René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Aquella y esta ciudad *
Andrés Henestrosa

Yo llegué a esta ciudad hace ahora setenta y ocho años: el 28 de diciembre de 1922. De aquella ciudad que conocí al llegar, ¿qué resta? Queda muy poco, por no decir que casi nada. Hablo, ya se entiende, del centro del primer cuadro de México, de lo que ahora todo el mundo llama Centro Histórico, del que yo no me he movido desde entonces. En principio de cuentas, la vecindad a la que llegué a vivir -Medinas 28-, es ahora un estacionamiento, o para decirlo en bárbaro, un garage. Medinas, que fue mi primera calle, la que conducía a la Secretaría de Educación -Luis González Obregón y Argentina- es otra, salvo una que otra institución o edificio que se mantiene en pie: la cantina “El Río de la Plata” situada en Medinas y Allende, muy famosa porque en ella fueron asesinados algunos personajes; uno, el diputado por Tehuantepec, general Camilo Flores, más adelantito, a la izquierda, subiendo hacia la plaza de Santo Domingo, el teatro “Lírico”, teatro en que resplandecieron Celia Montalván, Lupe Vélez, Delia Magaña y Roberto Soto El Panzón. Fuera de ahí se conservan, que yo recuerde, el hermoso Portal de Santo Domingo, en el que vivió María Izquierdo cuando era novia de Rufino Tamayo. En la acera opuesta, frente por frente del Portal, el edificio que fue sede de la Escuela Dr. Balmis. La librería de Ángel Pola, en la que adquirí un primer libro, Siempreviva, de Manuel Brioso y Candiani, desapareció tras tres cuartos de siglo de mi vida. La antigua Aduana de Santo Domingo, para dicha y orgullo de la ciudad de México, ha logrado salvarse del hacha y la pica homicidas que echaron por tierra obras próceres. En la esquina opuesta -Brasil y González Obregón- se encuentra una vieja cantina, en los tiempos de los que vengo hablando, llamada “La Elite”, en las que me tomé unas copas con el profesor Gildardo F. Avilés, abuelo de René Avilés Fabila, el muy famoso escritor y periodista. Allí celebré por años, la fecha de mi llegada a México. Ninguno de mis amigos de aquellos años vive. Vivo yo para recordarlo y para contarlo, como lo hago hoy, después de un poquito más de tres cuartos de siglo, un 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes. Inocente palomita, que era yo, que me dejé engañar por espejismos.

Se acabó la divagación, sin yo conseguir lo que me propuse decir, si es que algo concreto me propuse contar. Ya otro día será. Quedó, sin embargo, satisfecha la necesidad de evocar los días, entre alegres y tristes, de mi llegada a México, que por dos, no son ochenta años.

* Publicado en el periódico Unomásuno. El valle de México. Jueves 4 de enero de 2001.