que aparenta ser una existencia divertida, sino, como el mismo obispo de Hipona a partir del libro X de su patrística obra, el abordaje de disquisiciones teóricas y el reconocimiento de la Verdad que para René es, fundamentalmente, la verdad literaria.
Posiblemente desde una perspectiva social la realidad sea múltiple o, al menos, la apreciación de ella en la conciencia de los hombres, pero coincidir, como lo hago, en tantos juicios literarios con el autor me hace, ciertamente, entender mejor nuestra amistad. El caso es que estar del mismo lado de calle es más perceptible en Recordanzas que en la lectura dominical de Dramatis personae, porque lo que en la columna era ventaja -oportunidad y brevedad- ahora se suma a la visión integrada talentosamente, no sólo por el arreglo temático sino también por el contrapunto de cada serie en una oscilación perpetua entre la vida y la muerte. Quizás, estos extremos, y el involucramiento intenso en nuestras desventuras y venturas, han auspiciado una relación perdurable que tiende a abarcar a nuestros minúsculos núcleos familiares, pues, como René, coincido en el reconocimiento restringido de esos lazos siguiendo el sabio consejo de Marco Polo -seguramente plagiado a los chinos- de buscar el amparo divino contra los parientes, aunque para nuestra desgracia ni él ni yo tenemos divinidad a quién apelar.
Si el historiador se asume con alejamiento de los hechos estudiados y con objetividad hace un registro pretendidamente aséptico, el cronista tiende a relatos abigarrados de hechos y los sucedidos son narrados en muchas ocasiones en tonos pasionales, tanto por la proximidad de los acontecimientos como por el involucramiento en ellos. Pero, generalmente, la visión no es de los vencidos, antes bien, es de quienes triunfaron o, al menos, les correspondió, hacer el registro. Para mí esto es muy claro en tan amenas y estructuradas memorias. Así, mi colega y amigo me acusa de haberme apoderado de la palabra en uno de los inolvidables saraos ofrecidos por Luis Herrera de la Fuente. Justo por los inolvidables postres de nuestra queridísima Victoria, eso es un infundio. Quién puede -me pregunto atónito- reducir al silencio a René Avilés, sobre todo en reuniones sociales salpicadas de whisky y vino, salvo, como ahora, cuando todos hablamos bien de él. Y lo hacemos, porque celebramos la lucidez y la eficacia de su narrativa directa y ordenada, siempre centrada en el corazón de su relato.
Conocí a René Avilés en la casa biblioteca de Alí Chumacero. De él sólo sabía versiones atroces y, por supuesto, tenía presente su reacción desfavorable a la publicación que en la Unidad Azcapotzalco de la Universidad Autónoma Metropolitana hicimos de cartas ilustradas de José Luis Cuevas y poemas de una abultada nómina de poetas que incluía , entre otros, a Octavio Paz, André Pieyre de Mandiargues y Roberto Sanesi. Desde entonces nuestro trato linda en la complicidad. Huelga decir que Avilés y Cuevas han encontrado gran afinidad, hasta prácticamente trasvasarse, uno y otro, sus métodos de conquista.
En sus exposiciones Avilés Fabila (RAF en las redacciones, pues por sus siglas los conoceréis), recurre principalmente al método diacrónico, a la narración de los hechos ocurridos a lo largo del tiempo. Pero una generación (y atiendo aquí no al concepto de amplio lapso de los demógrafos, ni al estrecho, vinculado con la exacta coincidencia en las aulas o en las maternidades, sino al que deriva de la cualidad de ser coetáneo y de la idea de Ortega y Gasset), una generación, decía, la nuestra, inevitablemente se ve movida a hacer una lectura sincrónica, a involucrarnos en el relato considerando que otros hechos -próximos a cada uno- se llevaban a cabo a un mismo tiempo. En este sentido, Avilés ha generado el registro de una ciudad y de la vida cultural nacional que nos correspondió. Nos proporciona así un testimonio como el producido en Literary San Francisco por Laurence Ferlinghetti y Nancy J. Peters. Las páginas íntimas, propias del drama interior vivido, sus reflexiones y juicios sobre el fenómeno literario, y aun de algunos hechos sociales, nos permiten refrescar pasajes propios y compartir así, intensamente, una narración que, como afirmé alguna vez de su literatura, recuerda a Ibargüengoitia, si bien Avilés agrega elementos paradójicos cercanos a los guiones clásicos del humor cinematográfico.
Gracias a él, rememoré una ciudad que se nos ha ido merced a la modernidad y al caos; recordé la preparatoria de los remeros, en efecto, llena de pelafustanes algunos de los cuales eran mis amigos; recordé la Preparatoria Nacional, donde a pesar de no corresponderme hice exámenes vocacionales que me ayudaron a confundirme aún más y, por ello, recorrí la Universidad coleccionando estudios y grados que realmente nunca me interesaron; recordé como nuestro autor, mi gusto por los perros y mi disgusto por los médicos (con excepción, claro está, de nuestro común amigo Federico Ortiz Quezada pero del cual, obviamente, no soy paciente); recordar a maestros extraordinarios como Arturo Arnaiz y Freg o hechos extraordinarios como el recital de poesía de Pablo Neruda en el atestado auditorio de Ciencias en Ciudad Universitaria; memorar los barrios, los antros, la ingenuidad de años mozos ávidos de ser y hacer; recordar y, por su obra, dejar constancia de nuestro paso en un país que parece irremisiblemente lejano. Y en el discurso de padres e hijos frecuentado por Avilés, creo también que una generación encuentra predicado a sus catástrofes personales pues, también generacionalmente podemos ser sujetos de estudio de Pierre Legendre en la revaluación de los montajes institucionales de nuestra tradición al instituir a los hijos en el discurso del padre y del hijo inciertos.
Nada hay pues en Recordanzas que nos resulte ajeno. Después de una segunda lectura vino a la memoria una imagen recurrente en mí, el discurso de Suecia, leído en Upsala por Albert Camus con motivo de la entrega del Premio Nobel, en donde hacía la apología de su generación, de los hombres de su época. A su manera René Avilés lo hace, nos prodiga remembranzas, y nos hace preguntar si pudimos haber sido en otro espacio o momento y nos hace padecer siquiera con la posibilidad de no haber coincidido en este nuestro tiempo de canallas, arrastrados en la tragedia del poder, convencidos, quizá, de las palabras de mi viejo maestro León Felipe, cuando apuntaba que no en la primera, sino en la última página acaso sepa el hombre cómo se llama.