Un plan para convocar al olvido no incluye la publicación de las memorias ni la obra completa de un autor. Esto es así, porque la verdadera extinción no viene con la corrupción de nuestra carne, sino con la de aquellos en cuya memoria y corazón vivimos. Toda obra sujeta al tiempo, como es la literaria, surge de la hipótesis falsa de lo perdurable. En particular, de la insuficiencia del lenguaje, de la irreductibilidad de la creación, y de las posibilidades de vincular la realidad con el delirio y el ensueño. Pero el rescate del recuerdo nos alienta siepre, para hacer de ese hábeas parte de nuestra materia. El manejo de las emociones implica riesgos y René Avilés lo sabe bien, en tanto que ha vivido en medio del peligro durante el proceso de una prolífica creación literaria. Si la vehemencia ha dado fuerza a su tarea narrativa y los filos al periodismo de opinión, su formación académica le ha otorgado la consistencia necesaria para escribir sobre asuntos polémicos con base en el conocimiento de la historia de las ideas, y no en el prestigio de las ocurrencias mediáticas.
Por razones inherentes a mis obsesiones, busco con frecuencia el trazo que se tiende sobre el hombre y la palabra. En el caso de René Avilés, de quien conozco novelas, cuentos, relatos, ficciones mínimas y máximas, libros variopintos propios de la fusión de los géneros a que aludía Eugenio Mondale, y generosos conjuntos de memorias, creo que ese arco pasa por la angustia existencial, las dudas, el ansia de vivirlo todo, y la persecución de un mundo imposible, porque su perspicacia e inteligencia así lo dictan. No sé si la energía gastada en polémicas ha dado más vigor al argumento central de su naturaleza narrativa, o si esas escaramuzas son apenas el reclamo del hombre de acción que pudo ser sin las desventuras y fin de una ilusión social, parodiando a la obra de Furet. Pero sé que tanto a los seres movilizados en la realidad, como a los residentes del orbe creado a imagen y semejanza de sus personajes, les castiga por igual con ironía, incluso con pocos elementos de conmiseración personal. Algo le mueve a buscar su centro fuera de los centros, ya se trate del joven comunista, del funcionario universitario, del periodista cultural, por mencionar sólo algunos de los "oficios perdidos" y usar una expresión que no le es ajena, si bien, como en su relato "El banquete de Ulises", de cuando en cuando suspira por sus amigos que la bella diosa convirtió en cerdos: pues han resultado suculentos guisos.
Sería largo enumerar la relación de obras producidas por este autor nuestro, cuya irredenta condición de creador toma rumbos diversos, tanto por los géneros, algunos tan originales y propios que escapan a las clasificaciones de los literatos, como por el tratamiento de temas y configuración de fábulas. Lo cierto es que, a pesar de lo aparentado con ese desparpajo combativo por el cual a la menor provocación desnuda a personajes de las nomenclaturas y los sistemas políticos, o arremete con o sin razón, contra molinos de viento, justificado por la estrategia de los argumentos y recordando que lleva el nombre del ilustre personaje de Chateubriand (Francisco Renato, vizconde de Chateubriand, político de la Restauración que alcanzó fama literaria universal), se da al rigor de hacer parecer fácil el discurso literario en la descripción de la horripilante cotidianidad. En ese mundo se mueven hombres y mujeres que, como los de John Cheever -me parece ya haberlo dicho algún día- fuman y beben demasiado. Pero no están en esas páginas por azar, porque como ha escrito Roger Caillois: "el azar no tiene corazón ni memoria", y Avilés pone en ellos cuotas rigurosas de instinto y verdad para atrapar a los´sátrapas cuando quedan solos en Palacio, a los hombres de la calle, a las mujeres de peso completo, o a los antihéroes desollados por la realidad que descubre febril y despiadada. En él son aplicables las preguntas de André Bretón planteadas en L'amour fou: "qué precauciones y qué astucias aporta el deseo, en pos de su objeto, para navegar a través de las aguas preconscientes, y una vez descubierto ese objeto, de qué sorprendentes medios dispone hasta nueva orden para darlo a conocer a la conciencia."
El engaño, el seso, la decepción, la convicción de haber llegado al límite sin el drama de la finitud, la morbilidad de las almas que transitan por sus páginas trazando un mapa contra la usura del tiempo, todo ello es la raigambre de sus temas en el tránsito por la experiencia y la voz del desgaste. Pero el viaje por la urbe, los pasos perdidos por extraños países, cosmopolita como es y ajeno a los espacios abiertos, subraya un contradictorio desarraigo, y evidencia el peso del reconocimiento de sí mismo en esos personajes que tienen calidad de exiliados perpetuos, porque más que buscar, rechazan el regreso a Itaca: Telémacos que no buscan prolongarse en el padre, prefieren la pasión de Circe en las alcobas de la imaginación, para no llegar jamás al encuentro de la fidelidad. Formado en los meandros de una nueva tradición intelectual francesa, contestataria pero reflexiva, y en la sana experiencia de ver al país desde otro confín del mundo. Avilés Fabila me ha parecido siempre hijo legítimo de esa lost generation arramblada, al igual que él, en París, pero décadas antes. Impuesto de Kafka y Marx, esa sensación de ruleta de la muerte a la manera de Scott Fitzgerald, sin melancolía, ni aduanas innecesarias, fluye en cada una de sus novelas y cuentos, a partir de cualidades identificadas con lo que Borges llamaba "un juego preciso de vigilancias, ecos y afinidades, (...) un orbe autónomo de corroboraciones, de presagios."
Las funciones narrativas, internas y externas, de las ficciones de Avilés Fabila, están siempre adecuadamente dispuestas a construir tramas con discursos literarios que reclaman tiempo y espacios propios. Alterna los estilos: la narración escénica, la narración panorámica y la descripción, de manera eficiente y, podría decir, sutil. Con los años, como todos, se ha preocupado menos por las experimentaciones formales, y sí por los imperativos del pacto literario con sus lectores ideales, por el guiño, la sonrisa a mitad de la página, entre el resorte de la trama y el desenlace fortuito, al doblar de los ejes compositivos, justo en el cruce de los núcleos narrativos como una canasta de manzanas envenenadas, pero mediante previo aviso.
La sensación que da esta literatura, si la de no saber si se escucha o se lee, porque el injerto del autor-relator ha dado frutos. No se preocupa por espacios simbólicos, pero sí por la narración del mundo y por el tiempo de la aventura. Aventura que no constituye una secuencia de hazañas, sino la de los destinos constantes y sonantes de mitos sin héroes, que es la materia misma de los hombres y las mujeres contemporáneos. La muerte, como hemos aprendido a partir de Réquiem por un suicida, no ha sido omitida en los desenlaces anunciados para buscar una tensión reflexiva, pero a ésta no la ha hecho pasar por la historia dramática de la literatura.
He dicho de Avilés, a propósito de Recordanzas, ejemplo singular de su afición por el registro de los hechos, que se asume como testigo de su tiempo, no porque fatalmente aquí le corresponda vivir, sino por la necesaria función del registro de su presencia, entre la realidad y la imaginación. En estos textos, nunca sabremos -esa es la tarea del buen escritor- donde se inicia la fantasía. Estos se asumen como verdades literarias posibles en la conciencia del mundo, en demérito de la verdad histórica hecha para otra clase de juicios. Menciono el registro de su presencia, como las circunstancias percibidas y dispuestas a su antojo para una composición de escena que dará testimonio de su generación. No les ha ofrecido a sus coetáneos memorar sus días mediante la recurrente imagen del éxito, o bien pagado pregón de las depravaciones. Empero, he visto salas abarrotadas con sus fieles dispuestos a conocer el paisaje y el retrato, donde, de alguna manera, se saben incluidos. Finalmente, sólo les permitirá en sus páginas perdurar sin apologías, y rindiendo tributo a la sentencia de Bonifaz Nuño, citada en el primer volumen de estas obras por Bernardo Ruiz, les recordará que: "Toda juventud es sufrimiento".
Confieso que del conjunto de la obra, disfruto de manera particular lo que he llamado el bestiario del pensamiento, porque las líneas de lo real y lo imaginario fluyen como un solo horizonte. Antes, para escribir esas ficciones, mejor conglomeradas en Los animales prodigiosos, Avilés ha abrevado en las páginas de la cultura universal, recogidas, de cuando en cuando, por oficiantes de excepción de la literatura laica y sacra.
Insistiré, sin embargo, en que dicho texto acumula virtudes que exceden el simple seguimiento de las propuestas a la manera de Kafka, Borges o Apollinaire, pues es afluente de El fisiólogo (antecedente conspicuo de los bestiarios medievales), en tanto las características de las criaturas reflejan una sintaxis moral, la ruptura de equilibrios de la cual surge una taxonomía contemporánea y variada, de monstruosidades sociales, acordes con la época. Precisamente ese "Jardín de las delicias" a que alude La canción de Odette, obra que abre con Tantadel esta colección, nos permite retomar en este autor profano y hierático, hoy y siempre, el abordaje de la latente bestialidad del ser humano.