René Avilés Fabila  René Avilés Fabila

Carta a René Avilés Fabila
Citlali Ferrer

Querido Maestro René:

Hace tiempo te dije: “¿Qué voy a hacer cuando ya no estés aquí?
Y tú me contestaste algo que jamás podré borrar de mi mente:
“El último en quedarse es quien apaga las luces y cierra la puerta”.

Carajo, qué frase, me desarma y es que a pesar de todo se ama tanto el mundo que resulta difícil pensar en la nada… más cuando sé de tu paso firme y transgresor por el mundo. René, te veo caminando por Reforma, Montparnasse o por Yácatas. Cruzando la vieja ciudad o el Atlántico para siempre volver a Aztlán, vas inagotable de un lado a otro y es que así eres, juguetón, pensativo, creativo. Hacedor. En tu cuidadosa, deslumbrante y corrosiva prosa siempre encontré la escalera que me sacó del inevitable desconsuelo: ¿Qué voy a hacer cuando ya no estés aquí?

Mientras te escribo esta carta, afuera llueve con fuerza, la lluvia lava las calles y las veredas y hace que brote el musgo, pero volver a los 17 sólo se puede a partir de la memoria y entre tanta humedad y nostalgia tengo que agradecerte los años compartidos en El Búho, en la UAM, en tu hermosa Fundación, en tantas deliciosas reuniones e intensas aventuras, tengo que confesarte que me siento afortunada de poder colaborar contigo y de poder estar cerca para celebrarte.

Probablemente gran parte de mi precocidad y procacidad te la debo a ti. Siendo yo apenas una niña ya escuchaba hablar de René Avilés Fabila en casa y no sólo eso, algunas de tus primeras publicaciones ya estaban en la biblioteca de mi padre. Yo solía correr entre las piernas de aquellos escritores, Arreola, Rulfo y de los más jóvenes para jalarles las valencianas a sus pantalones sin imaginarme que varios de ellos se convertirían en leyenda. También recuerdo que me hablaron mucho de las reuniones con Anya Schroeder, quien dirigía aquellos singulares montajes teatrales, y que sin que nadie pudiera impedirlo se tiró a una aplanadora para poner fin a su vida, ¿te acuerdas René? Viejos tiempos donde existía la interacción creativa contigo y tu fiel Rosario, congregados por sus ideales con Gerardo de la Torre, José Agustín, Sun, Jorge Arturo Ojeda y la Muñeca.

Crecí rodeada de libros, de Música y Teatro. Estuve presente en charlas de sobremesa que fueron fundamentales en mi visión acerca del Arte y del compromiso que adquirí en mis distintos quehaceres creativos. En aquellos años mis lecturas fueron muy desordenadas y todas sin ninguna guía, pero poco tardé en abandonar mi librero infantil con Andersen, Perault y Salgari para pasar a la biblioteca de mayores y comenzar a leerte. Hubo un cuento tuyo que me impactó mucho y que forma parte de mi acervo, y me refiero a “Canción de cuna” que viene en Todo el amor. Me sigue gustando mucho porque es un cuento que define en mucho los 60, porque a partir del humor recoges una realidad dura y desencantada en torno del amor, la maternidad y la vida. Cuando después del terremoto del 85, abandono la farándula y decido dedicarme de lleno a la escritura sin utilizar el apellido de mi padre, las razones las conoces bien.

Recuerdas a aquella punketa que entró a la redacción de El Búho en el Excélsior buscando una oportunidad. Te ofrecí mis textos y me dijiste que si tenían calidad los publicarías; con atención los leíste y comencé a colaborar en el suplemento. Si te busqué a ti, fue porque siempre me ha parecido que respetas mucho el oficio de escritor, que tú también has apostado todo por la Literatura, el Periodismo el valor de la palabra escrita y tus cátedras universitarias. Confié en ti porque en la penumbra siempre me has dado luz y verdad y la verdad es siempre aquello que no se sabe, aquello que no era notorio o que no se había mencionado. Es la verdad algo que tiene que ver con el ámbito de lo personal, de lo más íntimo. Te debo también varias de mis publicaciones y el que a falta de un padre me ayudaras a crecer. Agradezco tu inteligencia, tu valor y generosidad. Cuando desaparece el legendario Centro Mexicano de Escritores fuiste el único exbecario preocupado por rescatar hasta donde te fue posible, la biblioteca y algunos documentos que ahora están al alcance del público en el Museo de Escritor de tu Fundación. Afuera sigue lloviendo, a mis zapatos le crecen hongos y moho, los cocuyos suben en fila por el ciruelo mientras yo me doy cuenta de que los años me han vuelto sentimental. ¿Qué voy a hacer? Conservo amor y respeto por escritores de tu calibre que nada tienen que ver con la mayoría de los que conforman mi generación, por eso, quiero que hoy digamos salud por todas esas maravillosas mujeres delirantes e intensas, por Rosario, por Menta, por Machila, por Pita Amor, la Piaf también por los Capitanes de Luz, Borges, Arreola, Revueltas, Cortazar y por todos los que ya se nos adelantaron…

Por esto y más te agradezco habitante de la gran ciudad.

Los juegos desde el anarquismo y la crítica al clan cultural de México, los juegos de valiente prosa donde nacen los sueños
los sueños que teje Tantadel
la esperanza, las recordanzas, la casa del silencio
Al gran solitario de Palacio, alegoría sobre la sangre derramada
Perenne realidad bermeja
tus hadas y tus putas
en el bosque de los prodigios
lejos del Edén
el amor intangible

secuestros, sabotajes y oficios perdidos
fantasías en un carrusel
tus animales prodigiosos
, las tortugas, ardillas y búhos
tus comunistas memorias
todo lo que me has enseñado y tu amistad incondicional
las lecturas compartidas
el niño que alguna vez fuiste
Ahora hombre inasible
incansable
la complicidad
los sueños
la canción de Odette
René, la lluvia no mata las flores
aunque las intensidades y excesos nos anuncien
la llegada al fin del mundo
y cuando la ausencia de una madre es como la tierra erosionada que no dará más frutos.

Gracias por ofrecerme pan cuando no tuve dinero en mi bolsillo.
Y así, casi al borde del llanto nuevamente te pregunto:
¿Qué voy a hacer cuando ya no estés? Leerte y releerte. Pero no, no quiero apagar y cerrar la puerta.
Felices 70 y que vengan muchos más.
Un abrazo, Citlali Ferrer

* Texto para el Homenaje a René Avillés Fabila, 23 de julio del 2010. Sociedad de Escritores de Morelos, Auditorio de la Facultad de Medicina de la UAEM.