René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Texto leído durante la presentación del primer tomo de las
Obras Completas de René Avilés Fabila
Museo Nacional de Antropología
6 de septiembre de 2001

Presentación de Dionicio Morales

En alguna ocasión escribí que dentro de la literatura mexicana del siglo XX, en la narrativa, figuran dos escritores que en la mayoría de sus obras literarias –cuentos o novelas- la mujer, o más bien las mujeres, representan la otra mitad de su esqueleto, la pasión indescifrable de su vida, el garbanzo de a libra en su esplendor, la génesis amorosa deseada -con todas sus implicaciones-, el hermoso enemigo salvaje a vencer -en el más estricto sentido salomónico de la palabra-: o para decirlo sin aspavientos intelectuales ni letanías extravagantes, instalado en el consabido lugar común: la otra media naranja, pues. Estos escritores son Juan García Ponce y René Avilés Fabila. Han hecho de la mujer, de las mujeres, el hilo negro de su literatura, el tema principal de sus cuentos y novelas, con un asombroso despliegue de historias modernas, con obsesiva y casi enfermiza razón de vivir o de morir en la página en blanco.

Después de sus dos primeras novelas, Los juegos (1967), inscrita en lo testimonial, en la crítica socarrona convertida en sátira con la que movió las entrañas de la mafia en el poder cultural de México -enemigos acérrimos suyos ayer, amigos íntimos hoy-, y El gran solitario de palacio (1970), nacida de los acontecimientos políticos sobre los sucesos y las secuelas del Movimiento Estudiantil del 68, René Avilés Fabila descubre para su obra la veta amorosa, el fenómeno amoroso -erótico- de la mujer, de las mujeres, como protagonista/s de su obra, con la publicación de otras dos novelas Tantadel (1973) y La canción de Odette (1972). Sobre todo a partir de Tantadel, el universo literario de Avilés Fabila, sin dejar de lado sus originales y acabados cuentos fantásticos, su raigambre política, su sentido del humor, estará marcado por la búsqueda sin fin del eterno femenino en todas sus fases -¿o debí de escribir fauces?

Los personajes femeninos de René Avilés Fabila, por su simple compleja obsesiva enmarañada natural manera de vivir, han despertado una serie de especulaciones contradictorias al respecto que vale la pena recordar hoy que la Editorial Nueva Imagen publica el primer todo de sus obras completas con las novelas Tantadel y La canción de Odette.

Aun con la certeza, que en boca de los clásicos suena a verdad eterna y en la pluma de los escritores contemporáneos a perogrullada -porque quizá nos falla la perspectiva-, de que el amor, el verdadero amor, palabras más, palabras menos, es el infinito goce y el desprendimiento mutuo de todos los sentidos, no puede separarse de otra palabra menos espectacular pero más trágica que es la palabra sufrimiento, sin el peyorativo significado que se le confiere en los melodramas modernos. El sufrimiento, en su origen, no es cursi sino tráfico. No se nos olvide que esta palabra en las extraordinarias tragedias griegas es un sentimiento más fuerte que el amor, más recalcitrante, más desolador, como en la Electra, de Sófocles, Eurípides, Esquilo. O para no ir tan lejos escudémonos en las obras, cualquiera, de William Shakespeare. Quien ama sufre, quien sufre ama, quien ama odia, pero no sólo por alguien sino también por algo. Círculo vicioso ¿Por qué? En la inestabilidad, la duda, el cambio, la alegoría, el enfrentamiento, la mirada cómplice, el divertimento, la fatalidad, el silencio, la unión, el frágil equilibrio, la unión carnal, la discrepancia, se mantiene viva o muerta –para el caso es lo mismo- la llama del amor, o se consume o se aleja o se muere.

Tantadel, el personaje de Avilés Fabila, aunque al principio aparece como al mujer ideal, no es del todo perfecta porque no alcanza su plenitud hasta que se enfrenta o se une al hombre, al amante nuevo, que con los altibajos amorosos de una relación, afortunada al principio -como todas-, difícil después, le hará crecer, inventarse, reconocerse o, en el peor de los casos, morirse hacia adentro. Los alcances de la personalidad de Tantadel dormidos bajo los párpados enigmáticos, en la piel amurallada, en el pensamiento roto o incompleto, en los pechos opulentos que no han sido tocados sólo por las manos señaladas, en el cuerpo que se cimbra o se arquea o enmudece lo mismo que entona un canto a la alegría, afloran cuando el amante ha tomado su sitio, cuando el gavilán, después de un siglo hipócrita de paloma, toma un vuelo largo, rápido y rasga esa carne y se apodera, a la mala o a la buena, de su voluntad y se convierte en su razón de ser. Ella es lo que el personaje masculino, sin nombre en la novela, desea, pero él ya no será más él sin ella. Será otro. O el mismo pero revolcado.

En las novelas de René Avilés Fabila la mención a Sófocles, o Shakespeare no es gratuita. En Tantadel, un Otelo moderno, obsesivo, cruel, tormentoso, el nombre que la protagonista nunca se atreve a pronunciar –porque el narrador se lo tiene prohibido y el personaje masculino cree que es lo suficientemente fuerte, poderoso, entero, para prescindir de él-, desconfía hasta del movimiento normal de su sombra, ya no digamos de la de ella. Sufre y goza, más que padecer, por las relaciones amorosas anteriores que el personaje femenino, una mujer de 25 años, vivió antes de conocerlo. El sin nombre basa la consecución de su felicidad no en los momentos extraordinarios cuando vive cada una de las situaciones diarias sino en los que no vivió con ella. Pasión: amor: sufrimiento: odio. Aflora en su personalidad, sin darse cuenta, los apasionados e indescifrables sentimientos masoquistas que iluminan esta experiencia ¿O cómo podríamos llamarle al estremecimiento perpetuo del personaje masculino de brillar en una espada de doble filo sin derramar una sola gota de su sangre?

Es cierto que el amor del personaje masculino por Tantadel es de los que nublan los sentidos. Él lo quiere todo o nada. Ignora u olvida o desconoce que la vida modela o desdibuja con el tiempo la personalidad, el barniz del cuerpo, la reciedumbre del alma. No recapacita que su tiempo amoroso era otro, ese que le estaba designado y en el que Tantadel se cruzó de nuevo en su camino. Su única verdad, o su egoísmo de poseerla completa y de ser el primero y el único en su vida, acusa la desesperación de su amor total y lo convierte en un hombre desprotegido, incierto, al no darse cuenta que en esos momentos vivía la cumbre del amor –que, lo sabemos, no dura toda la vida- Tantadel, la novela termina como empieza, en un gesto o en un rictus, eso dependerá de cada lector, de ritornelo. Desde el punto de vista formal, la novela también llama la atención en que Avilés Fabila, además de aligerar la tirantez que se desate entre una y otra situación, haya optado por la casi supresión de los diálogos, mismos que con inteligencia y conocimiento intercala en la narración que le confiere un aire de cierta modernidad expresiva.

En La canción de Odette, Avilés Fabila empieza la novela de la misma manera que Tantadel, es decir recordando. Este detalle, al parecer sin importancia, tiene mucha validez para explicarnos el método del escrito, es cierto, pero más que nada nos permite deducir que sus propuestas históricas y narrativas están del todo acumuladas en el subconsciente y el punto de arranque, las perspectivas, el distanciamiento lógico de las acciones, lo lleva a dilucidar, desde una visión completamente asimilada, cada uno de los pasajes con que cimentará la obra. Los planteamientos, a veces con imágenes en retroceso, otras veces en presente, no se derivan o no nacen de un premeditado desarrollo lineal sino que el personaje principal masculino, escrito en la siempre peligrosa obsesión de la primera persona –por aquello de la ambición de escribirlo todo con una mayor libertad y sin importar los riesgos mayores posibles-, reconstruye, guiado por el narrador, por René, una historia que, al fin de cuentas, no es la suya sino la de la mujer cuya novela ostenta el nombre: Odette. René Avilés Fabila está de nuevo en el sustancioso e inexplicable, para los hombres -¿para quiénes más?- eterno femenino.

En contrapunto con la figura y el joven temperamento de Tantadel, Odette es una mujer bastante madura que en los años, en las arrugas que trata de ocultar con al complicidad de la luz nocturna, con su maquillaje florido, su elegante vestimenta diseñada siempre en negro, su cuerpo seductor pero blando, pero más que nada con su atrayente personalidad, se nos queda grabada como un personaje inolvidable, aunque ella no sea, en una primera instancia, el principal asunto amoroso del protagonista en esta obra. En una segunda instancia sí lo es porque Silvana, la pareja de Enrique -aquí el personaje masculino sí tiene nombre-, aunque es la persona sobre la cual se teje y desteje la historia de amor –la otra, porque son dos- se nos diluye no por su decisión final de apostar por una vida “normal” al lado de su hijo y del hombre que le dará cierta comodidad económica y emocional, de esas que viven bastante desencajadas miles o millones de mujeres en el mundo, sino porque la presencia de Odette, aparte de ser imborrable, como ya dije, resulta vencedora en el menaje a trío final que el autor, en una afortunada inmersión en lo que conocemos como realismo mágico, dibuja, o se podría decir que cuenta con un tono poético a propósito del célebre cuadro fantástico del Bosco: El jardín de las delicias.

Robándole vida a los jóvenes, y gastando la suya con ellos, como escribe René, transcurría la vida de Odette en los últimos tiempos, cuando la conoce el personaje masculino. Aunque en el inicio de la novela es la muerte física de esta singular mujer el meollo de la cuestión, Enrique se aboca a la tarea de investigar, mientras nos intercala en la narración la vida de todos los personajes que la rodeaban, de manera muy especial la de él y Silvana, por qué nuestro personaje tomaría una decisión tan drástica para desaparecer de este mundo después de haber poseído todo lo deseado.

Algunos personajes masculinos de René Avilés Fabila en sus cuentos y novelas, a pesar de la mencionada primera persona, y ante los ojos de ciertos lectores, quizá terminan por desdibujarse, o más bien por hacerse a un lado con cierta discreción -sólo porque el autor así lo desea- en una prueba más de amor hacia las mujeres que lo son todo: eje, motor, corazón, entendimiento y razón de vida. Aunque Enrique vive casado con Silvana cuatro largos años, su verdadera mujer ha sido Odette, no importa que esa insensata pasión desde el principio anunciada o sospechada o soslayada, se haya vivido en un solo acercamiento terrenal que aquí en la novela - éste sí- dura para siempre. Odette, el personaje de Avilés Fabila, representa la verdadera historia de Enrique, que en contrapunto, no es la vivida abiertamente sino la que uno cree que debe haber vivido, porque como escribe Carson McCullers en La balada del café triste. “El amado -en este caso la amada-, no es más que el estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante”, citado como epígrafe por René. Ahora todavía podemos escuchar la canción de Odette y la balada triste de Tantadel.