Inesperadamente una editorial, Nueva Imagen, decidió que era el momento de publicar mis "obras completas". No antes, no después. Ahora, cuando la globalización es una realidad incapaz de anticipar un futuro luminoso; hoy que las utopías parecen extinguidas. No es el México que soñé cuando era adolescente y dejaba correr las ilusiones de un mundo socialista, según el vaticinio de Marx y Engels. Pero uno debe aprender a vivir y, lo que es de mayor importancia, a sobrevivir en las caídas y en el reflujo revolucionario. A no ser derrotado puede ayudar el optimismo, el sentido del humor, el más absoluto importamadrismo o la secreta ilusión de que en algún momento, como solía decir Ernesto Guevara, la humanidad se eche a andar o, dicho en las palabras del propio Marx, que dejemos la prehistoria para ingresar en una historia luminosa. No obstante, el México, donde aparece la totalidad de mi trabajo literario guarda discreta pero tenaz resistencia a seguir rutas que no son propias ni naturales. Las guerrillas aparecen cuando en la lógica actual tendrían que desaparecer. Los partidos políticos son de una total incapacidad para representar a la sociedad, a lo sumo, es obvio que representan a sus propios intereses, mezquinos en todos los casos, sin grandeza. Ello significa que no basta la alternancia del poder que hemos obtenido, se requiere ingresar en una auténtica transición democrática que obtenga cambios profundos y rompa con un sistema que ha logrado engullirse a los organismos de distinto signo que fueron oposición al PAN y al PRD.
Mi país, el que me rodea cuando ha aparecido mi primer tomo de obras completas, no es, en efecto, aquel que supuse llegaría de modo casi natural, formado en un materialismo histórico de ensoñación y truculencias que engendraron dictaduras y esperanzas. Entre 1960 y 1970, cuando estaban en su apogeo los movimientos subversivos negros en Estados Unidos, los hippies se negaban a vivir vidas convencionales y el rock de Dylan, Beatles, Rolling Stones, Procol Harum, Janis Joplin, Doors y Jimi Hendrix estimulaba una revolución sexual y de costumbres, más de la mitad del planeta se había sacudido el capitalismo, incluidos Cuba, Vietnam y algunos países africanos. Para muchos, las atractivas tesis del anarquismo expuestas con las dosis correctas de coraje y violencia por Sorel y Proudhon, se resistían a morir aplastadas por un marxismo-leninismo de apariencia triunfante y por la mojigatería de los que no comprenden la desigual lucha de quienes rechazan el sistema de valores que se ha impuesto sobre el mundo, y se lanzan a una lucha visceral contra el dinero, la propiedad, el Estado, la política, los partidos... Pero el arte nunca ha estado lejos de esas posiciones extremas. No en balde el primer acto surrealista era salir a la calle y disparar un revólver contra la multitud.
A pesar de las deformaciones en el pensamiento de Marx, realizadas por Lenin y Trotski, y de la larga presencia de Stalin, yo veía un socialismo democrático capaz de eliminar para siempre las contradicciones. Creía en una utopía y en consecuencia veía a los seres humanos hermanados y sin clases sociales. Para ello había hecho la lectura de los utopistas, de Moro, Campanella y Owen, entre otros, había aprendido en los anarquistas como Proudhon, que la propiedad la tienen unos porque se la han robado a otros. Ni la propiedad privada ni el Estado me parecen dignos de estar en el escenario de la humanidad, producen familias imperfectas, individuos egoístas y perversos. Hay que desaparecer a ambos y eliminar las injusticias y establecer un sistema, con una distinta concepción de familia y más positiva, cuyo eje sea el nuevo hombre, basado en alguien como Ernesto Guevara, dispuesto a morir por sus semejantes. Pensé que la idea de patria me quedaba pequeña, porque José Revueltas y Juan Rejano me enseñaron que la patria era el mundo entero y que estaba dividido de modo artificial. Jamás toleré, en consecuencia, el nacionalismo, en ninguna de las formas. Leí, como parte de mis estudios, a Platón, Maquiavelo, Bodin, Hobbes, Michelet, Locke, Rousseau, Tocqueville, Moro, Marx, Lenin y en particular un texto ya clásico: La política como vocación, de Max Weber, y me hice una idea idílica de la política: sirve para darle bienestar a la sociedad, dignidad. Pero la atroz práctica política mexicana me condujo a observar las contrapartes de la gran teoría: Carlos Hank González, Carlos Salinas, Fidel Velázquez, José López Portillo, Ernesto Zedillo y ahora Vicente Fox. Del cielo a la tierra. Carecemos de grandeza política, no producimos estadistas de envergadura sino politicastros y charlatanes que un día destruyen a la república y al siguiente tratan de inventarla.
El socialismo se derrumbó con una asombrosa facilidad. El llamado socialismo real o realmente existente era un gigante con los pies de arena. Un monstruo que había traicionado el espíritu del marxismo clásico. El Estado no había desaparecido, se convirtió en un monstruoso leviatán que nos amenazaba y sigue amenazándonos: por su naturaleza, siempre será represivo y opresor. La literatura así lo miró: recordemos un solo caso: Orwel escribió 1984.
Triunfó el sistema que combatí y en mi propio país las esperanzas se diluyeron. Todos debemos tratar de acostumbrarnos a coexistir con el neoliberalismo, con ese capitalismo salvaje que pensamos superado. Me resulta extraño ahora esforzarme en imaginar un capitalismo con rostro humano, con apariencia democrática y libertaria, sin claes sociales. Con una extrema concentración del ingreso en unas pocas manos, México recuperó su pasado de injusticias sociales y de brutales miserias que miramos con total cinismo. No es un sistema que entusiasme, en materia artística: el espectáculo del peor estilo ha doblegado a la cultura y los partidos políticos ven en ella una digna víctima para conseguir votos.
Comencé a escribir literatura cuando Fidel Castro y Ernesto Guevara trataban de incendiar América. En Asia el comunismo parecía consolidarse y el Marx rehecho, modificado, transformado en un grotesco rompecabezas, triunfaba en el campo de las apariencias e ilusiones. Mi niñez se había dado entre libros y sin televisión, con una familia donde había escritores, antropólogos y cantantes de ópera. Mi madre era una excelente y hermosa maestra de primaria que educó a muchas generaciones. Ella era culta, sensible e inteligente, criticaba al sistema y descreía de Dios. Con mi padre no tuve relación alguna, pero lo sabía escritor e historiador y eso me confortaba y llenaba de un secreto orgullo. Ambos podían ser considerados como personas de izquierda, como seres políticamente avanzados y me heredaron sus posturas ante la vida. Mi madre murió hace un año sin llegar a conocer el proyecto que hoy nos reúne. Uno jamás podrá aceptar la muerte de un ser querido, menos si tanto contribuyó a que todos estos libros, que ahora pone juntos y en colección Nueva Imagen, hubieran sido escritos . Reconozco también la inalterable presencia de Rosario, quien hace cuarenta y un años exactamente leyó mis primeros cuentos en los patios de la escuela preparatoria, mientras mis camaradas de andanzas iniciales escribían poesía o arengaban a los demás estudiantes con proclamas socialistas y críticas al gobierno.
Mi vida se fue poblando de libros leídos y de libros escritos, de autores que he admirado y de otros que no sólo he admirado sino también conocido. El amor pasión lo intuí desde las páginas de Flaubert y Tolstoi, D. H. Lawrence y Scott Fitzgerald. Los celos me llegaron a través de Shakespeare y Raymond Radiguet. El desamor y la soledad mostraron su pavoroso rostro a través de los hermosísimos y perfectos poemas de Rubén Bonifaz Nuño. Y la fantasía fue surgiendo con las sucesivas lecturas de la mitología griega y latina, las fábulas de Esopo y Lafontaine, Bradbury, Wilde, Poe, Carrol, la Biblia y muchos más. Si el humorismo y la ironía me vienen de madre, lo afiné con Swift, de Quincey, Borges y Arreola. La lista es larga y mis encuentros y desencuentros están en los tomos autobiográficos como Recordanzas y Nuevas recordanzas. Cada novela y cada cuento que escribí tienen atrás una larga historia. No son un momento de inspiración afortunada, son el resultado de lecturas y muchas horas de estar antes frente a la máquina y ahora ante la computadora. La literatura que escribo ha tenido (me lo dijo en un libro, Casa del silencio, el crítico y escritor Ignacio Trejo Fuentes) tres caminos: el político, el amoroso y el fantástico, aunque a veces se entrelazan. Mi carrera literaria ha sido larga, especialmente si consideramos que publiqué mi primer cuento en 1962, que en 1964 obtuve la beca del Centro Mexicano de Escritores, donde tuve como mentores a Juan Rulfo, Juan José Arreola y a Francisco Monterde. Mucho antes había trabado contacto, como herencia familiar, con José Revueltas, Juan de la Cabada y Ermilo Abreu Gömez. Mi respeto por el arte siempre fue evidente. Alrededor de mis doce o trece años mi madre me señaló a un hombre de apariencia impresionante y me dijo: Ése es el pintor David Alfaro Siqueiros. En 1957 ví en Bellas Artes por vez primera dirigir a Luis Herrera de la Fuente y a los dieciocho había escuchado varias veces improvisar poesía a Carlos Pellicer. En suma, no podía ser otra cosa más que escritor, un escritor que ha tenido una apasionada relación amorosa con el periodismo y que ha encontrado en las páginas de diarios y revistas el desahogo a sus inquietudes políticas.
Mi larga militancia comunista dejó el partido y se introdujo en la comunicación. Es curioso observar que cuando arrancaba, cuando empezaba a escribir cuentos, algunos me señalaban con desprecio que mi prosa era periodística y no literaria. En el caso de Luis Spota aquella acusación llegó a extremos notables. Lo hacían porque omito metáforas e imágenes, la prosa narrativa tiene sus peculiaridades y aún cuando puede pedirle préstamos a la poesía, yo prefiero conservar cierta ortodoxia. Digo que me desconcierta porque ahora los escritores más exitosos son aquellos que escriben con una fuerte influencia del periodismo, con un realismo a veces elemental que pretenden tomarlo de Truman Capote, de Tom Wolfe o de Norman Mallet, careciendo del talento de todos ellos.
Mi carrera está llena de deudas, pero son tantas que la lista de agradecimientos se haría casi infinita. En ella hay escritores afamados, muertos y vivos, artistas plásticos, músicos, unos cuantos familiares y amigos, muchos de ellos antes fueron mis alumnos y ahora apoyan mi carrera que no ha sido de velocidad sino de resistencia. Enemigos, los tengo y bien ganados, sólo que hasta hoy han sido incapaces de cerrarme el camino, a lo sumo lo han entorpecido y hecho más lento y en cierta forma más atractivo. No he buscado la fama, pero tampoco la rechazo.
Nueva Imagen ha decidido recoger todo lo que en materia literaria y de periodismo cultural he escrito. Ello parece un destino de hombre viejo, muy viejo y muy célebre. Yo no soy ni una cosa ni la otra. Pero es inevitable el que envejeceré aún más y que entonces me gustaría ser un ancianito famoso, al que mujeres hermosas le empujen su silla de ruedas a cambio de un autógrafo. No hay duda: escribiré otros libros. Lo que ha pasado con esta edición de Obras completas de René Avilés Fabila, es que cierran una etapa y abren otra. Me dan margen para una profunda reflexión; ciertamente literaria aunque no exenta de elementos políticos. Esta colección encierra mis primeros años, quizá ahora llegue una etapa de plena madurez. Son alrededor de diez tomos que incluyen unos veinte libros o más; cinco novelas, tres volúmenes autobiográficos, uno de ensayos y artículos y unos trece de cuentos. Algunos han sido corregidos para su edición definitiva y otros quedaron igual. Debo insistir, cada libro tiene una historia compleja e independiente de mí. Unos han viajado para ser publicados en otras latitudes y en otras lenguas: a Rusia, Estados Unidos, Francia, Yugoslavia, Corea, Alemania. El gran solitario de Palacio nació en Buenos Aires y Réquiem por un suicida en Madrid. El primero, mi versión de la matanza de Tlatelolco, es un porteño afortunado: lleva casi veinte ediciones y al segundo España lo ha tratado bien: cuatro ediciones, una de ellas de bolsillo. Tantadel, mi personaje femenino más logrado, le ha prestado su nombre, inventado por mí, para que varias niñas lo lleven, algunas han llegado hasta mí en brazos de sus padres, lectores de la novela. Asimismo existe un salón de belleza llamado Tantadel.
Ningún libro fue fácil aunque disfruté mucho escribiendo algunos cuentos amorosos; eran puras hadas hermosas y lujuriosas. Beatriz Espejo, con su delicada ironía literaria, me dijo en una presentación: Querido René, no todas tus mujeres literarias son hadas, algunas son brujas. El caso es que mis personajes. femeninos son los mejor acabados, en ellos pongo toda mi atención y esmero. El hombre carece ya de grandeza y sensibilidad. Una palabra sobre el amor. El que yo veo es el amor pasión, el que produjo hondas reflexiones en Henry Miller, Denis de Rougemont, Georges Bataille, D. H. Lawrence y Roland Barthes, el que buscaron fanáticamente el marqués de Sade y en otro tiempo, menos brutal, Anaïs Nin. El otro podrá ser admirable pero es poco literario, aburrido y muchísimo menos digno de atención. El amor y el desamor producto de un terrible y pasional encuentro o desencuentro son fundamentales dentro de mi literatura. Nunca he visto mujeres sumisas, las imagino siempre seguras, dueñas de sí mismas y de su propia sexualidad, no son dependientes ni material ni espiritualmente de los hombres, con frecuencia son ellas las que toman la iniciativa y conducen la relación vertiginosa y eróticamente. Las mujeres, en mis libros, han desplazado a los hombres y el amor ha sustituido a la política. Ah, son inalterablemente hermosas, salvo una o dos de manufactura reciente que se parecen a Bola de Sebo, la creación de Maupassant.l La fantasía, a su vez, se ha mezclado con el amor para al menos intentar salvarlo de la debacle diaria que padece. En suma, he trabajado más de cuarenta años y hoy Nueva Imagen corona este tiempo con una hermosa edición de Obras completas que inician con dos mujeres mágicas: Tantadel y Odette, y que llevan un prólogo escrito por un narrador y poeta de talento, Bernardo Ruiz.
No quiero concluir sin antes darles las gracias a todos ustedes, la mayoría me ha seguido a través de mis intrincados pasos por la literatura y el diarismo. No ha sido fácil, los medio de comunicación, por lo regular absortos ante cinco o seis figuras, no siempre me han ayudado y con frecuencia pasmosa hallo incomprensión y una fuerte carga de agresividad. Sin embargo, pese a ello, ustedes son quienes han hecho posible que yo hubiera tenido éxito en el viejo El Búho, que haya podido editar desde hace casi dos años mi propia revista cultural, Universo de El Búho, y seguramente son ustedes quienes impulsaron a la editorial Nueva Imagen a que hiciera esta edición de mis Obras completas. Como suelo decir en público, cuando estoy frente a ustedes y rodeado de cariño, gracias de todo corazón.