Los juegos:
Las metaficciones publicadas en 1967 fueron respaldadas, de una manera interesante, por dos novelas satíricas del mismo año que se refieren a la vida literaria en México: Los juegos, de René Avilés Fabila y La Mafia, de Luis Guillermo Piazza. Conviene aclarar que estas novelas no son metaficciones, por tanto no se refieren a su propia creación. Tampoco se refieren a la novela como género literario ni a la literatura como arte. Revelan y satirizan los hábitos y actitudes del mundo literario de esos años; un mundo dominado por un círculo relativamente pequeño de escritores que imponían sus esquemas de gusto a la literatura mexicana -todo esto según el testimonio de las dos novelas citadas y confirmado posteriormente por las afirmaciones de varios escritores.
En la perspectiva de la historia de la novela -aunque corta, lo confesamos- las obras de Avilés Fabila y Piazza son importantes porque, al exigir una apertura en la actividad literaria, sugieren que la literatura mexicana había llegado a un estado de madurez que exigía el pluralismo literario. Efectivamente, la apertura ya se estaba verificando poco antes de la publicación de Los juegos y La Mafia; como si el cambio empezara con el intento (la necesidad) y su expresión específica viniera después. La exigencia de una apertura en la vida literaria se parece a la metaficción en el sentido de que ésta sugiere una apertura al lector, el cual ya no queda fuera del acto creativo sino que interviene para participar en la narración.
Tantadel:
Algún juego -posiblemente una decepción o una paradoja- en el manejo de la voz narradora es fundamental en esta clase de novela. Avilés Fabila, en Tantadel (1975) produce una narrativa que parece empezar en el momento de terminarse, a pesar de que el lector haya participado en el acto de narrar.
El gran solitario de Palacio:
La proyección de la tragedia de Tlatelolco en la novela mexicana, es complicadísima. Hay novelas que directamente la denuncian, como la sátira que hace Avilés Fabila en El gran solitario de Palacio (1971) y narrativas de índole más íntima como Al cielo por asalto (1979), de Agustín Ramos. La diferencia entre los efectos creados por las dos obras corresponde a la diferencia entre una entidad política y un individuo. En la novela de Ramos, la vida de un ser humano experimenta un cambio fundamental, uno que efectivamente cambia su identidad. En esta obra vemos ejemplificada la relación entre Tlatelolco y el fenómeno de la identidad inestable. Con respecto a esta relación conviene señalar también La invitación de García Ponce, novela en la que el espectro de la tragedia se evidencia más que el suceso mismo.
René Avilés Fabila
El sentido del humor es la característica que se evidencia de inmediato en la obra de Avilés Fabila. Si el lector cultiva un mínimo interés bibliográfico, podrá darse cuenta de que la primera edición de Los juegos (1967) es una edición del autor y de que su segunda novela, El gran solitario de Palacio (1971), fue publicada en Buenos Aires1. La asociación de estos fenómenos no es accidental puesto que el humorismo de Avilés Fabila es mordaz y lo sabe emplear para satirizar la vida cultural y política de su país.
Los juegos se refiere, principalmente, al círculo literario-artístico-intelectual conocido como “la mafia” en la primera mitad de los sesenta2. Conviene señalar que el autor no dirige la sátira sólo hacia los escritores y algún pintor sino también a la relación entre ellos y el establishment político. La heterodoxia de esta novela es un claro anticipo de manifestaciones de 1968. Avilés Fabila escribió El gran solitario de Palacio después de esas manifestaciones para denunciar la represión practicada por el gobierno en la matanza de Tlatelolco. La sátira describe al sistema político mexicano con ciertas variantes, irónicamente obvias.
En estas novelas lo corrosivo de la sátira se verifica en gran parte mediante la caracterización, ya que muchos personajes, a pesar de ser objeto de la sátira, no son caricaturizados. Son personajes verosímiles y, por lo tanto, reproducen la sátira en un nivel más íntimo. Esta situación explica, en gran medida, el compromiso que exigen esos personajes por parte del lector. Por otra parte, las estrategias narrativas que Avilés Fabila maneja son infinitamente más eficaces que las de una narración tradicionalmente realista. Dada la importancia del humorismo y la denuncia en estas novelas, es fácil olvidar que el novelista domina su oficio de narrador. Sabe romper y reiniciar la narración para cultivar a un “lector cómplice”, en términos de Cortázar, y sabe crear el efecto de una conversación entre varias personas, técnica absolutamente fundamental en Los juegos, porque la base de la anécdota es una fiesta. De vez en cuando, es posible que el lector de Avilés Fabila se sienta un tanto apresurado, como si algún episodio se desarrollara con rapidez vertiginosa. Tal efecto probablemente esté relacionado con cierto desasosiego que provoca el tema. No tiene que ver con la extensión de las novelas, ya que Tantadel (1975) es más corta que las dos primeras y, al mismo tiempo, la mejor estructurada.
Tantadel marca una nueva dirección en las novelas de Avilés Fabila. No es una sátira política sino una (infinitamente más sutil) de cierto sector de la sociedad, llevada a cabo mediante una historia de amor. En lo que se refiere a las características del periodo que tratamos, se aparta de la referencia al 68 y se acerca a la narración autorreferencial. En efecto, además de tratarse de una historia de un amor, se refiere igualmente a la historia de la narración de una historia de amor. El narrador se dirige a Tantadel y también se refiere a ella. Cuenta la historia y al final del texto comienza la narración. Si el lector se identifica con Tantadel, experimentará la historia de amor, si no su experiencia será la búsqueda de un lector.
La canción de Odette (1982) aborda la caracterización de una mujer extraordinaria. A pesar de ser una persona ultrasofisticada, hay algún dejo casi gótico en su carácter. Su identidad se intercala con la de otro personaje y, al final, un incidente mágico pone en duda la realidad creada en la novela. El lector se enfrenta a un dilema provocador y un tanto exasperante. La narración es casi en su totalidad sumaria, es decir, el narrador nos dice casi todo, no nos muestra casi nada. Este tipo de narración se presenta en varias novelas de estos últimos años, entre ellas, Parejas (1981), de Jaime del Palacio.
1. En 1981 la Universidad Autónoma de Sinaloa publicó una segunda edición de Los juegos, con una valiosa historia del libro escrita por el autor. La segunda edición de El gran solitario de Palacio fue publicada en 1974 por Cid Ediciones.
2. No es posible decir en definitiva quiénes constituían “la mafia”. Básicamente se trataba de los establecidos desde el punto de vista de alguno de los jóvenes. Juan Vicente Melo, a veces tildado de “mafioso”, escribió un ensayo con el título de “La mafia son los otros”, en La Cultura en México, suplemento de Siempre!, 13 octubre 1965, pp. 2.4. Véase también Periodismo interpretativo, de Luis Javier Mier y Dolores Carbonell, (Editorial Trillas, México 1981), pp. 46-47, 68. El factor importante es que los jóvenes buscaban una apertura que “los otros” les negaban porque deseaban defender cierto concepto de gusto.
* Fragmentos tomados del libro de John S. Brushwood, La novela mexicana (1967-1982). Colección enlace Grijalbo. México-Barcelona-Buenos Aires. México, D. F. 1984. Pp. 62-64.
La novela mexicana (1967-1982) por John S. Brushwood